
En el box de urgencias un hombre de mediana edad no se mueve en la camilla. A su lado una mujer tiembla de miedo. Fiebre, dificultad para respirar, frecuencia cardiaca elevada y tensión baja. La piel está fría y los dedos apenas parecen tener sangre con la que cambiar su coloración. Un par de médicos, adjunto y residente, se miran mientras varios pijamas blancos revolotean alrededor. El mayor de los facultativos tira de la mandíbula del paciente, le ayuda a respirar abriendo paso al aire. Al tiempo la joven doctora calcula la medicación que debe iniciarse cuanto antes. Se establece un ritual que termina con todas las miradas sobre las manos de una enfermera que palpa con prisa el brazo del enfermo. Esta aprieta una goma elástica y espera a que la sangre ingurgite las venas. Después introduce una aguja, obtiene muestras y comienza a inyectar la medicación que le han indicado.
En la mente de los allí presentes un par de términos se abrazan: sepsis bacteriana. El suero mezclado con antibiótico pasa del vial al interior del sistema circulatorio del enfermo. Por esas venas circula una sangre contaminada desde un órgano que se comporta como foco para una tormenta siniestra. Pero los allí presentes, incluido el hombre que no se mueve, ignoran que junto a los glóbulos rojos hace natación una bacteria multirresistente. Este microorganismo, en manada y rodeado de hijas y hermanas, disfruta de la oportunidad que le da la vida. Ha iniciado una conquista para la que no encontrará fin y por la que por supuesto no tiene pensado pedir perdón. Y es por eso, por el daño y dolor que rodea la escena, debemos hacer una pausa. Quizá sea interesante hacer un intento por explicar qué implica y cómo podemos abordar esta invasión desde las entrañas. Dejemos el tiempo suspendido para rebobinar y pongamos un foco para iluminar dos palabras: bacteria multirresistente.
Seguro que no es la primera vez que lee sobre estos microrganismos. Es incluso probable que le hayan contado que estas bacterias traerán la próxima pandemia (como si no hubiéramos tenido ya suficiente con una). Asesinas en diminutivo que ni vemos ni sentimos pero que ya están aquí, como cuando Carol se giraba delante de la televisión en Poltergeist. Si tuviera que hacer una lista de mis descubrimientos favoritos sin duda el realizado por Alexander Fleming estaría entre los primeros. La penicilina fue capaz de convertir procesos con final inexorable en paréntesis en la vida de los enfermos. Si la palabra «cambio» tuviera que ilustrarse quizá la imagen de Fleming sería una buena elección.
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La lectura del texto me ha llevado a recordar los méritos que asigna la historia a sus participantes. Enumero varios hechos a tener en cuenta:
Ernest Duchesne, un médico francés que trabajó en el laboratorio a finales del siglo XIX, descubrió, a través de una serie de experimentos, como un tipo de hongo, una variedad de Penicillium, eliminaba por completo la E.Coli. Trató de divulgar su trabajo pero nadie le hizo caso.
Todo esto sucedió treinta años antes del descubrimiento azaroso de Fleming.
La historia de Fleming no está muy lejos de la del médico francés porque no fue él quien aplicó con éxito un tratamiento basado en el componente del famoso hongo sino un alumno suyo, Cecil Paine, quien lo logró. En esa época Fleming ya había abandonado la penicilina para dedicarse a las sulfamidas, que también tienen propiedades antibióticas.
Por otra parte, Fleming era un microbiólogo y no un químico. Él jamás hubiera podido elaborar una penicilina para su uso como medicamento. Eso fue el trabajo de Florey y posteriormente de Heatley junto con su equipo de investigadores.
Parafraseando al autor del texto, creo que necesitamos algo más que un Fleming para elaborar una nueva penicilina.