
Jacob Mendel, aquel judío de Galitzia, pequeño, comprimido, envuelto en su barba y además jorobado, fue durante muchos años el cliente más insigne del Café Gluck. Desde su mesa de mármol de aquel café vienés conocía todos los libros que se habían entregado a la imprenta: recordaba cada página de créditos, qué biblioteca lo archivaba, qué cliente lo había comprado a qué librero. Estudiaba los catálogos, repasaba los índices, memorizaba todos los pormenores bibliográficos de un modo tan exhaustivo que consumía todo su interés y su tiempo. Retenía todos los volúmenes de medicina, pero jamás supo anatomía, ubicaba cualquier tratado sobre cualquier disciplina, pero las ignoraba todas. Pero este titán de la memoria, el maestro de la ciencia bibliográfica, sería incapaz de encontrar los libros de los que trata este texto porque o se han perdido o nunca existieron.
El sintagma «libros perdidos» tiene, por sí mismo, un encanto sorprendente. Admiramos, con una melancolía instantánea y gratuita, las cosas antiguas que se pierden. Es más fácil conmocionarse por la destrucción de unas ruinas que por la muerte de miles de personas. De algún modo falaz sentimos que una pérdida es más irreparable que la otra.
Es fácil extraviar un libro: durante mucho tiempo han sido objetos raros y frágiles. Una cruzada, una invasión, la desidia o cualquier incendio es capaz de arrasar la única copia de un texto valiosísimo o inútil. Pensemos en los tratados perdidos de los filósofos clásicos. Los manuales de filosofía insisten en que cada uno de los presocráticos escribió un libro llamado Perifiseos (‘acerca de la naturaleza’). De estos textos solo nos quedan fragmentos citados por biógrafos y comentadores. Heráclito de Éfeso fue llamado «el oscuro» porque era particularmente incomprensible. «En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]».
Parece que Platón enseñó en la Academia unas doctrinas distintas a las que conservamos en los diálogos. Si nos fiamos de lo que dice en el Fedro, Platón sospechó de la escritura. «Por apego a las letras les atribuyes poderes contrarios a los que tienen. Porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos y mismos y por sí mismos. No es pues un fármaco de la memoria lo que has hallado, sino un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos, que no de verdad». A pesar de que en realidad Platón escribió mucho, las enseñanzas esotéricas (las ágrapha dógmata) han dado mucho entretenimiento a los eruditos.
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