
Habíamos terminado de cenar. Frente a mí, el periodista, gran corresponsal que había conseguido una magnífica colección de países antes de darse al sedentarismo del Palace. Mi amigo fumaba tabaco inglés, como quien fuma una nostalgia londinense; y el smoke comenzaba a sumir el local en una niebla densa con la concienzuda vocación de convertirlo en una sucursal de la City. Las confidencias que realizó en el transcurso de la velada no me permitieron adivinar si había encontrado sucedáneos igualmente satisfactorios para la añoranza de los bulevares parisinos o de las mujeres italianas. No me atreví a preguntar. Pero, deseando reanimar la conversación, que había perdido el camino de un tema y también los rodeos, apunté:
—Por cierto, no hace mucho me contaban que fue usted en otro tiempo anarquista.
—Lo fui y lo soy. No he cambiado a ese respecto. Soy anarquista.
Lo que acababa de afirmar el acreditado humorista no tenía ninguna gracia o si la tenía, era la misma que suscitaría un banquero declarándose discípulo de Bakunin.
—¡Usted, anarquista! ¿Anarquista? A no ser que le dé a la palabra algún sentido distinto…
—¿Del habitual? No, no… Empleo la palabra en su significado habitual, en su definición más común y ortodoxa.
Que un anarquista dijese respetar escrupulosamente la ortodoxia, aunque fuese semántica, me hizo sospechar que aquello era una charada de sobremesa. Pero, por primera vez en la noche, él parecía tomarse completamente en serio lo que decía y mostraba algo distinto a la voluntad juguetona de epatar. Y yo, que desde luego no había olvidado que estaba ante un periodista que publicaba en la prensa del nihil obstat y que llevaba la vida de un rey en un palacio con vistas a la carrera de San Jerónimo, sentí la tentación de comprobar hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
—Entiendo que desea que le presente mis credenciales como apóstol de la acracia. Pues bien, la historia comienza cuando dejé Villagarcía de Arosa por Buenos Aires. La ciudad era entonces un ensanche de Galicia; era un porvenir, una carrera y una religión para miles de emigrantes, pero no para mí. Rápido cambié el trabajo en un bazar por las redacciones de la prensa rebelde y los conciliábulos de quienes compartían las ideas de Kropotkin y presumían de haber conocido a Pietro Gori y Errico Malatesta. La anarquía tenía en Buenos Aires un carácter cosmopolita, pintoresco y alegre, un espíritu aventurero, valiente, generoso y artístico, capaz de entusiasmar cualquier imaginación juvenil. Íbamos a hacer la revolución, sí, la social… Yo era un mozo y, además, quería escribir. En el anarquismo encontré una ética y una estética.
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