
Hay que imaginarse esa Buenos Aires de mediados de los ochenta, apenas recuperada la democracia, y en el umbral del acontecimiento que llegaría a ser un hito en la historia argentina: el juicio a las tres Juntas militares. Funcionaba ya, desde hacía algunos meses, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, cuya investigación resultó decisiva en aquel juicio (y sigue siéndolo aun hoy). Artistas e intelectuales que habían tenido que exiliarse antes y después del golpe de Estado regresaban a su país. Entre ellos, algunos profesores de la Universidad de Buenos Aires que volvían a sus cátedras, a sus bibliotecas, a sus grupos de lectura de textos griegos. Entre los adolescentes, en la escuela, habían empezado a circular hojas sueltas con alguna estrofa de la nueva trova cubana, que de inmediato se incorporaba al cancionero ritual de campamentos y celebraciones del Día del Estudiante. Recuerdo el impacto que causó la aparición de un disco de vinilo de Daniel Viglietti, grabado en vivo en el Luna Park, que tenía en la tapa una foto panorámica del público. En ella se distinguían de manera inequívoca a dos chicos de tercero novena y a otro más, de otra escuela, con quien coincidíamos en el taller literario. Habían ido con sus padres, habían estado ahí coreando «Canción de amor a Nicaragua», «A desalambrar», y habían quedado inmortalizados en una especie de cuadro de honor de la cultura progresista porteña.
Fue en ese entonces, a propósito de otra serie de recitales en el estadio Obras (¿con Pablo Milanés o con Santiago Feliú?), cuando los periodistas le preguntaron a Silvio Rodríguez cuál era el artista argentino más popular en Cuba. «Pimpinela», respondió. Y el desconcierto fue mayúsculo. Sobre todo, en las filas de la crítica y de esa clase media ilustrada que coqueteaba con la izquierda latinoamericana, y que veía en ese dato estadístico alguna especie de intolerable claudicación emocional o estética. Se suponía que un dúo de hermanos que cantaban simulando ser una pareja siempre al borde de la ruptura o de la fogosa reconciliación no podía formar parte del canon musical admitido para las multitudes emancipadas. En su rústica sencillez, «Olvídame y pega la vuelta» se presentaba ahora como la sentencia indescifrable y esquiva lanzada por el oráculo de la revolución.
—Ya es tarde.
—¿Por qué?
—Porque ahora soy yo la que quiere estar sin ti.
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EXCELENTE!!! La prevalencia (o postvalencia?) del arte popular es eterno. Excepto los _entendidos_ (en el tema) pocos saben que las óperas de Mozart eran populares entre la plebe iletrada. Y que Franz Liszt era todo un _rock star_ de su época. Y la mayoría de los de nuestra generación ha olvidado que en nuestra adolescencia Omara y Elena eran _cheas_. Creo que los únicos que han tenido el tema de lo popular han sido los brasileños. La MPB siempre ha sido inclusiva. Recuerdo a más de uno escandalizado porque Maria Betania cantaba una canción con Roberto Carlos (por cierto, una canción muy _Pimpinela_). Para mí Cabalgata sigue siendo una de las más hermosas canciones de amor.
Durante mis fabulosos años 90 en Perú, la canción de «Por Ese Hombre», cantada por Pimpinela y Django, se convirtió en la canción top de nuestras absurdas vidas universitarias. ¿Por qué? Nunca lo supe bien pero la épica estrofa «Ese hombre no quiso hacerte daño, no le guardes rencor, compréndelo. No lo dudes, es tu amigo y te quiere. Porque ese hombre, ese hombre… soy yo» era repetida constantemente como un mantra, ya sea en clave cómica o con la seriedad teatral del caso. ¡Grande Pimpinela!
Las tragedias de Eurípides suelen mostrar todas las disfuncionalidades posibles de las relaciones de pareja de la época basada en la estructura agnaticia de la familia. Ese sistema produce hombres brutales, mujeres idiotas y hogares infelices. Eurípides es equidistante porque odia a los unos y las otras. Alcestis o Helena parecen mujeres de mérito, ¿no? Pues no. Son tan estúpidas como las demás: a pesar de su inteligencia, a la hora de la verdad se sacrifican por varones que no merecen la pena.
Admeto consigue casarse con Alcestis, mujer de linaje superior, con la ayuda de Apolo, que fuerza a leones y jabalíes que tiren de su carro para impresionar al padre de Alcestis, Pelias. El problema es que a cambio del favorcillo, Apolo exige una vida humana. Cuando Admeto se da cuenta que de poco le vale haber conquistado a la bella si ha de perder la vida, hace lo imposible para cumplir con Apolo. Y es que el dios tiene muy mala leche y, aparte de matarlo, sabe que es capaz de hacerle un culo nuevo para que vaya más contento al matadero. Así que hace lo imposible para que otro pierda la vida en su lugar. Pide el sacrificio a sus padres que están hasta los mismísimos de las idioteces de su joven vástago y le dicen que nanai. Así que al final se lo pide a su esposa y la tonta va y acepta.
Eurípides es un misántropo. Odia a ambos sexos por igual. No hay un sólo tío que no sea un granuja, ni una tía que no sea estúpida.
No entro a valorar a Pimpinela, porque no sabía ni de su existencia, pero dejas el mito un tanto cojo. Si ignoras que Admeto debe morir porque es un granuja muy gilipollas, no sabes realmente qué escribió Eurípides.
Increíble nivel de profundidad en la nota, eso genera Pimpinela, eso genera el verdadero arte pop
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