
Hasta hace menos de un siglo, la playa y el mar tenían unas finalidades muy diferentes para las personas que las frecuentaban. Esto tan común hoy en día de ponerse moreno tomando el sol en la arena, para luego aplacar los calores con un baño entre las olas del mar, es algo que surge tras la Segunda Guerra Mundial. Porque hasta poco antes al mar y a la playa solía viajarse en busca de alivio para algunas enfermedades.
El mar es sinónimo de vida y prosperidad. Los griegos lo llenaron de virtudes que plasmaban en mitos, una de las vías que usaban para explicar el funcionamiento de la naturaleza. La mayor parte de los mitos sobre el mar eran divinidades con poderes sobrenaturales. Los seres humanos querían dioses que controlasen las fuerzas de la naturaleza. Thalassa, Thetis, Poseidón, Tritón, Anfitrite, Glauco y Rodé eran algunos de ellos.
Para entender cómo el mar, con sus aguas, y el clima asociado se convirtieron en agentes de salud y dispensarios es imprescindible conocer la evolución del concepto de enfermedad que hoy usamos, explica Diego Gracia, así como las diferencias entre enfermedades agudas o crónicas, hoy meramente cronológicas, pero que no siempre fue así.
En la Antigüedad, las enfermedades agudas tenían un origen divino, y los seres humanos no podían hacer nada por evitarlas. Su explicación era religiosa. Pero las enfermedades crónicas tenían una explicación moral, porque se pensaba que eran producto de la transgresión de las costumbres indicadas para cuidar el cuerpo humano por abandono del cuidado, por hábitos no saludables o por vicios.
Para Hipócrates, el gran teórico de la medicina griega, la salud era orden, como la enfermedad, principalmente la crónica, era desorden. Su tratamiento debía encaminarse a devolver el orden a la vida del paciente.
En el Corpus hippocraticum, la salud y la enfermedad dependían de seis cosas (sex res non naturales), que son: aires, aguas y lugares; comida y bebida; movimiento y reposo; sueño y vigilia; excreciones y secreciones; y la vida afectiva.
La terapia eficaz será la que sepa armonizar todo esto en una forma de vida regular y estable —la regula vitae— porque la enfermedad rompe la relación del ser humano con su medio. Recuperar el orden perdido no es tarea fácil, y solo puede lograrse en lugares concretos. Primero serán los monasterios, pero pronto se incorporan lugares de reposo cercanos a ríos o fuentes: los balnearios que serán un lugar ideal para dolencias crónicas.
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Interesante. La presencia de miembros de la familia real en el Cantábrico se remonta a 1831. En 1845 la reina Isabel comenzó a veranear en San Sebastián. A Santander los reyes irán una vez casado Alfonso XIII con Eugenia. El Cantábrico y lugares como Donosti Lekeitio y Zarauz fueron centro de veraneo de la península.
Una excelente narración que justificaría la sostitución de aquella frase litúrgica de despedida al finado: “… de polvo somos y al polvo volveremos…” (que ya, de por si, se puede entender de manera puntual y apasionada); mejor sería “… de agua somos y al agua volveremos…” A menudo tengo nostalgia del mar ventral y quieto de mi pobre vieja, tan coqueta ella con su panza puntiaguda, ( mujer según las comadronas y se equivocaron), del brazo de mi viejo, balanceándose en chancletas por prescripción médica por el barrio, muy oronda a pesar del dolor de piernas por la carga, y sospecho que su balanceo fue la causa de mi primer mareo por lo alucinante de lo que me esperaba.