
Despierto. A mi lado, la querida presencia de Rachel, todavía dormida. Escucho su respiración pausada, admiro la serenidad de su bello rostro. Remoloneo unos segundos antes de levantarme, saboreando las imágenes oníricas que todavía bailan en mi mente. Esta noche he soñado con un unicornio blanco. Puedo evocar su generosa crin agitándose al viento, el largo cuerno de marfil, los ojos mansos y profundos, su perfecta musculatura, con tanta precisión como si de verdad lo hubiera visto. Se me antoja, por un momento, que ese unicornio es tan real para mí como todo lo que me rodea. No es de extrañar. Desde que tengo uso de razón, sueño con un unicornio blanco.
Sé que el unicornio no es real y Rachel sí lo es. Tan real como el niño de la foto que juega con sus hermanos, en una playa remota. Ese niño soy yo. El adolescente despistado que acaba de solicitar el ingreso en la Academia de Policía soy yo. El agente especial que se gana, a su pesar, la reputación de ser el mejor operativo del cuerpo, soy yo. El afortunado que sobrevive a su última misión y encuentra el amor de su vida, gracias a la inesperada generosidad de un androide, soy yo.
Pienso en Roy a menudo. En los otros también, pero sobre todo en Roy. En cierto sentido, era como si mi unicornio se hubiera encarnado en un NEXUS-5. Tan perfecto y poderoso como mi bestia mitológica, el clavo que atravesaba su mano cuando asió la mía, salvándome de caer al vacío, tan afilado como el cuerno del divino animal.
¿Por qué lo hizo? ¿Qué razones le llevaron a perdonar al hombre que había asesinado a todos los suyos? Supongo que nunca lo sabré. Supongo que nadie sabe nunca lo que pasa por la mente de otra persona. Aunque, estrictamente hablando, Roy no era una persona, sino un replicante. Una máquina de combate, cuyo programa no funcionaba correctamente. Una máquina que yo debía retirar, junto al resto de sus compañeros. Y lo hice, uno, por uno. Y sin embargo, él me salvó la vida.
Sí, recuerdo a Roy muy a menudo. Supongo que se atravesó la mano con aquel clavo para que el dolor lo mantuviera consciente unos minutos más. Lo santiguos cristianos creían en un Dios que se hacía hombre y moría semidesnudo, clavado en una cruz. Pero nadie crucificó a Roy, nadie excepto él mismo. Extraño mesías.
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Volvieron a emitirla en Neox hace poco. De una forma bastante extraña porque lo hicieron a más velocidad de lo normal, lo cual por desgracia estropea toda la experiencia.