
Juan José Martínez Jambrina es psiquiatra, director de salud mental del área sanitaria de Avilés, y uno de los pioneros en España de la incorporación del tratamiento asertivo domiciliario en salud mental. Además de su amplia y relevante experiencia psiquiátrica, es un gran amante del ámbito de la cultura y uno de los más antiguos colaboradores de Jot Down. Reunidos en La Rambleta de Valencia en el marco de una de las jornadas de Futuro imperfecto, conversamos con él sobre un amplio abanico de asuntos relacionados con la salud mental: los prejuicios sociales que existen en torno a la enfermedad mental (incluyendo los prejuicios popularizados por el cine), la relación entre neurosis y creación artística, la naturaleza potencialmente perniciosa de la «cultura del optimismo», la creciente intolerancia a la frustración en la sociedad actual, el aumento de la ludopatía en adolescentes, la posible relación entre redes sociales y una mayor infelicidad, etc. También abordamos el olvido al que la salud mental está sometida por parte de los políticos, lo cual se manifiesta en una acuciante falta de medios. Y, en definitiva, el papel de la psiquiatría en la vida de aquellas personas que se ven condicionadas por un trastorno mental.
Has escrito, y con bastante fiereza, sobre la cultura del optimismo y del «tú puedes con esta lucha», que te parece bastante perniciosa.
Sí. Yo creo que es una cuestión que ha penetrado bastante en el tejido social desde, como siempre nos pasa últimamente, los Estados Unidos. Ha penetrado de una forma demasiado acrítica, demasiado fácil, y ha llegado además por múltiples vías. Engancha mucho con el sistema de vida occidental: que si tienes una enfermedad y la asemejas con una batalla contra un enemigo, que si eres optimista, que si mantienes el ánimo firme para hacerte fuerte, entonces te acercas al cincuenta por ciento de la solución. Yo creo que eso, en algunos problemas menores de la vida, sí que es cierto: una mirada optimista es más favorable para tratar con ciertos conflictos. Pero cuando hablamos de enfermedades serias, esto nos lleva muchas veces a que las personas sientan frustración porque ven que estrategias basadas en este tipo de iniciativas no han dado resultado, y lógicamente están desconcertadas. Y hemos visto que, en el día al día, y en la mayor parte de casos que tenemos que ver en los servicios de salud mental, eso es de muy poca ayuda.
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«Todos sabemos que hay que mantener un nivel de sobriedad lo más firme posible para hacer algo con un nivel de exigencia intelectual tan importante». Este hombre no sabe que la literatura sería más pobre sin la concurrencia de las drogas; basta echarle un ojo a lo que se escribió en la mitad del siglo pasado; pero drogas no de forma continua sino pulsátil como lo hacen ciertos agentes sobre la glándula hipofisaria. Al aire se lanzan demasiadas sentencias y demasiado gratuitas cuando se habla de psiquiatría. Yo creo que ello es debido principalmente al atrevimiento intrínseco de la ignorancia, pero también a que el elemento de estudio de la psiquiatría es infinitamente más resbaladizo que el del resto de especialidades médicas. Los equipos multidisciplinares que se encargan de la salud mental (de los que están verdaderamente jodidos; no nosotros que estamos frustrados y canalizamos nuestra frustración en twitter y en pornhub) proyectan inconscientemente sus propia psiques. Una realidad que el radiólogo o el neumólogo no provocan; no porque sean significativamente más inteligentes que el psiquiatra (puede que sí y puede que no; no lo sé), sino porque la práctica del ejercicio médico en el caso de los dos primeros no se ve influida «por lo que lleva dentro en la mente». Hasta donde yo sé (pero yo tengo un campo de visión pequeño), no se hace uso de las evidencias científicas en psiquiatría tanto como sería recomendable.
Has dicho con bastantes más palabras de las necesarias,mucho más de lo que sabes, que es nada.
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Y si tenemos un exceso de reveses en la vida, nos mantenemos a salvo de la depresión ? Pues a mi, querido, me ha pasado todo lo contario. Seré un bicho raro…..
La respuesta es: «sí, debido a la resiliencia». Y en vez de «nos mantenemos a salvo de la depresión», tal vez sea más correcto decir: «nos podemos mantener a salvo de la depresión, gracias a la resiliencia».
Depositar todos los incumplimientos de los tratamientos de las personas con esquizofrenia en que el paciente no quiere ser tratado, debería llevar, como mínimo, a una pregunta: ¿Por qué no quiere ser tratado? Nos deja tranquilos atribuirlo a la falta de conciencia de enfermedad pero no es el único motivo, ni si quiera el principal. Dentro de estos motivos deberíamos preguntarnos los profesionales por el tipo de trato que les damos (no solo de tratamiento), por el tipo de vínculo (sin vínculo entre profesional y paciente no puede haber cumplimiento del tratamiento), por la calidad de la atención (tiempo dedicado, frecuencia de seguimiento, tipo de entrevistas que se hacen) y por un modelo de clínica centrado casi exclusivamente en el síntoma. Sin tener en cuenta estos ingredientes, es difícil aceptar que tienes que buscar ayuda.
Yo discrepo de tu comentario. Le atribuyes —en mi humilde opinión— demasiado peso a la asistencia médico-psiquiátrica, demasiado protagonismo a la serie de inputs que recibe el enfermo mental cuando acude a la medicina. La pregunta de por qué el sujeto a estudio no quiere tratarse posee una relevancia capital en el ejercicio médico de la psiquiatría. ¿Por qué no se toma lo que yo le doy? Porque no quiere. Pero, ¿por qué no quiere? ¿Porque no se da cuenta de que está enfermo? ¿Porque no confía en mí? ¿Porque quince minutos son insuficientes para hacerle tomar conciencia de lo que le pasa? ¿Porque no existe entre él y yo un vínculo suficientemente fuerte? ¿Sería bueno o sería nocivo ese tipo de «vinculación» con todos los enfermos mentales? ¿Podrían salir ilesos los psiquiatras de ese sincero apretón de manos con todos sus enfermos? Lamentablemente, a mi juicio, el único tratamiento que podemos ofrecer es el «sintomático». Entrecomillo sintomático porque no lo quiero relacionar estrechamente con el síntoma psiquiátrico, sino porque lo que pretendo decir es «paliativo», aunque, de nuevo, el campo semántico en ocasiones juega malas pasadas. En definitiva, damos un tratamiento no-curativo. Porque no podemos curar la mente. En España pegas una patada a la pared y caen cien psicólgos que te insultan por decir eso. Pero la mente no se puede curar. No, no se puede. La psique (a día de hoy) no se puede tratar como se trata la diabetes tipo I con insulina, permitiendo que las células del enfermo metabolicen la glucosa como las personas que tienen íntegro el páncreas. No obstante, hay un abanico cada vez mayor, existe un arsenal creciente de medidas terapéuticas para los trastornos mentales, pero no curan; alivian; acompañan. El médico y el sistema asistencial no pueden competir con la biografía del individuo; no llegan, ni de lejos, a los estratos más profundos de su mente. No están a la altura de Youtube; ni de otras tantas fuentes de información e interacción. No pueden dejar en el enfermo ni la décima parte de la huella que ha absorbido y sigue absorbiendo en su experiencia vital. Yo conozco muchos piscólogos (y unos cuantos psiquiatras un tanto naifs) que están convencidos de lo contrario: se sienten capaces de rearticular las capas más profundas del enfermo, no rearticulables en mi humilde opinión, y ganándole la partida, por otra parte y de forma no menos sorprendente, al resto de elementos que inundan la vida de esa persona. Quienes niegan este escenario conforman paradójicamente un teatro utópico y disonante. Del mismo modo que un hombre psicótico no logra «ver» ciertas cosas, quien crea que el enfermo mental puede curarse, no «ve» que eso es imposible. Hay grados. Existen matices. Tienen lugar reinserciones parciales en la sociedad. También hay avances en la investigación, pero la psicofarmacología y, sobre todo, la psicoterapia son dos alternativas ineptas hasta un extremo inaudito. El problema no radica (aunque radica de un modo no despreciable en la gestión política) en la falta de recursos en salud mental, no radica (aunque radica de modo considerable en la creencia de una mente potencialmente curable) en pensar que podemos reinsertar a los enfermos en la sociedad, como se reinserta al que sufre una embolia pulmonar, sino, especialmente, en la creencia de que la mente no es ya sólo accesible sino articulable. Un enfermo mental tendría que estar en un momento muy concreto de su vida, con una enorme capacidad de abstracción y poseedor de una gran dosis de escepticismo para «cambiar», para «curarse», tal y como se busca en salud mental. Eso es algo, a todas luces, imposible.
Leo tus mensajes y capto varias cosas. En primer lugar, una buena caja de herramientas expresivas. Comunicas bien, articulas bien las secuencias de razonamiento. Tienes esas habilidades. Puede que, en cierto grado, sea innato. Posiblemente en un grado enorme. Pero también hay una cuestión aprehendida en tu discurso: corrección gramatical, ortotipográfica, coherencia textual, apertura y cierre medianamente clásicos. Y es precisamente en ese diagnóstico y retrato de tu manera de comunicar donde encuentro el argumento para combatir tu postura: la psicoterapia encierra (de manera no excesivamente disimulada) una transmisión de conocimiento del terapeuta al paciente, que recoge los inputs y conforma, en el mejor de los casos, una buena caja de herramientas para abordar sus conflictos, sean esto de tipo social, comunicativo o de percepción de sí mismo.
Si afirmas que la psicoterapia no es útil en base a una carencia palpable de resultados (cuya fuente sería maravilloso conocer) deberías afirmar que la formación lógica y comunicativa tampoco lo es, y tienes la evidencia de tu propio texto para comprobar que esa formación es efectiva en cierto grado.
Pero en una cosa tienes razón, en varias de hecho, pero me quedo con que la psicoterapia o la farmacoterapia deben combatir de algún modo contra elementos externos que modifican, estirando hacia otro lado, la mente de la persona. Las redes sociales, las fuentes de información, todo el sesgo de confirmación implicado en ello. Es realmente importante la voluntad del paciente en el proceso para garantizar un resultado positivo.
Puedo afirmar, feliz por ello, que en su día puse voluntad para superar las derivaciones de un trance horrible y oscuro que había dejado huellas en mi ser. Y que, desde entonces, afronto los reveses de la vida con herramientas aprendidas y asimiladas en la consulta de mi psicóloga. Sigo teniendo cicatrices que no puedo evitar mirar cuando las cosas se giran. Pero ya no condicionan totalmente mi respuesta. Y lo digo contento, entendiendo al fin que no puedes modificar lo que te sucede pero sí cómo reaccionas a ello. Y se lo debo a la psicoterapia.
Un cordial saludo
Empecemos por el aspecto más árido de todos, bueno, no… empecemos primero con una sincera muestra de agradecimiento por mi parte hacia tu persona. Muchas gracias por las cálidas y agradables palabras que me dedicas. A continuación viene una disculpa. Sensu stricto no me retracto de lo que he dicho en el anterior comentario, que la psicoterapia se revela ineficaz para curar, pero, repito, en cierto modo debo disculparme; debo, mejor dicho, matizar mis palabras. No es justo ni tampoco es 100% exacto decir que la psicoterapia no funciona. ¿Por qué? Porque en psiquiatría no todas las dolencias son igual de graves; en algunas de ellas el paciente muestra mayor grado de consciencia y conciencia de la realidad del entorno que lo rodea y de la enfermedad que padece. Además, hay patologías donde la psicoterapia se «revela» —debes permitirme el entrecomillado; unas líneas más abajo explicaré el porqué—, se «revela», insisto, más útil que en otros trastornos donde la mente del sujeto habita un plano, digamos, muy complejo; un plano donde el enfermo mora en una dimensión irreal en exceso y donde la palabra del psicoterapeuta ni tan siquiera araña la superficie de su psique. Sin embargo, JM, la psicoterapia es ineficaz… Dices que sería maravilloso que yo te diese a conocer la fuente donde se refleja dicha ineficacia. No, no, no; sería de todo menos maravilloso. Déjame convencerte, o al menos escúchame con atención. Un médico puede ejercer su profesión desde tres ámbitos claramente distintos (aunque puede poseer, en esos tres trabajos, motivaciones diferentes: puede querer: dinero, reconocimiento social, socorrer al más débil, saciar sus inquietudes intelectuales e, incluso, siendo yo un maleducado irredento, un médico también puede sentirse motivado a la hora de ejercer su profesión simple y llanamente para humillar a los que están por debajo de él. Esto último puede parecer desproporcionado, pero haberlos haylos). Esos tres ámbitos son la docencia, la clínica y la investigación. No se puede discutir —al menos yo no voy a ser tan inepto en este sentido— que cuando una mujer acude a la consulta, digamos, por ejemplo, con un trastorno por ansiedad generalizada, no podemos negar, insisto de nuevo, que las palabras del psicoterapeuta en esos instantes van a hacerle ver en mayor o menor medida la lectura seguramente errónea que hace ella de su propia situación. No obstante, los que se dedican a escudriñar las fuentes que recomiendan o desaconsejan una determinada terapia en psiquiatría; esas fuentes son los ensayos clínicos, la única herramienta, por cierto, que nos acerca a la verdad del asunto, observan (si se trata de personas inteligentes y honestas) que la evidencia científica es escasa. A ver… yo ignoro cuán metido estás tú en la ciencia médica, pero yo te aseguro que si pegase links de pubmed, si nos dedicáramos tú y yo a diseccionar la validez de esos estudios, no solamente, no principalmente, fijándonos en el dato estadístico: el famoso p-valor, sino, sobre todo, en la metodología de los mismos, en la enorme cantidad de trampas que puede hacer un investigador no sólo a la hora de presentar los resultados, sino también a la hora de plantear las preguntas y de utilizar métodos de medida inadecuados, tú y yo perderíamos el tiempo y no llegaríamos a ninguna parte. No; no sería maravilloso; sería un intercambio de mensajes horrible. Razonablemente seguro estoy de que tú comprendes que pese al éxito de tu psicóloga con el trance horrible y oscuro que sufriste en tu vida, ello no es suficiente para elevar a la categoría de «eficaz» el tipo de terapia que ella en su día utilizó contigo. Sin embargo, yo me alegro, como diría Buzzlightyear, hasta el infinito y más allá de que tus neuronas se hayan recalibrado (si es que tal cosa es posible) después de esa mala experiencia vital. Como colofón a este largo comentario iba a escribir «Felicita a tu psicóloga de mi parte», pero, no, no la felicites a ella. Te felicito yo a ti. Es más: olvida mi felicitación por haber superado la dolencia; felicítate tú a ti mismo. Un saludo afectuoso.
El señor Oralio ha expuesto sus argumentos con gran claridad y brillantez. Si no es filósofo, se puede decir que filosofa muy bien. Estoy de acuerdo en todo, y muy especialmente en su afirmación de que la mente no tiene “cura” (si tuviese cura, no sería mente, sería una máquina).
Mark Fisher (Realismo Capitalista: ¿No Hay Alternativa?), uno de los mejores pensadores ingleses de nuestro tiempo, se quitó la vida hace un par de años con tan solo 48 tras sufrir problemas de salud mental durante muchos años.
Uno de sus argumentos principales y más acucientes en tiempos de pandemia, es que la salud mental no puede entenderse como un problema solo de este individuo u otro: es un problema de capitalismo, un efecto residual de una sociedad que ya ha dejado de proyectar un futuro alternativa a lo que hay ahora, es decir, la competencia salvaje sin tregua, jerarquías de Poder, violencia desmesurada continuo del Estado (¡Biden ya ha empezado de nuevo en Siria!)…
Ya lo sabemos, una de las maneras más eficaces de volver a un ser humano loco es asilarle de los demás. Tan fácil como eso. En una sociedad que se plantea el individualismo como artículo de fé, es inevitable que algunos van a pagar el peaje. David Foster Wallace sería otro triste caso…
Para Fisher, es tarea de la Izquierda «re-politizar» lo psiquiátrico y deconstruir el mito de que es un tema de individuos, caso por caso. Porque si pusiéramos en el mismo plano las cifras de trastornos psiquiátricos de las sociedades occidentales al lado de las cifras del PIB, empezamos a ver la situación de verdad un poco mejor.
Como sabemos, estas estadísticas nunca se comparan, nunca se relacionan, como nunca nos cuentan el PIB de los países en desarrollo en el Telediario, donde las estructuras del poder colonial se han modificado solo en el sentido de lo que antes hacían los países europeos y sus gobiernos, ahora hacen los multinacionales… pero el patrón de explotación de Norte a Sur no ha cambiado en 300 años.
Pero, en fin, Fisher aporta toda una serie de datos que demuestra que cuanto más neoliberal sea una sociedad, más problemas psiquiátricos sufren sus poblaciones. Sigue un poco la estela de Giles Deleuze para quien la esquizofrenia va mano a mano con el capitalismo. Para Fisher, en nuestra época de «bum y crac», el cuadro psiquiátrico de referencia sería el trastorno bipolar…
También hace una pregunta muy interesante: ¿que pasa a una sociedad como la nuestra que es incapaz de imaginar, por primera vez en la Historia, otra visión mejor de sí misma en el futuro? ¿Cual es el efecto psiquiátrico en la población de jóvenes sin otra versión de la sociedad en el futuro para ni siquiera luchar? Para decirlo en cursi, ¿qué le pasa a la sociedad que ha dejado de soñar con un futuro mejor? Vivimos en un mundo pos-utópico…
En el mundo de la cultura, donde uno podría esperar estas visiones alternativas del mundo, tampoco existe otra versión de nosotros mismo mejor que ahora: todo es distópico, es decir: es el mismo capitalismo salvaje de ahora, solo extendido hacia al futuro y hecho incluso más salvaje…
El sociologismo extremo es tan reduccionista como el psicologismo extremo o el biologicismo extremo. Un modelo biopsicosocial de los trastornos mentales se aproxima más a la realidad y permite actuaciones a diversos niveles. Un sano y prudente eclecticismo es más saludable, operativo y eficiente que las aseveraciones dogmáticas cargadas de ideología y sin evidencias contrastables.
Estoy de acuerdo con usted, un modelo biopsicosocial sería el mejor, pero lo que estoy diciendo es que los psicologos no pueden solucionar los problemas del ser humano ellos solos, eso es evidente.
Vivimos en un momento muy ahistorico, no hay conciencia apenas que el capitalismo es cosa de 300 años de los cientos de miles que hemos existido en la tierra de forma sostenible, y que su variante neoliberal data de tan solo del año 1980 más o menos, y que en aquellos 300 años, y sobre todo estos últimos 40, hemos puesto nuestro futuro en el planeta en entredicho.
El que tenga una conciencia más histórica digamos, diría tal vez que lo que está pasando en las calles de Barcelona estas semanas es lo que ocurre cuando se quita todo horizonte a una generación de jovenes, que ya no es que pasen estrecheces para llegar a fin de mes sino que no pueden alquilar una casa con su pareja, no pueden desarrollarse como adultos porque no pueden indepentizarse de sus padres y hacer planes de futuro…
Estoy de acuerdo con su modelo biopsicosocial, pero la parte social es muy importante y allí no mandan los psicologos, allí manda el dichoso mercado, y para dogmas, la hegemonia neoliberal es asfixiante y su control total de los medios muy preocupante…. no se puede plantear otras alternativas ni siquiera…
El bachillerato es desde los 16 hasta los 18 años, no desde los 12 hasta los 16 como dice el autor; esa etapa, fundamental, es la de la ESO. Por lo demás, excelente entrevista.
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