
La sala se llenó con la misma reverencia con la que se abre un libro muy querido. El Festival Barbitania repetía este año su ritual de lectura en voz alta y comunión con el texto, y lo hacía acogiendo a Irene Vallejo, que regresaba a Barbastro para encontrarse con los lectores que hace siete años la conocieron a través de El silbido del arquero. Esta vez, sin embargo, el motivo era otro: El infinito en un junco, su ya célebre ensayo sobre el libro como objeto, como historia, como gesto humano de salvación y resistencia. En su voz, el pasado se convierte en materia viva y política. Vallejo habló con los lectores no como quien baja de un pedestal, sino como quien se sienta en la mesa familiar, recuperando esa dimensión oral y casi mágica de los antiguos rituales en torno al fuego.
La autora zaragozana hizo de su paso por el festival una ocasión para reivindicar la lectura como acto íntimo y rebelde, y la escritura como una forma de atravesar la tormenta. Recordó que El infinito en un junco nació en una etapa dolorosa: su hijo Pedro, gravemente enfermo, estaba ingresado en la UCI. En ese tiempo de hospitales, miedo y cuidados, escribir fue una manera de sostenerse, de no naufragar. Vallejo no concebía entonces que ese libro sería el inicio de otra vida —personal, pública, literaria—, ni que miles de lectores en todo el mundo lo abrazarían como un clásico contemporáneo. De hecho, llegó a Siruela con un título borgeano, «Una misteriosa lealtad», y sin estrategia editorial de por medio. El libro parecía condenado al fracaso según todos los manuales del marketing: era un ensayo, defendía los clásicos, celebraba las bibliotecas. Y sin embargo, como los libros de los que habla, sobrevivió, floreció, se convirtió en fenómeno.
En la tertulia, presentada por Nanín Arcarazo y conducida, como el año anterior, por Chusa Garcés y Borja García, Vallejo reivindicó también la figura de las mujeres lectoras, bibliotecarias, traductoras, transmisoras de historias. Desde su madre, que quiso ser bibliotecaria y la convirtió en lectora con cuentos antes de dormir, hasta María Moliner, a quien leyó como una filóloga por vocación y no por título. Con emoción, habló del texto más antiguo firmado de la historia —obra de una mujer, Enheduanna— y del silencio que pesa sobre tantas otras. Como si en cada línea del ensayo hubiera querido recuperar un hilo de esa gran urdimbre femenina invisibilizada. En un mundo cada vez más dominado por algoritmos que nos confirman en nuestras ideas, Vallejo defendió los clásicos precisamente, por lo contrario: por su poder de descolocarnos. Leerlos es, dijo, una forma de desobediencia, de conversación intergeneracional y de insumisión ante la uniformidad digital. En su relato, el libro vuelve a ser lo que siempre fue: un artefacto frágil y poderoso, custodiado por manos anónimas, perseguido por tiranos y amado por soñadores. Un artefacto de resistencia y de belleza.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.





