Arte y Letras Literatura

Los periodistas de los treinta mil libros

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Ustedes los habrán visto en más de una ocasión, porque los ejemplares de esta especie no se esconden, todo lo contrario, si algo les encanta es dejarse retratar en sus nidales: son los periodistas bibliófilos. Estas aves de presa, también conocidas como los quebrantahuesos de la selva informativa, reciben con insospechada hospitalidad al vulgar plumífero volátil que trae el encargo de documentar su hábitat doméstico. Disfrazados por una vez de mansos gorrioncillos, posan para la foto delante de unas ostentosas estanterías, invencibles aunque soporten el peso de miles de libros. Y no están todos los que son, por supuesto, porque los treinta mil volúmenes —quién los podría contar o fichar, explican, pero, a ojo de buen cubero, treinta mil por lo menos— desbordan la capacidad de cualquier domicilio. Así que se ven obligados a abrir sucursales; ponen un piso a sus amantísimos o alquilan una cercana nave industrial, a donde es posible acercarse rápidamente en la terrible eventualidad de una urgencia bibliográfica. Procuran, eso sí, guardar siempre a mano las obras de consulta imprescindibles; y no extrañaría el caso del que acarreó a su despacho en la redacción del periódico los cuarenta y dos tomos en sesenta y cinco volúmenes de la Historia de España de Menéndez Pidal si no fuese porque los tochos son los apoyos del escritorio: ni siquiera con la ayuda de los ingenieros de caminos, canales y puertos, han logrado los naturalistas desentrañar el misterio de cómo se puede coger uno de los ladrillos sin que la mesa se desplome.

Si la historia patria es, presuntamente, la gran obsesión del periodista-bibliófilo castizo, la historia francesa lo es de algún pájaro de más altos vuelos. Este acaricia con fruición la colección completa de la primera edición de L’Encyclopédie y se estremece un pelín cuando pasa las páginas del Bulletin du Tribunal criminel révolutionnaire. Sea para olvidar tantas cabezas rebanadas por la guillotina o para moderar un poco el afrancesamiento, siempre un poco sospechoso en estos lares, su biblioteca guarda cientos de ejemplares escritos por o sobre Winston, que con esa familiaridad llama a Churchill, uno más de la familia, como quien dice. A William todavía no se atreve a tutearlo, pero, por favor, que nadie piense que faltan las baldas shakespearianas en su librería. Nuestra taxonomía no estaría completa sin incluir al ferviente lector de los maestros de la Antigüedad. «¡Plutarco, Plutarco!», clama, «Plutarco y una botella de Château Margaux». Ese profeta del apocalipsis que aguarda a las hordas de infieles, a las turbas revolucionarias y a los batallones de imbéciles atrincherado en su biblioteca con una escopeta del 12 cargada con cartuchos de posta lobera apoyada en la pared. El detalle de la escopeta, más que el gusto por el de Queronea, delata al clásico periodista en estos cotos.

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2 comentarios

  1. Cide Hamete

    ¿AP-R? ¿Por un casual?.

    Es que ahora hay una guerrita por esas sendas del hiperespacio internetero.

    Y yo estoy con Roca Barea, claro

  2. Jorge Arauna Villanova

    Servidor diría que el interesado por la historia patria es don Arturo Pérez Reverte. Y el apasionado lector sobre historias de la guillotina, don Pedro José Ramírez.
    Claro que igual me equivoco.

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