
Esta es una historia de gente que se adelantó a su tiempo o que al menos dio —durante un buen rato— esa apariencia. Esta es una historia de gente que dejó de sentir, personas sin emociones. Espectros bien parecidos, reyes de la anhedonia.
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Pelo corto platinado, ojos redondos y amplios, rasgos angulosos y algo etéreos, una manera de vestir única, con combinaciones impensadas. Muchos dicen que fue la primera It Girl moderna, aunque en ese tiempo la hayan rotulado como Youthquake. Una mujer joven que fascina y atrae a ambos sexos, que durante un tiempo logra ocultar su mundo turbulento, su tragedia.
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Edith Minturn Sedgwick fue la séptima de ocho hermanos. Una familia millonaria que vivía en un rancho enorme y lujoso en Santa Bárbara. El padre era de linaje petrolero; el abuelo materno presidente y accionista de la empresa de ferrocarriles más importante de Estados Unidos. Edie comprendió que debía ser ruidosa para no pasar desapercibida.
En su adolescencia encontró al padre teniendo sexo con una mujer que no era su madre. El padre le dijo que estaba sufriendo alucinaciones: «No viste lo que crees haber visto. No sabés nada. Estás rematadamente loca».
Si esto fuera una película (una muy triste, un drama) el siguiente sería un plano general de una institución psiquiátrica. El padre internó a Edie. Algunos dicen que fue para que no hablara, para que no lo delatara, para desprestigiar su testimonio. Lo cierto es que a esa altura Edie tenía severos problemas de anorexia, adicciones y un par de intentos de suicidio. Poco antes de que ella ingresara, se mataron dos de sus hermanos mayores. Uno de ellos, con antecedentes de enfermedad psiquiátrica, embistió un ómnibus con su moto. El otro se colgó en uno de los muchos graneros de la enorme propiedad familiar.
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Al salir del hospital psiquiátrico, Edie se mudó a la costa este. En pocos meses se convertiría en la más rutilante figura de esa especie de nobleza que constituía la noche chic de Nueva York. Llegó a la ciudad en septiembre de 1964. No tenía necesidades económicas: pocos meses antes había recibido un fideicomiso que su abuela había dejado a su nombre para que ella dispusiera del dinero cuando cumpliera veintiún años. Vivía en un departamento de su abuela, un vasto piso de catorce habitaciones. Tenía una limousine con chófer a su disposición, pero Edie prefería moverse en el Porsche de su padre.
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