
La gloria, en verdad, no es otra cosa que un olvido aplazado.
Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), Premio Nobel de Medicina.
Así como en el campo de la literatura existe la figura denominada negro, que se refiere a quien redacta una obra «para lucimiento y provecho de otro» (según la definición literal del DRAE), en el mundo de la arquitectura e ingeniería civil existen en cierto modo casos similares, en los que unos realizan la ingrata labor oscura y otros se llevan los honores, ya sea porque el brillo de uno de los componentes del equipo eclipsa al resto o porque ya se encarga el más famoso o su entorno de monopolizar la gloria.
La concepción, diseño y construcción de una obra singular de cierta envergadura (ya sean puentes, museos, iglesias, hipódromos o frontones) es una tarea que no se puede llevar adelante sin un equipo multidisciplinar. Puesto que la construcción de estas y la progresiva pérdida de calidad de vida de su jefe de obra da para otro artículo tal vez de temática más cercana a enfermedades degenerativas, depresiones con impulsos suicidas o episodios de enajenación mental transitoria, vamos a centrarnos únicamente en la fase de diseño.
El técnico que firma un proyecto es el responsable último del mismo, y es parte de su trabajo formar un buen equipo de profesionales que sea capaz de redactarlo con la calidad y exactitud exigida por el cliente en cuestión. Evidentemente, sus colaboradores, empleados, ayudantes… sus esbirros en definitiva, tendrán su parte de responsabilidad, cedida por el autor, quien en general no entrará hasta al detalle más nimio en su supervisión puesto que se fiará del buen hacer y criterio de sus muchachos. Tal vez esta explicación está siendo demasiado abstracta, así que puede que sea mejor apoyarnos en un ejemplo. Qué se yo… uno al azar: hablemos de Santiago Calatrava.
Según nos consta por fuentes de primera mano, en su puente de Ondarroa tuvo que retocarse el diseño para que, con pleamar, pudieran pasar los barcos por debajo de su tablero. Ya sea porque en algún momento se les olvidó que la carrera de mareas en el mar Cantábrico es del orden de cinco metros o por alguna confusión con la referencia topográfica (algo muy común por otra parte en los puertos, donde la cota cero suele ser local y no la del mar en Alicante), el caso es que esta vez el lapsus pudo ser felizmente solventado. En esta ocasión Calatrava no tuvo culpa directa del error: no imagino al valenciano manchándose las manos sujetando un jalón o enredando con una estación total. Otro tema es que con frecuencia Calatrava se queda corto, muy corto, presupuestando. Y con esto no estoy depurando responsabilidades ni señalando al departamento encargado de tales menesteres dentro de su equipo. Sea como sea, viendo que son problemas recurrentes y a las hemerotecas me remito, debemos interpretar que Calatrava, dentro de su infinita misericordia, parece que sigue contando con la misma gente.
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No deja de sorprender encontrar reportajes temáticos tan concretas como este, pero tan bien explicados, documentados y referenciados y -en definitiva- aderezados con el mejor estilo de la revista (motivo de mi suscripción)
¡Enhorabuena!
Gracias por el artículo. Está muy bien. Construir es una labor de equipo, y no sé por qué, todos los que participamos en una construcción, siempre hablamos en primera persona: «yo lo hice». Desde el arquitecto al último peón.
Todos tenemos ego.
Ninguno acabamos de entender a Induráin cuando tras ganar una etapa decía «hemos corrido bien y hemos conseguido ganarla».
Cuando un arquitecto se lleva bien y escucha a sus colaboradores, siempre sale una mejor obra.
Esa rivalidad entre ingeniero y arquitecto hace mucho mal, porque, como dice Julio Martínez Calzón, al final el ingeniero se vuelve un poco arquitecto y viceversa. Eso enriquece.
Sigue erre que erre con Calatrava, ¿sabe que el puente de la Constitución costó el doble de lo presupuestado? ¿Diría lo mismo de Manterola? Saludos cordiales