En una viñeta del añorado Quino, Mafalda entra en una farmacia y pregunta: «¿Podría decirme si salió ya alguna vacuna contra la malasangre?». Al salir, indignada, le dice a su amigo: «¡Cuántas lagunas le quedan por llenar a la ciencia, Felipe, cuántas lagunas!».
La relación entre humor y ciencia no es nueva, pero se diría que está viviendo un renacimiento. En los tiempos que corren, no es de extrañar que la burla y la parodia se conviertan en oportunos mecanismos para desarmar algunas de las verdades que algunos se afanan en extender por ese altavoz ensordecedor que es internet, gran distorsionador de graves. La era de la posverdad, el negacionismo, la conspiranoia, las plandemias y sus derivados ha demostrado que la desinformación mata; es capaz de hacerlo, como en el caso del líder antivacunas austriaco Johann Biacsics, quien si me permiten el chiste fácil, tomó de su propia medicina (de acuerdo: muy fácil).
No es coincidencia que estas amenazas confluyan en este preciso momento histórico. En su reciente ensayo Apocalipsis cognitivo (Paidós, 2022), el sociólogo francés Gérald Bronner argumenta que la economía de la atención ha generado un mercado cognitivo no sometido a ley alguna, cuyos efectos sobre nuestra forma de pensar son todavía incalculables, aunque ya evidentes. Señala como factor de esa desregulación masiva el debilitamiento de ciertos gatekeepers —periodistas, expertos y personas legitimadas— y «una competencia generalizada de todos los modelos intelectuales (desde los más rudimentarios a los más sofisticados) que pretenden describir el mundo», en la que el alcance sin filtro de las redes sociales socava la trascendencia de cualquier voz autorizada.

En un contexto así el humor, que en sus mejores versiones cambia la perspectiva sobre un asunto y es capaz de cuestionarlo de golpe, desactiva los dogmas y los miedos. Además, cuando se alía con el conocimiento y se concibe como medio de divulgación, supone una sólida resistencia a la charlatanería. En realidad, la difusión científica-cómica en nuestro país tiene ya un decenio de exitoso recorrido. Lo hemos visto en plataformas como Naukas que, desde su origen en 2012 y bajo el lema de «Ciencia, escepticismo y humor», ha ido navegando entre lo virtual y lo presencial concretado en sus jornadas anuales en Bilbao y otras ciudades. También en las actividades del colectivo Big Van Ciencia, que tiene entre sus fundadores a la doctora en biomedicina Helena González Burón. Hay certámenes de monólogos tan veteranos como FameLab, que llegó a España en 2013 con el apoyo de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT). En televisión, viejo artilugio de entretenimiento, desde 2014 se emite el programa Órbita Laika, donde muchos conocieron a divulgadores tan ilustres hoy como Clara Grima, Antonio Martínez Ron o América Valenzuela.
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Lo acabo de leer en el menéame:
Llegó un nuevo comandante de un campo de entrenamiento militar a su destino. Inspeccionó las instalaciones y encontró algo raro, a un par de soldados haciendo guardia al lado de un banco de madera.
Sorprendido, preguntó qué estaban haciendo ahí. «No lo sé, señor», respondió uno de ellos. «El comandante anterior nos ordenó hacerlo. Al parecer es una tradición del campo.»
Interesado por la extraña costumbre, llamó el comandante anterior, quien le comunicó que el mando previo había dispuesto tal guardia y que él siguió la tradición. Más intrigado, el comandante fue tirando del hilo y, después de consultar a otros tres comandantes anteriores, llegó a contactar con un antiguo general de 100 años, ya retirado. Le dijo:
«Disculpe, señor. Soy quién está al mando del campo de entrenamiento del que usted estuvo a cargo hace mucho tiempo. Hay dos guardias asignados a vigilar un banco de madera y me gustaría saber la historia de ese banco y de tan curiosa tradición».
El general responde: «¡¿Aún no se ha secado la pintura?!»
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Me gustaria tener las fuentes del Bonus Track
Los politicos gordos aplican en varias naciones, pero admirar a una mujer bella, al parecer sera en todo el mundo…