Arte y Letras Cómics Historia

Sobrevivir al holocausto nazi pintando mujeres desnudas

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¿Se puede ser más exiliado que si te ves obligado a abandonar tu tierra de origen y la de acogida no te da la nacionalidad nunca? Esta pregunta resume la vida de José Cabrero Arnal, uno de los primeros dibujantes de cómic españoles que triunfó internacionalmente. Sus historias sobre Pif le chien, ‘el perro Pif’, compitieron en Francia con Astérix y Obélix, y han sido traducidas a varios idiomas. La suya es una de esas biografías improbables, la del superviviente de los campos de exterminio cuyos cómics acaban siendo leídos por millones de niños franceses. Hoy los cuarentones galos recuerdan con nostalgia las aventuras de Pif y Hércules, y los regalos que traía la revista en que se publicaban, Pif Gadget. Pero muy pocos saben que al autor de ese icono infantil tan francés se le negó la nacionalidad reiteradas veces, acusado de comunista. O que sobrevivió gracias a proporcionar material para sus masturbaciones a un oficial de las SS.

Arnal creció en Barcelona, y nunca desmintió que fuera catalán por nacimiento. En parte para ahorrar represalias franquistas a sus familiares de Castilsabás, Huesca, y en parte porque su corazón seguía residiendo en la Ciudad Condal, donde fue criado y donde se rebeló contra su futuro de obrero manual. Su padre era ebanista y le animaba a seguir este oficio o a aprender el de mecánico. Lo que fuera, con tal de que no siguiese llenando sus cuadernos del colegio con dibujos, en vez de con problemas de matemáticas. En su madurez confesaría que, para impedirlo, su progenitor y sus maestros le zurraban en el culo tan a menudo que se veía obligado a dibujar de pie. A los veinte años compaginaría las peleas de boxeo y su trabajo de mecánico con cómics que le publicaron las revistas infantiles TBO y KKO. Los primeros cortometrajes de dibujos animados que pudo ver en los cines ejercerían una gran influencia sobre él. Sobre todo el Mickey Mouse original y la Betty Boop, una chica vestida a la moda de los años veinte con argumentos de corte erótico.

Ambas influencias las encontramos reflejadas en el Cabrero Arnal dibujante de los años treinta. Por un lado en la revista infantil Pocholo, perteneciente a Vicens Vivens, donde publica desde 1933. Y de forma paralela en el periódico erótico Papitu, diario dedicado a los chistes picantes, las anécdotas pornográficas y los anuncios de pastillas para aliviar los dolores de la regla, o los de prostíbulos. La publicación había nacido mucho antes, como periódico satírico, en 1908, para reírse de la burguesía catalana desde la izquierda, aunque fue virando hacia el erotismo. Algunas de sus portadas las encontramos firmadas con el anagrama CEA, seudónimo de Arnal para sus dibujos eróticos. Son reconocibles además por representar siempre a unas chicas de generosos escotes, enormes ojos, piernas interminables, y cortos vestiditos. Son el modelo femenino de moda en los años veinte y, si nos fijamos, también un remedo de Betty Boop, pero españolizada.

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3 comentarios

  1. Buena lectura y seguramente invita a mejorarnos.
    Se ve casi una aventura como han sobrevivido algunos humoristas y escritores estos tiempos. El creativo cuando la sociedad tiene dolor de barriga gordote es una buena inversión. Toca leerlo mucho más a este :-)
    Su relato ha traido gratos recuerdos de leer o ojear a otros humoristas y ‘ninotaires’, gente de la farándula, gente que escribe o expresa… Con mucho que contar y ayudan como pocos saben, con muuucha sabiduria.
    No sé porqué me ha recordado la foto del tanque y la pancarta a TÍSNER.

    Gracias, su articulo motiva a apoyar a creativos que ayudaran a que nos entiendan y reconforten en el futuro.

    :-)

  2. Estupenda historia, estupendamente contada. Gracias por ella.

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