
Este artículo está disponible en papel en nuestra tienda online
El boceto de Darth Vader
¡Viva el mal, viva el capital!: fue George Lucas el pionero del merchandising nacido de una película, pues cuando la 20th Century Fox aceptó producir la primera cinta de Star Wars a Lucas no le importó rebajarse sus honorarios si él mantenía los derechos de explotación de la línea de juguetes. Parecía una locura en su momento, pero ahí está la abultada cuenta corriente de George Lucas para demostrarnos que el órdago le salió bien.
The Economist publicó el año del estreno de El despertar de la Fuerza un suplemento titulado «Disney, Star Wars and myth making», donde alababa, entre otras cosas, la astucia de la compañía en reforzar su posición dominante en el negocio de la «mitología industrial». Al periodista se le olvidó mencionar, sin embargo, que, más allá del acierto de la trama original de Star Wars, que mezcla épica, opereta espacial y un manual de autoayuda, una gran clave del éxito de la película reside en su diseño de producción y en su dirección artística (y así llegamos al germen de este artículo), pues, ¿qué sería Star Wars sin los dibujos, las ideas y los diseños de Ralph McQuarrie, Joe Johston y Nilo Rodis-Jamero, los tres principales encargados del arte conceptual de la cinta de 1977? Está claro que McQuarrie se inspiró en trajes y cascos de samuráis para concebir el diseño de Darth Vader, según las propias indicaciones de Lucas, pero ¿qué sería Darth Vader sin su casco-máscara? ¿Qué sería de Star Wars sin la legión de los lustrosos uniformes de los Stormtroopers?
Como diría Foster Wallace, el deseo arranca en una fábrica en la periferia hiperpoblada de cualquiera de esas mastodónticas ciudades de China; luego se encapsula el juguete en su blíster colorido bajo el rótulo escrito en su inconfundible fuente, y este con otras decenas más en una caja precintada por un trabajador que no cobra más de cinco dólares al día; después viene el viaje en un contenedor, que eleva el coste de la mercancía a no más de unos centavos por paquetito, a unos miles de kilómetros a cualquiera de los grandes puertos de América o Europa, y de aquí, tras la sabia gestión de una empresa de logística y almacenaje, llegará en unos días a una inmensa nave comercial en las afueras que suministrará a todas las grandes superficies y jugueterías, que venderán la mercancía en sus pasillos iluminados por focos cenitales de luz blanquísima: Disney hará caja y nosotros olvidaremos el nombre de Ralph McQuarrie.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.





