
Un año antes de su entierro, en 2003, Jacques Derrida publicó un compendio de textos fúnebres —mitad cronológica, mitad memorabilia— bajo uno de esos títulos que no ven disminuida ni un ápice de su belleza en la traducción: Cada vez única, el fin del mundo. Justificaba allí y así el tono grave, compungido, mantenido pieza tras pieza, muerto tras muerto, porque, para el padre de la deconstrucción, no importa en cuántas ocasiones hayamos dicho adiós: siempre nos asalta el mismo (de verdad, el mismo) sentimiento de estar experimentando ese dolor por primera vez; siempre la misma sensación de extrañeza al día siguiente, de haber perdido las coordenadas y las presencias que nos anclaban al mundo conocido, con la única certeza de que ya nunca, nunca, podremos regresar a él. El mérito de Derrida, más que en la originalidad de la idea, estriba en la capacidad para concretar un sentimiento universal en una sola frase. Su mayor fallo es la desconfianza en las artes para, si no recuperar, sí recrear los mundos pretéritos.
Como de costumbre, allí donde hace aguas la filosofía, llega la literatura. Llega Baltasar Porcel con Difuntos bajo los almendros en flor, una novela atemporal, tan vigente en 1969, cuando recibió el Premio Josep Pla, como ahora, reeditada por Jot Down Books con traducción de Teresa Galarza Ballester, el tercero de la colección “Los libros rescatados”, dirigida por Basilio Baltasar.
Todo empieza con la muerte. Concretamente, un día de los Fieles Difuntos, esa fecha inaugurada por Odilón de Cluny en el año 998 para animar a los feligreses a que dejasen caer una monedilla por aquí y un rezo por allá con el fin de salvar el alma de aquellos defenestrados de la familia que, por pecadores de la pradera, no habían obtenido la calificación de Santos en el examen final. Estos, en contraposición a los conmemorados el 1 de noviembre, no estaban a la diestra del Padre, sino en el Purgatorio. Andratx —el pueblo donde se desarrolla la novela y que vio nacer al autor— también lo es, el Purgatorio, o una de sus representaciones posibles, al menos. Por eso, la localidad mallorquina aquí, más que un lugar, es un estado de conciencia intermedio entre la realidad descarnada y la ensoñación; una mezcla entre el catálogo de los siete pecados capitales y una guía botánica del Edén. Porcel nos introduce en el pueblo sin misericordia ni nostalgias de ninguna clase.
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