
Cualquiera que alguna vez se haya fracturado un hueso de la mano, dedo o del brazo sabe que, cuando los amigos lo ven llegar a uno con el cabestrillo —elemento ridículo y humillante donde los haya—, solo hay dos preguntas posibles a las que enfrentarse: «Qué ha pasado» y «Cuál es la de las pajas». Y no siempre van en ese orden.
En mi caso, además, a alguien le dio por preguntarme que con cuál de las dos escribía. «Con la mala», dije. «Vaya, ¡entre todas las cosas!», respondió el otro. Y luego, como sacudidos por un rayo, nos quedamos los dos callados. Pensativos, pero sobre todo avergonzados. ¿Qué diablos tenía que ver, en pleno 2021, romperse una muñeca con el hecho de escribir? Hace ya años, tal vez décadas, desde la última vez que alguien escribió a mano algo en un papel (probablemente fue cuando Carles Rexach pintarrajeó aquella servilleta para fichar a Messi). Lo que quiero decir es que el tecleo del ordenador, que es como hoy escribe todo hijo de vecino, no entiende de lateralidad. No hay manos buenas ni manos malas. Tampoco hay esfuerzo físico: a nadie le han salido callos por teclear demasiado. A nivel formal, la técnica de nuestra escritura se parece más a tocar un pianillo que a empuñar un arma. Eliminado el papel, uno se aleja de sus propias palabras, ya no puede tocarlas, no las ve nacer de su mano, que es una forma de decir que podrían ser de cualquiera.
Y luego está el tema de la letra, claro. La tipografía unifica y despersonaliza: el mundo entero explicado en Times New Roman. La caligrafía, en otro tiempo virtud y signo de buena educación, hoy ya no le importa a nadie. Y a decir verdad doy gracias, pues algunos hemos tenido siempre una letra tan nefasta que los profesores apartaban la vista de nuestros deberes. Es muy posible que a estas alturas, dada la impericia de la mano «mala» y la atrofia de la «buena», ya ni siquiera haya mucha diferencia entre ambas. No lo sé. Y es más: tampoco vamos a averiguarlo.
Con los años, los instrumentos envejecen, se oxidan, se vuelven obsoletos. Lo que ayer era nuevo hoy es una flamante antigualla. Le sucede a la tecnología igual que les sucede a nuestras costumbres o a nuestro lenguaje (Cortázar llamaba a los diccionarios cementerios, por la cantidad de palabras en desuso que contienen). Es un mero principio de utilidad. Lo que no imaginaba, sin embargo, es que esa misma obsolescencia pudiera sobrevenir a nuestros cuerpos. Que a nuestras manos, de un día para otro, les pasara lo mismo que al walkman o los sombreros: que pasaran de moda.
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Esto es verídico aunque el comentario solo tiene ansia de fastidiar. Hace unos años (dos) que me rompí el ligamento del pulgar de mi mano dominante por lo que le tuve inmovilizada. Y a pesar de tener un trabajo de oficina, fui inmediatamente puesto de baja laboral ya que no podía MANEJAR EL RATÓN. No hay más preguntas señoría.
El pulgar a sus tiempos fue el golpe de gracia que terminó con la rebeldía de las cosas pequeñas, comenzando con las osadas pulgas. En honor a estas va su nombre pues algo más diminuto no era ni siquiera imaginable. Fue una empresa grandiosa que desmerece su destino final y servil: golpear cada tanto para avisar a su amo que se viene eso que no puede atrapar, el espacio. Para el tiempo tiene a su hermano aristrocrático y culto, el índice con sus manías de hacer existir y acusar a las cosas. De entre todos es el menos elegante, rechoncho, torpe y con articulaciones de menos, como aquel enano de un rey que, sin embargo, cada tanto le pedía consejos. Y así le fue. Gracias por la excelente lectura que lleva a reflexionar sobre nuestras propagaciones.