
A finales de los años cincuenta del siglo XX, la mayoría de gente que tenía que cruzar el océano Atlántico elegía como medio de transporte el barco. La aviación estaba comenzando a levantar el vuelo (perdonen el forzado lirismo) y su explotación aún se hallaba puliendo defectos tanto en su material móvil como en infraestructuras. Los aviones comerciales necesitan unos determinados espacios para sus maniobras, operaciones, etc., pero los usuarios y trabajadores, en el denominado lado tierra, también tienen sus propias necesidades. Cada aeropuerto que se construía en aquella época partía de una hoja en blanco porque muchos proyectos de terminales se iniciaban con la única premisa de ser diferentes a los demás, como si se tratara de una competición similar a los pabellones de una exposición universal. Esta situación generaba un torrente de edificios nuevos y vistosos con poco o nada en común unos con otros, por lo que cada vez que un pasajero acudía a un aeropuerto tenía que enfrentarse a la aventura de intentar llegar a tiempo a su avión, con su equipaje y con un billete válido, algo no tan sencillo si lo combinamos con el nerviosismo que va unido a despegar del suelo a más de trescientos kilómetros por hora en una mole de metal que contiene miles de litros de combustible altamente inflamable.
Hoy en día puede parecernos una tontería, porque todos conocemos un proceso que se ha homogeneizado y que, en general, consta de unas etapas más o menos fijas: llegas a la zona de salidas del aeropuerto, facturas tu equipaje, te diriges a las inmediaciones de tu puerta de embarque, te bebes uno o dos gin-tonics para templar ánimos mientras esperas, te subes al avión a través de un finger, despegas, vuelas, aterrizas, otro finger te lleva a la zona de llegadas, recoges tu equipaje en una cinta transportadora y abandonas el edificio aún tambaleándote porque entre una cosa y otra al final han caído cuatro gin-tonics. Pues este proceso secuencial se ha universalizado desde que Eero Saarinen lo estableció con su diseño de la terminal de la TWA de Nueva York. Exceptuando los gin-tonics, claro, que siempre fueron opcionales.
«Un edificio que capture el espíritu del vuelo»
Con esa idea contrató Ralph Dawson, presidente de Trans World Airlines (TWA), a Saarinen, un prestigioso arquitecto de origen finlandés, para que diseñara la nueva terminal de la compañía en Nueva York. Saarinen aceptó el reto y comenzó, como era lo habitual en la época, partiendo de cero. No quería conseguir únicamente un edificio atractivo e impactante y que fuera uno de los iconos del siglo, cosa que por otra parte también consiguió, sino que quería que funcionara y que la experiencia desde el punto de vista del usuario fuera perfecta (como pueden comprobar, no fue Steve Jobs el primero que pensó algo así). Con este fin, el arquitecto y su equipo estudiaron y monitorizaron los movimientos de los usuarios en otros aeropuerto o estaciones de tren, sus trayectorias, sus paradas, sus dudas… En resumen, prepararon una especie de mapa de calor como los avanzados análisis futbolísticos de hoy en día, trasladando estos flujos al interior de su boceto de terminal. El resultado se asemeja a una cueva erosionada por el paso de los viajeros, como un queso emmental con vaciados diseñados estratégicamente que parece estar en movimiento junto a sus usuarios.
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Ya hay un hotel en la terminal: https://www.ft.com/content/0b12ff64-9990-11e9-98b9-e38c177b152f