Arte y Letras Literatura

Luis Chaves y las cosas que no le importan a un poema

Luis Chaves. Fotografía: Carsten Meltendorf. Cortesía de Planeta Argentina.
Luis Chaves. Fotografía: Carsten Meltendorf. Cortesía de Planeta Argentina.

Duermen las mujeres de la casa

y vengo a borrar.

Esto era más largo,

contaba cosas

que no le importan a un poema.

(«Las mujeres de la casa», de Luis Chaves)

Un poema también se puede escribir así, borrándolo todo después de un primer momento que imaginamos incontinente, dejándole al lector el trabajo por hacer: el escritor ya ha hecho el suyo. 

Porque la escritura es una forma de la jardinería. Poda y escamonda.

A esta altura el poeta domina el oficio y sabe bien que no todo debe ser contado porque los poemas no se llenan con cualquier cosa. Está el ritmo y están las palabras, sí, pero no cualquier palabra. A esas de las que están hechos los poemas hay que ir a buscarlas, a donde sea que estén. Y eso es un trabajo, el de poeta.

*

No se suponía que Luis Chaves fuera escritor. Nació en San José, Costa Rica, en una casa como tantas. Cada día la madre salía a trabajar y dejaba al hijo con su abuela. ¿Cómo hacer para que aquel niño no interfiera en las tareas domésticas? Pues que aprenda a leer. No hay libros en la casa, está el periódico y allí están sus primeras lecturas, hechas de accidentes y guerras y catástrofes: «Hambruna en Bangladesh». Al niño le gusta leer, descubrieron todos muy pronto en la familia. Así se fue armando el recuerdo en la cabeza del poeta —suponiendo que hay una localización corporal para los recuerdos y que está en la mente o el cerebro, en fin, en lo que queda por arriba del cuello— y así lo cuenta.

*

«Sería más fácil si hubieran estado ahí, pero me toca contarles». Es una gran frase de Luis Chaves y es una gran frase porque muestra, a la vez, dos imposibilidades: a) la de las palabras para dar cuenta de la experiencia y b) la del escritor de quedarse callado.

¿Cómo resistirse a la pulsión de contar aun cuando sabemos que el lenguaje es insuficiente? 

*

No estuvimos ahí, por eso el poeta deberá contarnos lo que pasó. Al niño le gustaba leer y aparecieron los primeros libros, después el colegio y la conciencia —tal vez esto lo esté construyendo la memoria— de ser no solo uno de esos freak a los que les gusta leer sino de los que dan otro paso: querer escribir y publicar. El joven poeta escribía en secreto. Hacía las cosas de varón que había que hacer y no había espacios con quien compartir lo que la literatura le estaba comenzando a dar, entonces el joven varón poeta estudió Economía Agrícola en la universidad, obtuvo su título, consiguió un empleo y dinero para darse cuenta muy pronto de que aquel deseo seguía ahí.

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2 comentarios

  1. Pingback: librazos – Podría ser peor

  2. Vaya con esta novedad jotdunesca que se apela a los recuerdos volátiles de las palabras que gestaron de la incertidumbre maternal un poeta, esos tipos que viven en la literatura y no en la vida real, como Pedro, el de los lobos que, para mis adentros no era un pícaro y mucho menos un mentiroso, pues los lobos existen, solo que los avisados llegaban siempre tarde, y además carecían del sentido del humor; ellos, no los lobos. Que vivan los Pedros del mundo aunque anden con tijeras de podar, de palabras o de yuyal. Gracias JD.

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