
No hay en la naturaleza pasión de una impaciencia tan demoníaca como la de quien, estremecido al borde de un abismo, piensa arrojarse a él.
(Edgar Allan Poe, El demonio de la perversidad).
¿Cómo rasgar un día
de aquella jaula hermética
el sello azul y al cielo interminable
salir donde los astros son ya música
y el cuerpo sombra vagarosa y leve?
(Nicolás Guillén, Sputnik 57).
Lo que los franceses denominan l’appel du vide —y algunos psicólogos, menos poéticamente, high place phenomenon— ha sido objeto de numerosos estudios e interpretaciones. ¿Por qué una persona sin intenciones suicidas siente de pronto el impulso de saltar al vacío?
Algunos opinan que, paradójicamente, este impulso manifiesta el deseo de vivir: contemplar la posibilidad del salto es una manera de recordar que estamos a salvo y que la hipotética caída es pura fantasía (algo así como cuando vemos una película de terror desde la seguridad de una butaca). Otros piensan que es una señal de alarma para que extrememos las precauciones en una situación de peligro, y que la advertencia de que caer depende de lo que hagamos se puede confundir con el impulso de lanzarse al vacío; dicho de otro modo, es como un «experimento mental» espontáneo que nos enfrenta a la posibilidad de la caída precisamente para que la evitemos.
Hablando de experimentos mentales, Einstein, cuyos famosos Gedankenexperiment revolucionaron la física, empezó a concebir la teoría general de la relatividad imaginándose a sí mismo encerrado en un ascensor que subía con un movimiento uniformemente acelerado y luego bajaba en caída libre (la teoría especial tuvo un origen más poético: se imaginó persiguiendo un rayo de luz). La aceleración simula la gravedad donde no la hay y la caída instaura la ingravidez en el tiránico reino de la gravedad. Y la relación entre caída e ingravidez tal vez podría brindarnos otra explicación —sin menoscabo de las anteriores— del paradójico «fenómeno de los lugares altos».
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No habría estado de más echar un vistazo a «El Concepto de Angustia» de Kierkegaard. Dice «Vigilius Haufniensis» que la angustia es un pavor indefinido. Cuando uno mira al borde de un precipicio, el precipicio no le mira a uno (lo siento, Nietzsche). Lo que experimentas es miedo a caer, pero simultáneamente una atracción por el vacío. Esta experiencia ambigua es de angustia, repulsiva, porque nos provoca terror, como todo lo que implica morir, pero atractiva, pues expresa la libertad absoluta que tenemos sobre nuestro destino. El mero hecho de que tengas la posibilidad y libertad de hacer algo, incluso a propósito de lo más negativo de mundo, nos sume en un estado de excitación y sordidez. Nos repele y atrae el vacío. Nuestro miedo más íntimo se halla inextricablemente vinculado con nuestra libertad… porque en lo posible TODO es posible.
Gracias, Marco, muy oportuna observación (y fallo por mi parte: debería haberlo mencionado). Aunque la de K es una reflexión poco específica, aplicable a cualquier situación de peligro, y discutible en algunos aspectos (tal vez le dedique un artículo).
“Para salir del cuerpo hay que dejarlo bien aparcado” Muy feliz observación. Que también se cumple con el otro gran viaje: el sueño mientras dormimos. Interesantísimo artículo.
Vaya, dos comentarios, dos lagunas: también debería haber hablado del sueño (y de los sueños). Gracias, Rafa.
Meditar puede ser otro buen método para salir de uno mismo convirtiéndose en un observador: De hecho, cualquier actividad lo suficientemente absorbente, puede servir. Ahora se ha rescatado el término mindfulness, pero no hace tanto la mayoría ni si quiera se planteaba esta duda. Vivian en un mindfulness, casi constante: ¿Ejemplos? Pastores, pescadores, mineros…
Muy cierto, María. De hecho, no solo es un buen método, sino probablemente el mejor; aunque también el más difícil.
Interesante. Aunque no tengo nada que aportar literariamente esta vez, sí querría detenerme en una cosa: a cuento de lo que dices: que no estamos preparados para soportar más de dos horas de pie, me gustaría recordar el mundo laboral tan aberrante que hemos creado, en donde la gente se pasa 8, 10, 13 horas de pie como guardas de seguridad, 10,5 horas de comerciales de eléctricas llamando a las casas (y cobrando miserias a comisión), ocho horas en una fábrica descargando sin parar, o 9 horas delante de un ordenador. Es mi pequeño alegato a favor del decrecimiento, y de vivir no para ser tan productivos sino para tener tiempo, por ejemplo, para leer literatura.
Efectivamente, y esa es precisamente la razón de que la lumbalgia sea una verdadera pandemia. Y la única vacuna es acabar con el capitalismo salvaje.
Tu argumento (y los comentarios) también son una especie de atractivo vértigo prosístico. Pero la próxima vez, por favor, una traducción sería grata. Con el tiempo que se pierde buscando el significado se interrumpe la fluidez benigna de una buena lectura. A propósito, estoy leyendo tu Tarzán y su mascota mal habida. Excelente. Lástima que no pude tenerlo con tu firma. Al igual que uno de los comentarios tampoco yo tengo mucho que decir (Aparte de las divagaciones inducidas. Ahora me doy cuenta de que este verbo divagar tiene algo que ver con el “flotar”, o sea referente al vértigo). Lo único que puedo agregar es que no entiendo cómo haya personas que se acerquen a un precipicio, o a la ventana de un rascacielo, si con solo verlos de lejos ya me invade el vértigo. No puedo ver las películas en donde, y en vertical interminable muestran las calles desde un edificio. Y a esa foto con obreros merendando sobre una viga le doy un mirada veloz. Me gustaría saber en qué lugar del cuerpo (incluyendo el cerebro) los que sufren de vértigo perciben el malestar. El mío es bastante bizarro. Cada vez que veía esa grandiosa escena de Hamlet trataba de imaginarme qué sentía el rey usurpador, mientras yo suspendía la respiración en espera dentro de una extraña atmósfera. Identificarla como vértigo me parece que es apropiado. Gracias por las estimulantes lecturas y por las noticias de libros. Y hacé la vista gorda, o mejor dicho el intelecto gordo por este hilar de divagaciones o flotaciones.
Cuando me presenté como crustáceo al examen de la vida, desde allá arriba y en un abrir de brazos y telones, me mostraron la aventura en dos pies que me esperaba, pero estábamos demasiado alto, y sentía pánico, vértigo me dijeron los de la mesa examinadora, necesario. Por eso ando bien por lo bajo, en la seguridad de las aguas cristalinas, y ahora seguro que andaré flotando en algún lado.
Tienes razón en lo de la traducción; suelo ponerla, pero en esta ocasión no lo he hecho porque el comentario posterior aclara el contenido de la cita en francés, aunque puede que no lo suficiente. En cuanto al ejemplar firmado, si me facilitas una dirección te envío uno, y así puedes regalar el que ya tienes a otra persona y yo gano un(a) lector(a). Gracias por tus asiduos y siempre jugosos comentarios.
Me ha encantado flotar en la lectura de este artículo y también de los comentarios. Como aportación literaria se me ocurre Pedro Páramo, de Juan Rulfo, que a mi entender se puede encontrar también el efecto Droste, en esta lectura que te hace flotar entre los vivos y los muertos del peculiar pueblo Comala…
Gracias, Asun. Pedro Páramo tiene algo de «abismación», sin duda, pero merecería un artículo aparte, creo. También Rayuela, con la que hay importantes similitudes.