Sociedad

Un lugar en el mundo

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Rocco e i suoi fratelli, 1960.

El sociólogo Richard Gelles definió la familia como «la institución social más violenta de nuestra sociedad, exceptuando el ejército en tiempos de guerra». Años antes, el escritor Hermann Hesse, algo más comedido, la había descrito como «un defecto del que no nos reponemos fácilmente». Se puede estar más o menos de acuerdo con estas descripciones, pero lo cierto es que, bien sea por exceso de amor o por defecto, bien por la excesiva lejanía o cercanía entre sus miembros, nadie sale ileso de su familia.

Hablamos de la familia en abstracto, pero con frecuencia olvidamos que hay muchos tipos de familia. De hecho, se podría decir que cada familia es única. Cualquier afirmación que hagamos será, necesariamente, una generalización, una aproximación a un tema muy complejo. En la obra de teatro Incendies, de Wajdi Mouawad, Jeanne utiliza las relaciones familiares para ilustrar la teoría de grafos cuando da clases de matemáticas. Cada familia, les dice a sus alumnos, puede verse como un polígono, siendo cada miembro un lado. Según la posición que ocupa en la casa, su primer lugar en el mundo, uno puede ver a unos miembros de la familia pero no a otros. Pronto se da cuenta de que la teoría es una cosa y la realidad otra, las matemáticas dejan de ser una ciencia exacta cuando se aplican al terreno familiar (de hecho, en su familia 1+1 no son 2, sino 1). En este ámbito, además de cómo vemos a los demás, hay que tener en cuenta cómo nos ven a nosotros y también lo que no puede verse. En ¿Quién teme a Virginia Woolf?, de Edward Albee, un matrimonio se sostiene gracias a un hijo que no existe, o, mejor dicho, que solo existe en la cabeza de sus padres. De todas formas, no hace falta ir al teatro para encontrar a hijos que tienen únicamente una existencia imaginaria: antes de nuestra venida al mundo, nuestros padres ya imaginaron cómo seríamos. Lo sepan o no, siempre nos medirán con ese hijo ideal, hecho de expectativas y anhelos, que crecerá en paralelo a nosotros, como un doble. En ese sentido, los hijos únicos no son tan únicos como se piensan.

Para entender la dinámica de una familia, hay que considerar diversos factores: entre otros, la biografía de los padres, su personalidad, su edad, el número de hermanos y hermanas, su género, la diferencia de edad entre ellos o el orden de nacimiento de cada uno. Este último no es un factor determinante, pero sí uno a tener en cuenta: no es lo mismo ser el primogénito que el mediano o el pequeño. Muchos estudios de investigación coinciden en afirmar que el orden de nacimiento influye en el cociente intelectual (CI): en 2007 la revista Science publicó un estudio que mostraba que los primogénitos suelen tener un CI más alto que sus hermanos (en concreto, una media de 3 puntos más alto que el siguiente) (1), aunque es probable que esta diferencia no se deba al orden en sí, sino al hecho de que los hijos mayores reciban más estimulación. Se cree que el orden de nacimiento influye también en la personalidad (2), si bien hay estudios que lo desmienten. La discrepancia tiene que ver con la forma en que se «mide» la personalidad (si es que tal cosa es posible). Por regla general, se dice que los primogénitos son más responsables, exigentes y conservadores; los pequeños, que tienden a ser los más protegidos, suelen ser los menos responsables pero también los más cariñosos, pues han recibido el afecto y protección de sus padres y hermanos mayores. El papel más difícil lo suelen tener los medianos, los llamados «hijos sándwich», ya que tienen que competir con los mayores por el reconocimiento y atención de sus padres, y además son destronados por los que nacen después. A la larga, esta búsqueda constante de algo que los diferencie, de un espacio propio, hace que sean más creativos y competitivos. Un ejemplo de ello lo tendríamos en Napoleón. Según escribió Freud en una carta a Thomas Mann, en un principio Napoleón, segundo de ocho hermanos, «odió a muerte» a José, su hermano mayor. Más tarde, «el odiado rival» se convirtió «en el ser más amado» por obra y gracia de la culpa, y Napoleón acabaría desplazando ese odio hacia otros: «Centenares de miles de seres anónimos habrían de expiar el hecho de que el pequeño demonio respetara a su primer enemigo». Lo que ocurre en nuestros primeros años influye, y mucho, en nuestra forma de relacionarnos con los demás en la vida adulta. De algún modo, viene a decir Freud, la lucha de Napoleón por ocupar un lugar destacado en la familia, por destronar a su hermano, se prolongó en la vida adulta hasta conseguir ser emperador de los franceses y conquistar buena parte de Europa.

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2 comentarios

  1. Agustín Serrano Serrano

    Un artículo tan bien escrito…como apropiado al actual momento de mi vida.

    Felicidades, Rebeca, de un «hijo sándwich».

  2. Confieso que no he dado tanta importancia a este debate actual en donde se denuncia el uso casi exclusivo del género masculino para definir la categoría que engloba a ambos. (He aquí otra muestra: ambos). Daba por descontado que, dentro del contexto, quedaba bien claro qué era qué y no era necesarios crear términos nuevos. Es más, por el solo hecho de crear polémica propondría que, en un partido de fútbol dirigido por una mujer, la RAE avalara “la arbitra señaló una falta” pero leyendo este excelente artículo divulgativo me doy cuenta de que una cierta sombra se han adueñado de mi sensibilidad de lector, y pienso que uno de los motivos es debido a las fuentes de la autora, todos masculinos, y en su mayoría del siglo pasado o del anterior. Repito que doy por asentado que se habla en general, en manera inclusiva, pero me suena tan mal escuchar padres, hijos, hermanos, primeros, del medio, el último, etc. etc. Y es aún más molesto (y subjetivo) leer que “el primogénito tiene más posibilidades de tener un CI más alto que el del medio” A un cierto momento me encontré con un viejo reflejo producto de mi velo masculino que todavía me acompaña: que las mujeres, por más que sean “hijos primeros o únicos” jamás podrán ser inteligentes. Muchísimas gracias por la lectura.

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