
En la tercera estrofa del poema «Límites» («Si para todo hay término y hay tasa / y última vez y nunca más y olvido / ¿Quién nos dirá de quién, en esta casa, / sin saberlo, nos hemos despedido?»), Jorge Luis Borges nos recuerda —de un modo seco, elegante y, con coherencia, fatal— la finitud de todos y de todo. Muchos autores (notoriamente, Freud, alguno de sus antecesores o sus intérpretes; Camus; Proust; el propio Borges) ya plantearon la idea de que la finitud, el límite más grande, es, a la vez, el motor de nuestra existencia. Si se consigue despojar al concepto de límite de su impronta más inmediata, la opresiva, puede comprenderse sin dificultades como un estímulo para la liberación.
En 1925, Borges había escrito otro poema con nombre idéntico (el poema, no él: firmó como Julio Platero Haedo) y tema, aunque formato diferente, que volvió a imprimir (ya con su firma) en El hacedor, de 1960. El referido aquí se publicó en el periódico La Nación de Buenos Aires el 30 de mayo de 1958 y fue reeditado en El otro, el mismo en 1964. En ese año, Borges visitó Dinamarca y el danés Jørgen Leth publicó su segundo libro de poemas, Kanal. Tres años después, Leth filmó su cortometraje más famoso, Det perfekte menneske (El humano perfecto), de trece minutos de duración.
Un cortometraje es considerado tal por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos —la que entrega los Premios de la Academia, mejor conocidos como los Óscar— si no excede los cuarenta minutos. La decisión de filmar un cortometraje importa, entonces, un límite necesario, el temporal. Pero puede involucrar otros. Algunos exteriores, impuestos: de medios, de herramientas, de inventiva. Otros internos, intencionales, para desafiar o desafiarse. Si ya tenemos límites y conseguimos que nos muevan, ¿por qué no provocarnos otros como incitación? Esta idea, más particular, tampoco es nueva. Una de sus formulaciones modernas más precisas fue mentada entre mascadas. En 1983, el cineasta independiente Henry Jaglom refirió, en un artículo llamado «El cineasta independiente», que diez años antes, en un almuerzo durante el rodaje de la —hasta ahora— inconclusa The Other Side of the Wind, Orson Welles le regaló la sentencia «El enemigo del arte es la ausencia de límites». (Quizás la frase no sea de Welles y hasta la anécdota podría ser falsa, pero esto debería tenernos sin cuidado en un texto que comienza nombrando a Borges).
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Este excelente artículo de divulgación, visto el tiempo en exposición, se insinúa hacia el olvido. Y ahora que lo pienso es algo atroz que también la escritura no escape a las reglas del consumo: exponer la mercadería por un tiempo razonable, como para respetar juiciosas reglas de sana alimentación, pero sin fecha de vencimiento.
Y diría que hasta es un gesto de inaudita honradez por parte del mercado ya que nadie muere, o se intoxica o pierde la razón leyendo a, qué sé yo… ¿Schopenhauer.., o al indio Patoruzú? Que lo acompañe entonces la siguiente reflexión que, confieso, comienza a parecerse a una póstuma oración fúnebre, y esto sería mi última intención. (Disculpen por la involuntaria rima decadente)
“Que ni los fantasmas puedan hacer compañía a las cosas que quedan solas en un fin de semana
o en un par de horas, es otro caso más de injusticia cósmica. ¿Cuál mísero privilegio tienen para que con nosotros únicamente vuelvan a ser lo que son, retornar a lo real? Si por lo menos estuvieran en otro lugar, y no aquel en donde los dejó mi memoria ya sería tanto. Y los espejos de la polaca Wislawa ¿seguirán trabajando inútilmente reflejando entre luces y sombras lo que no se mueve en soledad y en especial modo las bibliotecas de madera? Cuando mueran sus fieles dueños se sentirán aún más solas: una esquela con un pensamiento, un libro, un par de gafas, un lápiz, unas llaves. ¿Qué será de ellas? ¿Andarán todavía más desorientadas? ¿Atiborrarán como nosotros los orfanatorios del azar sin jamás adaptarse a los nuevos propietarios? Tampoco ellas que a veces o para siempre no están se pueden salvar del tritura horas de la realidad”
PD: Para mayor compañía algunos versos de poetas ya idos.
Un re encuentro inesperado, de Wislawa Szymborska.
“Somos muy corteses el uno con el otro. Digamos que es bello encontrarse después de años. (Nuestros tigres beben leche. Nuestros halcones van a pie. Nuestros tiburones se ahogan en el agua. Nuestros lobos bostezan a jaula abierta. Nuestras víboras se despojaron de sus relámpagos. Los monos los brincos, los pavos las plumas. Los murciélagos desde hace tanto alzaron el vuelo desde nuestros cabellos) Nos detuvimos a mitad de la frase, sin escape sonrientes. Nuestra gente no sabe hablarse”.
Extractos de intentos de poesía de un libertino del siglo III DC
Lo que me falta de empatía lo reemplazo con la razón. Simple cálculo viendo el volumen de todos los libros. Para no mandar en pedazos este cuarto de horror y otros tres de gratuita maravilla.