
Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Smart número 4
El debate público en torno a la crisis de los refugiados se saturó de alusiones al pasado de Alemania. Joachim Gauk, presidente de la República Federal de Alemania, abrió la veda cuando habló de «Dunkeldeutschland versus helles Deutschland» —la Alemania oscura versus la Alemania luminosa—, esto es, la vieja Alemania nazi versus la nueva. También aquel titular de portada del semanal alemán Die Zeit era «Wie 1989» (Como en 1989). Quizá valga la pena mencionar que toda alusión directa a 1989 es una alusión indirecta a 1933.
Los medios internacionales compartieron similar apreciación histórica. The New York Times advertía que «el trato a los migrantes» evoca «recuerdos de los tiempos más oscuros de Europa», y el diario israelí Yediot Acharonot salía con «Otra vez en el andén» como titular de portada, precisando que algunas de las estaciones de tren en las cuales se amontonaban los refugiados son las mismas desde las que los judíos fueron deportados.
Hasta cierto punto, tales alusiones históricas no solo son normales, sino también adecuadas. Al fin y al cabo, la legislación alemana de asilo se creó como gesto de reconocimiento a las persecuciones del pasado, cuando los políticos nacionalsocialistas forzaron a millones de europeos, judíos y no judíos, a buscar asilo fuera del continente. Sin embargo, una atención excesiva al pasado fascista de Alemania en este contexto puede resultar engañosa. Para entender el trasfondo político de la crisis de los refugiados debemos mirar hacia otro sitio; de hecho, en la dirección opuesta. La crisis actual nos confronta con un problema central del pensamiento político moderno—incluso del liberalismo moderno—. Es un problema que habíamos reprimido con éxito pero que ahora vuelve para vengarse: las deficiencias de la jerga en lo que se refiere a los derechos humanos.
Considere esta cita:
Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas, que todos los hombres han sido creados iguales, que han sido dotados por su creador de ciertos derechos inalienables y que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
¿Por qué creemos en la existencia de estas verdades «evidentes por sí mismas»? Según el texto de la Declaración de Independencia, los derechos humanos inalienables nos fueron dados por nuestro «creador» —previamente, en el mismo texto, los Padres Fundadores habían apelado a lo que nos ha sido dado «por la naturaleza de Dios»— pero desde la perspectiva de la ciencia política moderna esta súplica a Dios es, por supuesto, fútil. La Constitución alemana evita hacer de Dios su fundamento, pero lo hace de un modo característicamente moderno —creyendo que basta con ignorar al Todopoderoso para tener ideales humanistas seculares—.
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Me ha sido siempre difícil entender el pensamiento filosófico, que es, si no el origen, la disciplina de la cual proviene y se alimenta el pensamiento jurídico, y la frase “ …pero para aceptar esa alternativa, uno debe atribuir a la naturaleza unas cualidades que la ciencia nos dice que no tiene (la evolución, fuente de todo a lo que podemos llamar naturaleza humana, no puede ser fuente de derechos inalienables, normativamente vinculantes)”, me es aún más compleja por -según mi punto vista- la contradicción manifiesta. La he sentido en varias oportunidades y me he preguntado si quien la decía no veía en cada ser algo tan simple y evidente: la existencia pura y dura. Si somos emparentados hasta con los gusanos, ¿por qué nosotros, que provenimos de un mismo inicio y mecanismo evolutivo no tendríamos que tener iguales derechos a la existencia y dentro de ella a las atinencias que crea? Que después entren en juego entidades como los estados nacionales con sus peculiares sistemas jurídicos e idiosincrasias es otra cosa, pero este artículo encara los derechos humanos. Quizás usted, con el título que eligió solo quiso crear una sana y fructífera reflexión, y lo ha conseguido, en especial modo con su apelo a que la filosofía política cambie. Yo agregaría que también cambiara la otra filosofía, la académica. Aún hoy continuo a escuchar las viejas cuestiones escatológicas para saber de dónde venimos, qué somos y adónde vamos. Bien sabemos qué somos y de dónde venimos, y de la tercera tengo una vaga certeza que solo la ciencia me la puede aclarar. Muchísimas gracias por la lectura.
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