Cine y TV

‘Alien, el octavo pasajero’: el Bicho

Alien, el octavo pasajero. Imagen 20th Century Fox.
Alien, el octavo pasajero. Imagen: 20th Century Fox.

«Cuando se te pasa el entusiasmo inicial y toca decidir qué pinta tiene el bicho, te das cuenta de la que se te viene encima y no puedes pensar en otra cosa». Estas palabras de Ridley Scott, director de Alien, el octavo pasajero, resumen el dilema al que tuvo que hacer frente al inicio del rodaje. A grandes rasgos, la trama de la película era recurrente en filmes de serie B, por lo que para diferenciarse de ellos deberían hacer valer la fuerza bruta, es decir, la pasta. Con un presupuesto de casi doce millones de dólares (de finales de los 70), en principio contaban con suficiente margen de maniobra como para crear un organismo extraterrestre creíble y aterrador como no se había hecho hasta entonces.

No estamos exagerando si decimos que la película dependía de un solo elemento. Una década antes, Stanley Kubrick había dejado el listón altísimo en la representación de naves espaciales con 2001: Una odisea del espacio, rodada también en los Estudios Shepperton en Inglaterra. Así que en ese aspecto, aunque se consiguió un logrado diseño de producción con aire low-tech («de camioneros espaciales» se decía en el entorno del filme), la batalla se libraba en otro campo: diseñar una criatura que rompiera con los cánones del género. Durante la preproducción se barajaron varias alternativas, bocetadas por diversos autores, que bien parecían dinosaurios, pulpos gigantes o un ente raro con cuatro patas, antenas y garras como una mantis. Cuando Dan O’Bannon, el guionista de la película, le enseñó la obra del polifacético artista H. R. Giger, Scott dijo fascinado: «O se han acabado mis problemas o acaban de empezar». Y es que materializar de forma verosímil los paisajes y criaturas biomecanoides características de la obra del suizo se planteaba como una tarea compleja y costosa.

Hasta llegar al xenomorfo que triunfó en pantalla tuvieron que atravesar un largo camino por el que fueron desechando ideas, desde reducir el tamaño de la cabeza (la primera propuesta de Giger presentaba un cráneo de metro ochenta de longitud), pasando por una piel traslúcida (que dejaba entrever demasiado la silueta del hombre que vestía el disfraz del extraterrestre), llenar la carcasa transparente de la cabeza del Alien con gusanos vivos (otra idea descabellada de Giger) o prescindir de ojos o cuencas vacías en el diseño final (se ha demostrado que es más aterradora una «cara» sin ojos). Todos estos descartes fueron grandes aciertos. Para resumir el esfuerzo por el detalle en la recreación del alienígena y su entorno, basta dar un par de datos: solo el set del Space Jockey costó medio millón de dólares, mientras que confeccionar el traje de xenomorfo a base de látex, huesos y tubos, un cuarto de millón. 

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Un comentario

  1. Una lastima que el film al final no pudo ser una historia de tragedias sino un film de una heroína sobreviviendo sus aventuras en el espacio. La historia pudo ser más escalofriante y el monstruo convertirse en la futura pesadilla de cualquier viajero intergalactico que en medio del miedo surgiera en su mente «espero en esta misión de exploración no encontrarme con ningún alien como el de la película de Scott», comparado este terror con aquel primigenio miedo que todo Infante sufre al haber escuchado esas viejas historias de vampiros, hombres lobos y monstruos tentaculoides. Un verdaera lástima, se perdió esa oportunidad de oro al darle nacimiento a Ripley, la primera heroína del espacio.
    Como sea la creación del xenomorfo fue un cambio en concepto de monstruos espaciales. De ser una masa amorfa o un enano cabezón de color verde el.invasor extraterrestre se le dio una buena configuración de ente semimetalico y fría similar a un robot encarnado.
    Espero que la nueva entrega no resulte en una barata copia de la original y que supere y alimente la idea original de ese monstruo primordial.

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