
Somos, junto a Portugal, el país de la OCDE que más ansiolíticos consume. Casi cinco millones de españoles ya los tienen en su receta como medicamento habitual, la mitad de los empleados públicos los consumen a diario, y entre la población general cada vez son más quienes toman benzodiacepinas de forma ocasional a lo largo del año.
No somos una excepción ni una singularidad. Aunque aquí en España el Ministerio de Sanidad calcula que un tercio de los españoles tiene este problema, la epidemia se extiende por todo el mundo. Y en los países sin datos oficiales, como Afganistán o el cuerno de África, la tasa de suicidios no deja de aumentar, lo que podría ser un síntoma del mismo problema. Estamos cayendo en una frustración y tristeza constantes, con cada vez más afectados. Y todo esto explicaría en parte ese interés universal por los alucinógenos como el nuevo medicamento maravilloso para la salud mental.
Pero esta no es una promesa más con aroma a futuro, como la inteligencia artificial, la fusión nuclear, el metaverso o las criptomonedas. Porque conecta con una larga historia cultural iniciada en la década de los cincuenta, la de la psicodelia, con su mayor foco de difusión, California, cuya influencia se extiende hasta hoy, alcanzando a los ejecutivos de Silicon Valley.
Evolución cultural y técnica del gran viaje, y su regreso a nuestro tiempo
El libro Microdosis de Enrique Bunbury, que posiblemente no tiene más interés que la experiencia personal del músico, es un buen ejemplo del creciente interés popular por los alucinógenos. Y de su doble origen geográfico, México además de California. Estas dos cunas del movimiento contracultural de la psicodelia son claves para entender porqué unas pocas evidencias científicas han despertado de nuevo la creencia de que estas drogas pueden ser la panacea.
El responsable académico de haber fomentado el consumo de LSD como cura universal para los males de la humanidad —conflicto, guerras, avaricia, competitividad desmedida— desde California en los sesenta fue Timothy Leary. Psicólogo e investigador científico en Harvard, abandonó la universidad asegurando que después del descubrimiento del ácido lisérgico la terapia psicológica ya no tenía sentido. Cualquier padecimiento mental podía curarse con drogas. En su máximo momento de popularidad organizó una campaña para ser gobernador de California, los Beatles compusieron el himno «Come Together» para la misma, y entre sus propuestas estuvo la legalización universal y completa de las drogas. Richard Nixon le denominó «el hombre más peligroso de Norteamérica».
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«la mitad de los empleados públicos los consumen a diario». ¿Podrías indicar la fuente de esta información?
Con mucho gusto. El dato procede de la Encuesta sobre salud mental en el ámbito laboral, realizada por la Central Sindical Independiente y de Funcionarios (CSIF) y publicada en octubre de 2022. Si quieres profundizar en su metodología, y análisis de los datos, te dejo el enlace a la presentación oficial que hizo en esa fecha el propio CSIF. https://www.csif.es/contenido/nacional/entidades-publicas-estatales/349324
Cuando se descubrió el LSD Hoffman con Ernest Junger y otros de gran categoría intelectual hacían sesiones en casas particulares. De ahí salieron obras y reflexiones importantes. El asunto con cualquier droga es que, como dice el columnista, acciona sobre cabezas e inteligencias distintas. No soy muy optimista sobre el uso de las drogas para sanar la mente. Por supuesto pueden ayudar. La juventud en los sesenta y adelante pareció tener gran fe en las drogas, alguno creyó ser el primero en probarlas; los resultados en general fueron desastrosos: las cabezas eran muy limitaditas. La prohibición añade glamour y ceba el hampa. Un lío.
Yo, exprofesor de insti, tuve a veces momentos ingratos: padres, alumnos, inspectores, directores agresivos. Claro, las benzodiacepinas auxilian; pero la solución era y será mejorar el ambiente.
En la vejez me volví moralista: sólo el viejo vino, legal y lleno de cultura en nuestra sociedad. Ni drogas de farmacia, ni trato con hampones para adquirir no se sabe muy bien qué.
Las drogas siempre con nosotros.
Los años 60/70, una generación que quiere cambiar el mundo, que se organiza en grupos, que propugna el amor libre, que va contra la autoridad, que se reúne en grandes festivales hippies. La generación del “laissez faire”. Usan el cannabis, y ácidos, tipo lisérgico, drogas grupales que alteran la percepción, su apóstol Adolf Huxley¸ Todo esto, se proyecta en acciones políticas, recordemos los movimientos del 68. Pero, se fracasa
Le sucede otra generación, que ya no quiere cambiar el mundo, quiere alejarse de él, el yonqui introvertido, urbano, individualista, poco amigo del funcionamiento grupal, los opiáceos, la heroína, le proporciona un sensacional vehículo para viajar a sus adentros, su apóstol, Jean Cocteau.
Luego vienen los estimulantes, ácidos, químicas y el alcohol siempre con todas las generaciones y en eso estamos.
La búsqueda del placer, en el centro de todo
Ahora queremos Benzodiacepinas, para el malestar, las noches de insomnio etc.
Estamos orientados al placer, sobre todo nustra imposibilidad de tolerar el malestar, el sufrimiento.
Se nos muere una persona querida y queremos pastillas para no sentir dolor, nos preocupa el futuro de nuestra hija, y, queremos pastillas para no sentir. Si estamos inquietos queremos pastillas para esa inquietud, si estamos muy tranquilos, queremos pastillas que nos movilicen.
Creo que por ahí van alguna cosas
Uno de los principales puntales que se añadieron a la gran ‘bola’ de la ciudadanía estándar desde hace siglos fueron precisamente los alucinógenos. Cuando el «pan y circo» ya no funciona, las drogas ‘prohibidas’ hacen bien su trabajo… Yo hubiera titulado a éste artículo «Alucinógenos, la cura para la inteligencia», aunque tampoco no son muy necesarias las drogas para el sometimiento sistemático de los ciudadanos: ya son lo suficientemente estúpidos (ya lo dijo Einstein). El sistema piramidal societario funciona a la perfección, ya que para ello no es necesario ilegalizar ni penalizar el alcohol, el tabaco, el juego, el porno, el feminismo, los influencers, los anuncios de la tele y un largo etcétera de pequeños placeres ciudadanos que conforman el entretenimiento perfecto para distraer las mentes urbanitas y modernas de una sociedad «sana y conglomeradamente fuerte» mientras trabajan, consumen y pagan impuestos (pues eso: pan y circo).
Pero oiga (ya lo digo yo): sólo faltaba que ya no pudiera ni fumarme un cigarrillo ni tomarme una cerveza con los amigos, amigas, amigues… Claro, berrear cual ciervo en el bar de la esquina es un derecho constitucional. Cual sabia es la ‘vox populi’ (la voz del pueblo), el don del ‘perreo’ (no de la palabra).
Por cierto: aquello de antes de la gran ‘bola’ no deja de ser, por su propio peso, la pirámide de siempre, casi o más antigua que la pirámide de Guiza (la de Egipto, no la del futbolista).
«Al loro, que no estamos tan mal ¿eh?» Ciertamente vivimos muy bien sin preocuparnos de las cosas gubernamentales y esos rollos políticos y otros demás rollos de los de arriba; Mientras, el mundo y nosotros mismos nos vamos a la mierda, podemos disfrutar de los pequeños placeres mientras nos afanamos lo nuestro (lo que cada uno pueda, claro, de lo poco que nos reservan y conceden -aunque mejor sería decir ‘prestan’, ya que tenemos que pagar de nuevo lo que ya es nuestro-).
Para finalizar: siento no haber podido explicarme mejor (hoy tengo prisa en no preocuparme demasiado).
Vamos maaal, muy maaal.
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