
En toda mi vida, la película que más me impresionó antes incluso de haber visto un solo fotograma fue Alien, el octavo pasajero. De hecho, el pensar en ella una y otra vez no habiéndola visto todavía es uno de los recuerdos cinematográficos más antiguos que conservo. Cuando era bastante pequeño, vi un cartel promocional de la película impreso —con tétrico blanco y negro— en una revista de cine de aquellas que entonces llamábamos carteleras.
Yo sabía que aquello anunciaba una película, pero poco más. No había gran cosa en aquel cartel promocional: el título Alien en mayúsculas, lo que parecía un huevo abriéndose, y la frase «En el espacio nadie puede oír tus gritos». Cosas de la infancia y de mi estupidez intrínseca, me dije: «Pobre Alien, que grita y nadie puede oírlo. ¿Qué le estará pasando?». No sabía quién era Alien ni de qué demonios trataba todo aquello, pero la sencillez de la imagen captó mi interés de inmediato. Me atrajo tanto que guardé la revista.
Años después seguía siendo niño, pero un familiar consideró que yo ya tenía edad suficiente como para contarme el argumento de aquella película cuyo póster me había hipnotizado durante tanto tiempo. Me contó toda la película, casi secuencia por secuencia, final incluido. Por lo general detesto que me destripen una película, pero aquella vez no me importó ni lo más mínimo. Escuché la historia completamente fascinado. Podía visualizar cada escena que me narraban. El mundo de Alien: el octavo pasajero empezó a tomar forma en mi cabeza, aunque no había visto nada excepto al monstruo, al que recordaba de alguna fotografía. Empecé a sentir un ansia punzante por comprobar con mis propios ojos si todo lo demás que había imaginado se parecía a la realidad del largometraje. Cuando por fin pude ver Alien, quedé maravillado por dos cosas: una, las escenas se parecían un poco a lo que había imaginado; y dos, eran millones de veces mejores que cualquier ensoñación que hubiese cultivado en mi cabeza durante aquellos años. La película superó mis más alocadas expectativas.
Un detalle me dejó descolocado: el androide. Sabía que en la película había un robot con forma humana, llamado Ash. Pero su plasmación en pantalla escapó a mi capacidad de comprensión. El robot no era especialmente robótico, ni mucho menos amenazante. Parecía un profesor de escuela, con esa expresión seria y aburrida estar vigilando el aula durante un examen. «Este androide no es muy impresionante», pensé. Hasta que llegó el momento en que se requería que fuese impresionante; en ese preciso instante, Ian Holm empezaba a mostrarse aterrador. Era capaz de helar al espectador con una sola mirada. Yo nunca había visto a un actor haciendo algo semejante. Después, cuando hablaba su cabeza cortada y depositada sobre una mesa, Ash era, de repente, la cosa más robótica que había visto en mi toda vida. Ian Holm se había transformado y se había vuelto inhumano. Me llevó unos cuantos años más llegar a entender la pericia que un actor demuestra cuando en él se operan cambios tan profundos con maniobras tan imperceptibles.
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Ian Holm tiene también una memorable actuación como Frodo Boldón (no Bilbo, sino Frodo) en una versión radiofónica de la BBC de «El Señor de los anillos» (https://en.wikipedia.org/wiki/The_Lord_of_the_Rings_(1981_radio_series) ). En ella, y empleando solo su voz, Holm expresa absolutamente todos los matices de la personalidad de Frodo, desde su ingenuidad inicial hasta su transformación por el poder del anillo.
Pfff!! que maravilla!!
¿Ni una referencia a ‘El dulce porvenir’ de Atom Egoyan? Me sorprende que una de las mejores interpretaciones -si no la mejor- de Ian Holm en una de las películas más brillantes de la década de los noventa quede fuera del artículo
Francisco, «El dulce porvenir» es una de esas maravillas que surgen de vez en cuando y que encuentran a un intérprete en estado de gracia como Holm para llegar a lo más alto. Aunque como bien dice Walter más abajo, Ian aquí no es un villano, más bien un pan bendito.
Francisco, el título lo dice… Villano perfecto.
En Alien hay momentos en que se disputan quien da más pavor, si el xenoformo o el androide.
Gracias por el artículo.
Aún se me ponen los pelos de punta cuando le recuerdo en ese aterrador primer plano en el que parece que el diablo ha subido a por nosotros en «From Hell» (Desde el infierno), quizá la mejor versión junto con «Asesinato por decreto», de las fechorías de Jack el Destripador. ¡¡Brrrrrr!!
A mí me ha psado lo mismo Maestro Ciruela. Ha sido leer las aplabras villano e Ian Holm y acordarme de su papel de médico en From Hell…
¡Qué coño, esta semana «me la pongo», hombre!
Una peculiar casualidad: la buena descripción de ese villano perfecto que se hace en este artículo es la que yo asocio desde hace años con el grandioso Martin Freeman. Un tipo con una apriencia normal, afable y cercana pero que te rompe todos los esquemas cuando hace de malo (y cómo hace de malo!! crema!!). La casualidad es la evidente, que ambos serán recordados siempre por haber sido Bilbo… Y cada cual mejor!
Fue tal el susto que me dio esa película que ahora, y leyendo artículo y comentarios, me doy cuenta de que he cancelado escenas y personajes, especialmente al excelente Ian Holm que he visto en otras. Ese bicharraco me acompañó por varios días. ¿Una cabeza cortada de un robot? Pues que no me acuerdo. Además, han pasado un montón de años. El único malvado que no olvidaré es a Lee Marvin en El hombre que mató a…. (tampoco me acuerdo) con John Wayne.
Excelente artículo y comentarios. Gracias
Me sorprende no encontrar mención alguna al personaje interpretado por Holm en Sin Novedad en el Frente, el cabo Himmelstoss. Simplemente inolvidable.
Christopher Lambert es el Javier Marías del cine; nunca entenderemos por qué.