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‘Gozo’, de Azahara Alonso: la isla sin fin (ni propósito)

Al inicio de este libro cuenta su autora que, cuando era niña, su madre le enseñó a respirar. Con conciencia de hacerlo, como vía de acceso al sueño. A sus cinco o seis años de existencia, le preocupaba que por el día se le olvidase ese lento ejercicio de tomar aire, retenerlo lo justo, soltarlo. Gozo (Siruela, 2023), de Azahara Alonso, puede leerse como un manual sobre la respiración, y de hecho contiene varias alusiones a este esforzado hábito. Marcel Duchamp —quien prefería «vivir, respirar, que trabajar»— contradecía la asunción de que no se puede vivir del aire en su obra Air de Paris, que inspira a la escritora a fabricarse un souvenir de arte encontrado en su lugar de destino: «Algo así como contener la respiración para regalar el cielo de un espacio lejano». Se habla en estas páginas del pneuma estoico, el soplo vital, el aliento poético, y se cita a Roland Barthes, quien decía que la literatura no permite andar, pero permite respirar. Mientras leemos aquellas primeras menciones a la función pulmonar en su infancia, nos viene a la mente el título de Janice Galloway: The trick is to keep breathing.

Gozo, de Azahara Alonso. Imagen: Editorial Siruela.
Gozo, de Azahara Alonso. Imagen: Editorial Siruela.

Recién terminada la carrera de Filosofía, a principios de 2010, Azahara Alonso (Oviedo, 1988) viajó con una beca de idiomas —en su caso, inglés— a la isla de Gozo, en el archipiélago de Malta. Un espacio en medio del Mediterráneo, de apenas sesenta kilómetros cuadrados, y del que por entonces no sabía nada. Salvo lo que le sugería su nombre encantador. Allí pretendía darse un respiro, pasar un año «de experimentos», de vivir «sin red ni plan». Aquel «paréntesis de tierra firme» en que aterrizó se antojaba el escenario perfecto, y aunque de dimensiones tan reducidas que podría insinuar una especie de confinamiento —sobre todo para alguien de su juventud—, la escritora asegura que con el tiempo ha ido respondiendo a su idea de opulencia. La felicidad condensada en aquel recuerdo, distinta de lo que solemos entender por nostalgia, choca de forma violenta con su presente: «En la ciudad grande soy eficiente, el estrés resulta ameno (ya se sabe lo que se elige entre el dolor y la nada). En la isla, en cambio, vivía de mirar el cielo, que era más grande que en cualquier otro lugar».

El primer (pre)juicio social al que se enfrenta viene formulado en la pregunta que todo el mundo le hace desde el minuto uno de su estancia, desde incluso antes: qué va a hacer allí, de qué piensa subsistir, a qué se dedicará «oficial y asalariadamente». En una generación —un país— cuyo estado natural es la precariedad, su objetivo secreto de improductividad se considera un delito. Su decisión, que supone más bien el derecho a la indecisión, se convierte en la constatación de que es imposible no hacer nada. Como reacción, la autora se une a la defensa de la pereza y la ociosidad —nada de ocio activo, aterrador oxímoron— que llevan a cabo Bertrand Russell y Paul Lafargue. Sueña con abolir el trabajo mientras evoca cuántas veces dimitir ha sido una conquista para el arte. Dibuja un acto de rebeldía y utopía (como otra isla, la de Thomas More) en maniobras pasivas como quedarse en la cama, no comparecer donde se la espera, no dejarse definir por un empleo. Ni siquiera anhela un año sabático, que implica una interrupción momentánea del salario, sino una experiencia «bajo el signo de la inutilidad». 

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3 comentarios

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