
No dejan pasar nunca la ocasión de decirte que las mujeres deben dejar la pluma
y repasar los calcetines de sus maridos.
Rosalía de Castro en Carta a Eduarda (1866)
Ser mujer nunca ha sido de por sí tarea fácil. Y ser mujer y escritora todavía menos. Hubo un tiempo en que las mujeres ni escribían ni leían. La literatura era un terreno reservado exclusivamente a los hombres y de ellas solo se esperaba que tuvieran hijos y atendieran las tareas del hogar, en ningún caso que se volcaran en una labor intelectual. Sin embargo, a pesar de estos impedimentos, algunas autoras desafiaron los convencionalismos y lograron ingeniárselas para poder publicar sus escritos en un mundo en el que carecían de derechos. Ocultarse bajo un seudónimo masculino, firmar la obra como anónima y escribir a escondidas son algunas de las herramientas que emplearon un gran número de escritoras para hacer llegar sus voces al público y evitar que fueran considerados textos menores por el simple hecho de estar escritos por una mujer. Fueron unas auténticas revolucionarias, pioneras en su ámbito, y hoy figuran entre los grandes de la literatura. Ya lo advirtió en una ocasión Arthur Rimbaud: «Cuando termine la absoluta servidumbre de la mujer, cuando viva para sí y por sí, cuando el hombre la haya dejado libre, ella será poeta. ¡También ella!».
El anonimato fue la primera estrategia empleada por la mujer para poder mostrar su verdadera vocación literaria. Condenadas a la clandestinidad, las escritoras se veían obligadas a publicar sin revelar su identidad. Jane Austen fue un buen ejemplo de ello, ya que tanto Sentido y sensibilidad (1811) como la posterior Orgullo y prejuicio (1813) llegaron a las editoriales como manuscritos anónimos. No fue hasta su muerte cuando Jane Austen pudo firmar con su verdadero nombre. Persuasión, publicada a título póstumo en 1817, fue la primera novela firmada por la escritora, que tuvo una carrera demasiado corta a causa de una enfermedad que la llevó a la tumba con tan solo cuarenta y dos años.
Sus obras pasaron desapercibidas hasta que la gran literata Virginia Woolf la reivindicara en Una habitación propia, destacando la originalidad de sus novelas y un modo de narrar muy personal e inteligente. Austen nunca tuvo una habitación propia y tuvo que limitarse a escribir en el salón de casa, ocultando los textos en su cesto de costura cuando alguien se acercaba. Eso sí, tuvo la suerte de poder leer todo lo que quiso gracias a la gran biblioteca que tenía su padre, quien a pesar de los tiempos que corrían trató de ayudar a su hija contactando con una editorial, consciente de su talento literario.
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Al machismo le ocurrirá lo que al franquismo: vivirá para siempre dentro de las cabezas de aquellas personas que decidieron ser, eternamente, víctimas de algo que quizá ni siquiera llegaron a vivir.
Todas estas prepotencias masculinas, que espero un dia sean recuerdos vergonzosos, me traen a la memoria un pasaje de «Mucho ruido por nada» de Shakespeare, en donde Beatriz, comprobando la vileza del prometido de su prima Hero y la imposibilidad de hacer justicia con sus manos exclama; Ah, si yo fuera hombre, si tuviera un poco de la fuerza de los hombres, ah, si yo fuera hombre». Escalofriante. Muchas gracias por la lectura.
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