
Ocurrió durante la vigesimosexta edición del Festival de Cannes en 1973. Sobre la alfombra de aquel certamen, entre el incesante desfile de realizadores, actrices, actores, starlettes y artistas de vida difusa, pocos prestaron atención inicialmente a la pipa de fumar que se paseaba amarrada a un ensimismado caballero llamado René Laloux. Una persona que durante la década previa había residido entre dos mundos extraños: por un lado, en el interior de un estudio de animación ubicado en la Checoslovaquia que sufrió la invasión de los países del Pacto de Varsovia comandados por la Unión Soviética. Y, por otro, en un universo fantástico habitado por humanoides que unos gigantescos monstruos azules utilizaban como juguetes: La planète sauvage (El planeta salvaje). La película de animación que Laloux dirigió a partir de una historia moldeada a medias con su colega Roland Topor.
La planète sauvage se estrenó en Cannes dentro de la selección oficial a competición. Y aunque no se hizo con la Palme d’Or, su imaginativa y surrealista propuesta sorprendió tanto al jurado, en el que militaban Ingrid Bergman, Jean Delannoy o Sydney Pollack, como para ser galardonada con un prix spécial. El tiempo convirtió a la cinta en un clásico de culto entre los connoisseurs de la ciencia ficción y los fanáticos del cine de dibujos.
Las criaturas de La planète sauvage habían sido animadas en tierras checoslovacas pero su espíritu era profundamente francés al concebirse en territorio galo. En el fondo, la historia de la animación siempre ha tenido alma francesa y ha estado en deuda con ese país que considera pronunciar la erre como un lujo fonético. Porque Francia es el único lugar del mundo en el que iban tan sobrados como para proyectar películas de dibujos animados antes siquiera de que se inventase el cine.
Bienvenidos al teatro óptico
Existe gente extraordinaria que se convierte en pionera de un género en un medio. Y luego está lo de Charles-Émile Reynaud, una persona tan visionaria como para ser pionera de un género en un medio que aún no existía. Hijo de un ingeniero industrial y de una profesora, Reynaud se demostró prodigioso manejando pinceles con gracia y construyendo artefactos mecánicos antes de cumplir los trece años. A la altura de la treintena, tras ejercer como fotógrafo y divulgador científico, el hombre se tropezó con un artículo sobre juguetes ópticos en el magazín La nature y aquello encendió varias bombillas en su vida. Inspirado por el texto, Reynaud agarró una caja de galletas y un puñado de espejos para fabricar y patentar el praxinoscopio, una versión mejorada del zoótropo que vendría a ser la evolución en HD de aquel. Un pequeño carrusel giratorio que permitía al espectador asomarse a una rendija para contemplar en bucle una breve escena animada, o el equivalente al GIF más aparatoso posible.
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