
25 de mayo de 2018, anotad esta fecha, las reglas del juego de los datos de internet cambian desde hoy para todos los ciudadanos europeos. Llega la GDPR (General Data Protection Regulation), en español: Reglamento General de Protección de Datos.
Por primera vez en la historia se reconocen los derechos de nosotros, los usuarios de internet, sobre nuestra propia información, por primera vez se definen los límites y por primera vez se regula el uso por parte de las empresas.
Si eres de los que aplaudió viendo a Zuckerberg tragar saliva ante el Senado de los Estados Unidos, si estás harta de que desde que pasaste los treinta toda la publicidad que rodea lo que lees sean métodos para aumentar la fertilidad, o si, simplemente, te preocupa no tener control sobre adónde va a parar la información que internet guarda sobre ti, esto te va a encantar.
Empezamos.
De qué hablamos cuando hablamos de datos
Quienes aún conservamos un inconsciente analógico, cuando pensamos en nuestros datos personales seguimos visualizando un cuestionario en una hoja en blanco, donde debe constar: nombre, apellidos, fecha de nacimiento, DNI, dirección postal… Pero no, no hablamos de eso, o al menos no solo. Hace mucho tiempo que nuestros datos han crecido, han mutado y se han multiplicado, lo interesante acerca de nosotros no es nuestro nombre del bautismo ni la dirección postal. Lo que en este siglo XXI se ha revelado como la verdadera fuente de riqueza es el análisis y recopilación de información acerca de nuestros hábitos, especialmente de consumo. La ubicuidad de los teléfonos móviles ha sido una ayuda inestimable para la recopilación detallada de todas nuestras preferencias en la vida diaria, adonde nunca llegó el ordenador han llegado ellos.
La GDPR, en su un glosario de términos, define como «datos personales»:
toda información sobre una persona física identificada o identificable («el interesado»); se considerará persona física identificable toda persona cuya identidad pueda determinarse, directa o indirectamente, en particular mediante un identificador, como por ejemplo un nombre, un número de identificación, datos de localización, un identificador en línea o uno o varios elementos propios de la identidad física, fisiológica, genética, psíquica, económica, cultural o social de dicha persona.
Sobre estas cinco líneas se sostiene el que a partir de ahora será uno de nuestros derechos fundamentales en las redes sociales y el mundo virtual.
Quizá, si nos preguntasen cuáles son los datos que constan en internet sobre nosotros, mencionaríamos los considerados datos directos: nombre, dirección, número de identificación, número de teléfono, datos bancarios, etc. Sin embargo, el reglamento, al especificar que los rasgos identificadores pueden ser tanto directos como —y aquí está la clave— indirectos, abre el arco de posibilidades protegiendo a los usuarios frente a las empresas en un gesto sin precedentes.
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Para lo único que he visto que ha servido la nueva ley de GDPR, es para seguir con mi buzón de entrada lleno de SPAM. Todos han actualizado sus políticas, pero unos pidiendo permiso para seguir enviando, otros avisan de que lo hacen y listo, y por último los no dicen nada. A los primeros es para darles de comer a parte. Tengo como 5 o 6 webs a las que no les acepté de nuevo el spam… Pues esos mismos me llenan la bandeja de entrada de manera espectacular jajajaja.
Ahora la policía de Internet perseguirá a las páginas que vulneran la ley esa nueva. No como la Guardia Civil, que cuando llamé para que vinieran por una pelea que hubo en mi lugar de trabajo y porque me habían amenazado de muerte verbalmente y con una piedra en la mano no verbalmente pasaron de mi culo.
Pero la policía de Internet seguro que hace cumplir la ley de Internet. Igual que la inspección de trabajo defiende la aplicación de la ley del Trabajo.
No hay leyes, porque eso implicaría que hay igualdad de trato y de derechos y obligaciones. Lo que hay es privilegios, porque las leyes, los derechos y las obligaciones son diferentes dependiendo de tu clase.