Ciencias

Con la fuerza de los mares

Con la fuerza de los mares
Porthcawl, Reino Unido, 2014. Fotografía: Ben Birchall / Getty.

Cantaba Rocío Jurado: «Te amo con la fuerza de los mares». ¿Eso es mucho? De primeras se diría que bastante, porque, a no ser que seas un psicópata, nadie dedicaría tiempo a componer una canción titulada «Como yo te amo» para que la conclusión sea: «Te amo regular tirando a poco». Bueno, y también porque luego se insiste en el asunto una y otra vez —«convéncete»— hasta llegar a un esclarecedor: «Te amo con mi alma y con mi carne». Si eres el amado ya no te harían falta más referencias, si te dicen eso es que lo tienes hecho. Otro de los grandes éxitos de la Jurado fue «Como una ola», así que podemos concluir que esta artista tenía cierta fijación con grandes masas de agua en movimiento. Por desgracia este artículo no versa sobre la Más Grande, sino sobre cómo se calculan las estructuras portuarias, donde «la fuerza de los mares» es un asunto importantísimo que se necesita cuantificar con numeritos. Y, como es evidente, la fuerza de los mares y las olas están íntimamente relacionadas.

Con el ímpetu del viento

En los océanos hay mucha agua. Aún diría más: muchísima. Por comparar, solo el 11 % de la superficie de los continentes está por encima de los dos mil metros de altitud, mientras que el 84 % de los fondos oceánicos tienen más de dos kilómetros de profundidad. Este hecho, unido al clásico «tres cuartas partes de la superficie de la Tierra está ocupada por mares», nos hace una idea del descomunal volumen de agua salada en comparación con la tierra firme observable. Y es en esa superficie oceánica donde se genera en la inmensa mayoría de los casos esa fuerza de los mares que causa los desvelos de los diseñadores de estructuras marinas. 

Una característica de los líquidos es que, en el contacto entre dos capas de fluido diferentes —ya sea el contacto de un líquido con otro (por ejemplo, agua y aceite) o un líquido con un gas (el mar con el aire)— se producen ciertos fenómenos debido al desequilibrio entre las tensiones moleculares de atracción en su interior. Así, el contorno se comporta como una membrana tensa que se deforma proporcionalmente a la fuerza que se aplique sobre ella, que depende de un coeficiente denominado «tensión superficial». La tensión superficial es, como habrán podido adivinar, la responsable del oleaje generado por el viento. La fuerza ejercida por el viento genera una deformación en esa «membrana» en forma de ondas, que, al ofrecer más superficie enfrentada al viento, se retroalimenta de tal forma que el agua es arrastrada y se crean el oleaje y las corrientes. Sí, corrientes, porque, aunque se suele ilustrar el movimiento de las olas con una gaviota posada en el mar, subiendo y bajando en el mismo sitio según pasa la onda, en realidad también se produce un desplazamiento longitudinal de la masa de agua, incluso en alta mar, que se atenúa con la profundidad.

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Un comentario

  1. Gracias siempre por acercarnos ciencia, tecnología y matemáticas de forma cotidiana.

    P.D. Quizá haya querido decir Nazaré.

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