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Unamuno en Fuerteventura: historia de una rendición 

isla viento unamuno
La isla del viento, 2015. Imagen: MGC. unamuno

Hay en Fuerteventura una invitación constante a rendirse. El atractivo de la nada, de la mentalidad horizontal. Algo más que un desierto, algo más que un paisaje lunar. Extensiones y extensiones de algo que no es exactamente lava como en la vecina Lanzarote pero se le parece. Dunas y arena negra. Un lugar sin límites, donde los problemas no rebotan constantemente contra paredes y vagones de metro, sino que se pierden en la distancia.

Hasta la invasión turística, una invasión relativamente reciente, Fuerteventura tenía además el encanto de lo desconocido. Después, se ha convertido en otra cosa. Ellos y nosotros. Los lugareños, en su sitio, y toda una construcción ficticia de restaurantes Waikiki, urbanizaciones fantasmas y señales de «Apotheke» para los que vienen de fuera. Por las noches, se dice, son habituales las reuniones para avistar algún ovni. Uno se pregunta: si realmente alguien llegara de otro planeta y bajara a esa isla, ¿qué harían con él? Mandarle a un hotel con pulserita para que deje de molestar con sus historias.

Fuerteventura es eso. Es calma. Es una canción de Pink Floyd que suena de repente en alguna esquina mientras desde la terraza se ve un mar verde cristalino, como el de los sueños. Un lugar de fugitivos, en cierto modo, de gente que ya ha tenido bastante con su vida anterior y fantasea con empezar de cero. Una isla de segundos actos. Entre las playas del norte y las playas del sur median cientos de kilómetros. Entre las del este y las del oeste poco menos de cincuenta. Tras Tenerife, es la isla más grande del archipiélago y su único gran núcleo de población es a su vez su capital, Puerto del Rosario, en su día llamada Puerto de Cabras.

Puerto del Rosario pone, hasta cierto punto, la cordura dentro de lo imprevisible de la isla. La burocracia, las exposiciones, incluso los cines. Entre sus edificios emblemáticos está la Casa Museo Miguel de Unamuno, que honra los cuatro meses que pasó el filósofo vasco desterrado en la ciudad. Se percibe en toda Fuerteventura una profunda admiración por Unamuno, la admiración hacia quien vino lleno de prejuicios pero no dejó que los prejuicios le arruinaran la fiesta.

Con todo, esa casa museo, plagada de recuerdos y de fotografías donde Unamuno, siempre de un escrupuloso negro, monta en camello o se esposa de broma a Rodrigo Soriano, su compañero de condena, esconde algo extraño: la tensión de quien intenta hacer un chiste pero lo hace reflejando tristeza en cada gesto. En esas fotos están la distancia, la melancolía, el retrato perfecto del agónico que gritaba «yo» a los pozos en busca de que el eco le reafirmara su identidad. El sobrio bilbaíno-salmantino que se encuentra de repente alejado del mundo, en un lugar impensable y que aún no sabe si le gusta o no. Un hombre que no era Gauguin en una isla que no era Tahití.

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