Hay dos tipos de personas: las que saben que «iba a ver si venía» no es lo mismo que «iba haber si venía», y las que escriben actas en reuniones de criptobros. Si perteneces al segundo grupo, este texto no es para ti. Siendo honestos, no necesitas una guía de ortografía: necesitas una intervención. Esto va dirigido a personas normales. Gente que ha visto cosas, que ha leído cosas, que ha sobrevivido a grupos de WhatsApp familiares y a presentaciones de PowerPoint en clase o la oficina. Así que no vamos a explicar qué es un diptongo ni por qué el futuro simple de subjuntivo no es un invento solo por joder y vamos a enumerar una serie de casos prácticos sobre ortografía y gramática, porque, como dice Héctor de Miguel, «hay que hablar bien y escribir bien porque es lo que nos diferencia de los hijos de puta».
Verbos y otras formas de hacerse daño
Pocas cosas revelan tanto de una persona como la forma en que conjuga un imperativo plural. Durante años, decir «iros» fue considerado una herejía gramatical, la marca inequívoca de un alma inculta incapaz de liderar nada más allá de un grupo de WhatsApp. Hoy, sin embargo, la RAE se ha rendido ante la evidencia: «iros» es correcto, aunque lo sigan mirando de reojo en los claustros universitarios. La forma tradicional —seca, dura, con aroma a arcabuz— sigue siendo «id», y si quieres añadir el pronombre, «idos». Pero la más usada, la más viva, la que brota de la boca del pueblo incluso cuando no se le invita, es «iros». Y quizá lo que te define no es qué forma eliges, sino en qué registro la usas.
Y ya que hablamos del pasado, no hace falta rebuscar en la carcunda para encontrar horrores: basta con leer «fuistes», «comistes» o «vivistes» en cualquier chat o comentario de redes sociales. Esa s no aporta nada, no subraya la intensidad de la acción ni añade énfasis. Solo te delata como fan de Mecano. Pero si hay un verbo que sufre verdaderos abusos es haber. En construcciones impersonales como «hubo problemas» o «había muchas pruebas», debe ir siempre en singular. Decir «hubieron errores» o «habían muchas cosas» es como afirmar que «tenían calor las seis y media»: no tiene sujeto, no tiene lógica, no tiene perdón. Lo mismo ocurre con el gerundio de «ir», que no es «llendo», por mucho que lo grites. Es «yendo». Y si al mismo tiempo te sale un «escogistes», apaga el router y coge un libro.
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Es la cuarta vez que copio y pego el acta o acto o pacto de existencia del Porque, y siempre ese “por que” no da señales de vida y se queda en el oscuro y pegajoso tintero. Debe de ser como esas cláusulas contractuales en letra chiquitita que nadie lee y que solo generan y entienden los autores. ¿Qué diablos significa “…es una extraña combinación que se da más por necesidad…” Respeto y admiro a los bien hablados y escritores, y en mayor medida aquellos que transmiten malas con buen humor, por eso pensé que ese “…es también el modo en que nos SE pensamos…” era una broma. Creo que no. Muchas gracias por la provechosa lectura.
Parece que ese «[…] que nos SE pensamos […]» es una errata. Lo cual me recuerda una sentencia que dice que «el colmo de la errata es escribir «herrata» con hache.»
Me he acordado de “El dardo en la palabra”, aquella mítica saga de artículos del maestro Lázaro Carreter, con menos mala uva que éste, pero no menos amenos (qué raro ha sonado esto último).
Y el nosotres último no me lo esperaba, me ha hecho soltar una carcajada.
Lo mismo sucede con «estalquear» donde stalk significa acosar «espoilear» para arruinar y todos los arrebatos lingüísticos que le están haciendo al inglés 😡
Muy buen artículo. Cada vez me da más asco y rebote ver solo un signo de interrogación (el que cierra) en las conversaciones del guasap. El idioma castellano de aquí a 30 ó 40 años va a ser irreconocible… Perderá acentos, haches, las uves acabarán siendo todas bes y, por supuesto, los signos (exclamación, interrogación, interjecciones…) que preceden a las frases van a desaparecer por culpa, entre otras cosas, de la dejadez y estulticia nacionales…
En Colombia, donde se decía que hablábamos un buen español, casi todos los comentaristas deportivos (verdaderos asesinos del buen hablar) emplean la palabra «suceso» para referirse al éxito que ha tenido un futbolista. Cervantes y Shakespeare los esperan en el otro mundo, cada uno con garrote en la mano.