
Salginatobel es un puente perfecto. Den por buena esta aseveración ―que desarrollaré a continuación― y hagan la siguiente prueba: en cualquier buscador de internet escriban «mejores puentes del mundo» o cualquier frase similar. No hace falta que entren en muchos enlaces, no encontrarán este puente. Y sin embargo, si alguna vez hiciera una hipotética lista de mis puentes perfectos, Salginatobel estaría entre los cinco primeros e, incluso, probablemente lo colocaría en el podio. Vayamos por partes, para mí un puente perfecto sería aquel que obtiene la máxima puntuación en las «tres es»: enclave, estética y estructura.
Diseñado por el ingeniero suizo Robert Maillart en 1928 y terminado en 1930, el puente sobre el barranco de Salgina es un arco de hormigón armado que salva noventa metros de luz; no es, por tanto, un puente que se pueda comparar por tamaño con los más famosos ni fue récord mundial de su especialidad. Y pese a ello fue el primer puente de hormigón que obtuvo la denominación de «Hito de la ingeniería civil internacional». Analicemos por qué es tan importante Salginatobel.
En 1928, las autoridades del cantón de los Grisones decidieron promover una carretera alpina de siete kilómetros y medio para mejorar la comunicación entre Schuders, en mitad del monte, y Schiers, cabeza de la comuna, en el valle. Es lo que aquí denominaríamos carreta local, no llegaría ni a comarcal, dado que en Schuders la carretera se acaba. Aun así, a los ingenieros del cantón no les quedó más remedio que solicitar al gobierno federal financiación para la obra, dado que en su recorrido debía cruzar el barranco de Salgina. Un único inconveniente de noventa metros de profundidad y longitud en su punto más estrecho.
Para entender las dimensiones del problema, pensemos en el Puente Nuevo de Ronda. El Tajo de Ronda tiene una profundidad desde el centro del puente de noventa metros, exactamente igual que la de Salgina. Sin embargo, mientras que en Ronda el salto —la luz— es de treinta y cinco metros, en Salgina es de noventa, dos veces y media más largo; es decir, la longitud de un campo de fútbol con la profundidad del conocido Tajo.
El barranco de Salgina es un enclave intimidante, incómodo; muy alejado de la paz que podría esperarse de un entorno alpino, tanto por lo escarpado de sus pendientes como por el incesante y atronador sonido del agua del arroyo que baja con violencia. Las laderas están repletas de árboles de decenas de metros de altura arrancados de cuajo, caídos por la insuficiente profundidad de sus raíces para pendientes tan pronunciadas. Los dos senderos que llevan al mirador a mitad de altura en el frente del cortado del lado de Schuders están cortados y solo puede accederse a él saltando por encima de árboles caídos y señales que recomiendan no hacerlo. Al contemplar el enclave e imaginárselo sin el puente es imposible no pensar en los desvelos de quienes lo construyeron mientras no estuviera completo.
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No hay dudas de que es maravilloso. Vértigo también me da imaginarme a los obreros en esos años y alturas, trabajando a destajo contra el reloj y las normas de seguridad en obra, ya que conozco los caprichos de ese maravilloso material con el cual han construído un adefesio como lo es la estación del ferrocarril de Venecia. Lo admiro por su pasión profesional. Un gustazo leerlo.