
Para quien tiene miedo todo son ruidos.
(Sófocles)
Un poco de terror siempre es necesario.
(Mao Zedong)
En su primera acepción, el terror es definido académicamente por el Diccionario de la lengua española como un «miedo muy intenso». ¿Y qué es el miedo a secas? De nuevo el DRAE: «Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario».
Nos parece mucho más sutil el miedo que el terror. Tiene muchas más circunvoluciones: de la vida real puede desviarse por los vericuetos de la umbría imaginaria. O sea, es como la mente a pleno rendimiento («la mente, poderoso estupefaciente», canta Franco Battiato en «Ábrete Sésamo»). Por eso, bien mirado, el terror nos parece una cosa más burda, menos sugerente. No es lo mismo y no suena igual El miedo del portero ante el penalti, la novela de Peter Handke, que si se hubiera publicado como «El terror del portero ante el penalti».
Esta crónica versará sobre los nuevos influjos culturales que se derivan del miedo. Su estatus, traducido al devenir del siglo XXI, atenaza hoy por hoy a la sociedad actual. El ser humano tardomoderno se angustia porque todo es incertidumbre. El futuro se ha convertido en una inmensa zona de sombra. El ser humano coetáneo tiene aversión al riesgo (de ahí el mantra del «riesgo cero»). Convierte en neurosis su obsesión por la seguridad, donde todo a su alrededor ha de ser seguro, como si hasta el ocio o el día a día de las rutinas fuera una cuestión de agónica supervivencia (disfrutar de un concierto con seguridad, el auge de los «espacios seguros», comer y beber con seguridad, «caminos seguros» para el tránsito de los escolares, disfrutar de las compras con total seguridad, etcétera).
Toda esta deriva procede de una máxima: la persona es entendida como un animal frágil, preso de miedos y terrores. La fragilidad define la existencia y la coexistencia de hoy. Se ha creado como una fábula social del miedo. Pero es la naturaleza individual del miedo, su percepción personal, lo que ha ido creando un sistema colectivo de abrigo y protección contra su amenaza. No importa ya si el miedo lo provoca el terrorismo islámico, si un osito de peluche potencialmente peligroso para el crío, si los alimentos eventualmente nocivos para la salud.
Se tiene miedo a todo o a casi todo y, llegado el caso, se padece terror y fobia a las relaciones, a ese banco de niebla llamado entorno social. ¿Qué me espera hoy ahí fuera? Es casi igual a lo que el sargento Esterhaus advertía a sus compañeros de comisaría antes de que estos salieran a patrullar las calles en la serie Canción triste de Hill Street: «Tengan cuidado ahí fuera».
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