
La épica moral del director Krzysztof Kieślowski en la década del artificio y las franquicias es una ventana social a un país, a una sociedad y a los secretos más recónditos del ser humano.
El decálogo es la única obra maestra que puedo citar toda mi vida.
Stanley Kubrick, citado en MARZIERSKA, E., GODDARD, M., Polish Cinema in a Transnational Context, Nueva York, Rochester Press, 2014, pp. 67
Un niño que prevé su destino en un can cubierto de escarcha, una violinista encinta que deshoja una planta arrancando una vida que se resiste a morir, afiches navideños como recuerdo arborescente de la fiesta que no se honra… Imágenes crípticas, de cineclub, imposibles de ver en la hora punta de cualquier emisora europea y que alcanzaron millones de espectadores en la televisión polonesa. Diez capítulos construidos a través del silencio, de ritmo pausado y que podrían suponer la pesadilla de cualquier programador televisivo en la actualidad. Extraño oxímoron, televisión de arte y ensayo, que solo pudo ser posible en un país fuera del gran capitalismo occidental. Hablamos, claro, de los últimos años de la Polonia comunista y de ese hito audiovisual en principio oculto: El decálogo.
Ese país en los ochenta parece haber sido un lugar floreciente para hacer cine: humillada su intelligentsia cultural luego del toque marcial del año 82, engendró algunas de las mejores creaciones fílmicas europeas en el tiempo. El semillero que fue su escuela fílmica en Łódź, de los cincuenta a los sesenta, resultó un terreno fértil para abonar una primera generación de cineastas entre los que se encontraban Roman Polański, Andrzej Wajda o Krzysztof Zanussi. Todos ellos tenían una idea fastuosa del andamiaje visual cinematográfico, utilizando con profusión grandes angulares, y fueron recibidos con los brazos abiertos por la industria norteamericana.

Ahora, diez años más tarde, otra generación se consolidaría bajo una losa de limitaciones económicas y con censura de todo tipo: son los Andrzej Żuławski, Agnieszka Holland y sobre todos ellos Krzysztof Kieślowski. De entre todas esas creaciones, fuera del terror morboso de Żuławski en La posesión o el desnudo thriller político Interrogación de Holland, pocas tuvieron tanta hondura moral y fino olfato psicológico como los diez filmes de nombre El decálogo realizados por Kieślowski. Un hito televisivo, rodado en 35 mm, y cuya ambición visual sirvió para consolidar las carreras de directores de fotografía como Sławomir Idziak. Pero, ante todo, películas densas, emitidas en horario preferente en Telewizja Polska y que llegaron a superar los diez millones de espectadores. El propio Kieślowski recordó que el éxito de esos filmes impenetrables fue gracias a los espectadores poloneses y juzgó: «La razón por la cual la televisión actual es de esa manera no es tanto porque los televidentes sean cortos, sino porque los programadores lo son».
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Si en lugar de leer la Biblia o el Torá o cualquier otro texto religioso manipulador, la gente viera las películas de Kieslowsky, este mundo sería mucho mejor.
Dekalog es una maravila, siendo los dos primeros episodios los mejores para mi gusto. Voy a tener que volver a verla tras leer el artículo, y lo mismo vuelvo también a sus películas.
La ley marcial del 13 de Diciembre 1981 fue declarada por el general Wojciech Jaruzelski para evitar la invasión de Polonia por el ejército soviético.
La situación de caos que fue provocada por huelgas indiscriminadas azuzadas por el sindicato Solidaridad, financiado y apoyado por la administración de Reagan. El gobierno soviético de Moscú insistía en la necesidad de aplacar las protestas con una intervención militar, como lo hicieron en Hungría o Checoslovaquia en los 60. El general Jaruzelski se dio cuenta que aquella inminente intervención iba a provocar un derramamiento de sangre y posiblemente incluso podría ser utilizada como un pretexto para que los EEUU hicieran real su amenaza de atacar a la URSS, lo que podía desembocar en una guerra.
Para evitar todo esto, decidió declarar la ley marcial, cortando de raíz todas aquellas amenazas.
Gracias por recuperar esta serie excepcional. Creo que el cine de Kieslowski vive hoy en directores como Andréi Zviáguintsev o Cristian Mungiu, especialmente su sutileza a la hora de capturar el ser humano y sus dilemas morales, aunque el sentido estético de Kieslowski era único.
Un apunte técnico: los enlaces redirigen al propio artículo.
Un saludo.