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El suspiro de la locura

Leopoldo María Panero. Fotografía Sara del Castillo. suspiro de la locura
Leopoldo María Panero. Fotografía: Sara del Castillo.

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El río Neckar fluye mansamente para acariciar así la ciudad de Tubinga. Apostada en una de sus orillas, una torre se esconde ajena a un mundo intelectual que hierve en Alemania a esas alturas del siglo XIX. El Romanticismo se suicida poco a poco, flagelándose. Por una de las ventanas de la torre se escapan unas notas discordantes, en cierto modo improvisadas, que van a perderse junto al caudal del río. La mano que se desliza por las teclas es guiada por una de las mentes más avanzadas que conoció jamás la poesía universal. Hölderlin lleva más de treinta años encerrado en dicha torre, sin prestar atención a nada.

¿Es la locura un peaje para transitar por el camino de la brillantez?

Hölderlin ha olvidado su nombre, el nombre de los amigos que un día tuvo e incluso el nombre de las obras maestras que un día compuso. Muere como todos los genios, olvidado por el resto, y solo el piano que lo acompañó durante décadas parece echarle de menos. Días más tarde, examinan la torre que le vio consumirse y encuentran algunas cuartillas ilegibles. Al marcharse, se percatan de que ni siquiera el piano lo echará de menos: Hölderlin le hubo cortado varias cuerdas al instrumento, en un último arrebato artístico.

La locura había aparecido con rapidez. Para que el desequilibrio llegue has de haber gozado en alguna ocasión de lo contrario, estabilidad, y quizás no se conoció jamás una como aquella que guio a Hölderlin entre las aguas del Neoclásico y el Romanticismo. Pero hay un punto, no tan tierno como el que convirtió a Platón en maestro ni tan avanzado como el que le arrebató cuerdas al piano, en el que locura y poesía se funden creando un monstruo maravilloso. En ese punto medio, entre la brillantez y la melodía del piano, está la perfección.

Siglos más tarde, Roberto Bolaño observa el reloj con impaciencia. También camina como un funambulista por la cuerda, sabe que tendrá que guardar el equilibrio si no quiere despeñarse al precipicio de la locura. Observa la caída, consciente de que pronto será un peso muerto. Escribe a toda prisa, le queda poco tiempo antes de marcharse y debe, como sea, terminar esa obra pantagruélica llamada 2666. El punto final de la novela llegó como un acto desesperado. «La veía como un monstruo que me devoraba», explicó él. El 30 de junio de 2003, Roberto Bolaño falleció en algún lugar de Barcelona. La obra se publicaría un año más tarde. La locura y la muerte a menudo vienen de la mano.

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