
So geographers in Afric maps
with savages pictures fill their gaps
and o’er unhabitable downs
place elephants for wants of towns.
(«On poetry», Jonathan Swift)
El universo está lleno de cuerpos, no existe el vacío. Cuando Aristóteles miraba alrededor, eso es lo que veía. Iba a contramano de los pensadores de la época, incluso de su maestro Platón, y de sus ideas sobre el espacio, que a Aristóteles le resultaba un concepto demasiado abstracto; prefería hablar de lugar: las cosas ocupan un lugar en el universo, un universo pleno, hecho con los cuatro elementos y las cosas formadas por ellos.
La naturaleza no tolera la ausencia de aire y aborrece el vacío, esa verdad surgía de la observación y después todos estuvieron de acuerdo durante siglos.
Así nació el horror vacui, literalmente el miedo al vacío, que se convirtió en una ley de la física hasta que los físicos experimentales la pusieron en duda. Blas Pascal tomó las mediciones, registró las variables de altitud y presión de aire, probó, contrarrestó, tomó nota y estuvo en condiciones de afirmar que, si la naturaleza es capaz de sentir horror, también puede tolerarlo. No sin humor, refutó a los aristotélicos: «El horror al vacío no era más que un horror imaginario. La naturaleza no es susceptible de pasión; no experimenta simpatía ni antipatía, sino solo indiferencia».
El miedo, definitivamente, no es prerrogativa de la naturaleza sino de las personas; aquel rechazo al vacío se mantuvo en el tiempo. De la física a la pintura, del arte a la decoración, de la arquitectura a la poesía, de la literatura a la psicología, de la comunicación al entretenimiento, el horror vacui resulta útil para graficar lo que hacemos cuando no queremos o no podemos enfrentarnos a esa nada que no está en la naturaleza sino en nosotros.
Llenar el espacio con información y objetos es un estilo. Lo demuestran los lienzos abarrotados de imágenes, las vasijas y columnas, las paredes cargadas del barroco, el rococó y el churrigueresco, los gabinetes de curiosidades y los salones victorianos, también las tiendas y ciertos diseños en periódicos, revistas, avisos comerciales y páginas web. La atmósfera que resulta es agobiante.
Pero, antes de ser un estilo, el horror al vacío fue una reacción frente a lo desconocido. Cuando el mundo se fue expandiendo a fuerza de viajes y exploraciones también creció la incertidumbre; cada paso que llevaba a los seres humanos más lejos los apartaba de la seguridad y les recordaba sus temores.
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