
En Nuestro hombre (Debate, 2020), la biografía de Richard Holbrooke, hay dos páginas que producen escalofríos. Transcurría el año 1991. El diplomático norteamericano llevaba más de una década sin desempeñar un cargo importante en el gobierno y se acercaba su cincuenta cumpleaños. Dos amigos le propusieron una cena con los más íntimos; a lo sumo ocho personas. Holbrooke, ya por entonces con el ego muy inflado y consciente de la importancia de las buenas relaciones en política, los convenció para que le montaran una fiesta por todo lo alto. Los organizadores reservaron una gran sala en el 21 Club de Nueva York, local en que solían cenar los presidentes cuando visitaban la ciudad y donde Donald Trump y Frank Sinatra tenían mesas con su nombre. El día señalado se reunieron más de cien personas para celebrar el aniversario. Entre ellos había directores de medios de comunicación, políticos, artistas y financieros de Wall Street. La «aristocracia» neoyorquina. Además, fueron invitados la madre, el hermano y los hijos del diplomático.
Cuando todos los comensales habían ocupados sus sitios en las mesas y comenzado a servirse los primeros platos, los mejores amigos de Holbrooke empezaron a desfilar por el estrado para decir unas palabras sobre él. Lo que tenía visos de convertirse en una aburrida enumeración de los méritos del homenajeado salpicada con cuatro o cinco anécdotas simpáticas, sin saber cómo, se convirtió en algo horrible. Los amigos del diplomático, años después, se preguntaban cómo habían podido contribuir a que algo así ocurriera. Era como si un diablillo juguetón hubiera sobrevolado la sala y confundido con mala idea las intenciones de los allí presentes. Uno de los oradores se rio de su libido descontrolada y de su debilidad por las «mujeres de mundo». Otro recordó su afición a dejarse invitar y a no pagar los taxis compartidos. Una novelista chino-estadounidense señaló que Holbrooke había nacido en el año de la serpiente, lo que explicaba su carácter insidioso y sibilino. El más viejo de sus amigos contó una anécdota que lo señalaba como demasiado ambicioso y como trepa. El director de un periódico, en el cenit de la crítica maliciosa, se lució con lo siguiente: «Probablemente os habréis dado cuenta de que tengo el hombro izquierdo más bajo que el derecho. Es por hablar tanto con Richard, que siempre está mirando por detrás de mí para ver si encuentra a alguien más interesante». Hasta su hijo David se animó a relatar cómo lo había marcado tener un padre así.
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En el año 91 cumplía 50 años, no 40. Si empezamos así el artículo…….
Tiene usted razón. Corregido. Gracias.