Sociedad

Morsas prohibidas, monedas caseras y guerras: crónica de las micronaciones para tiempos hostiles

El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich. micronaciones
El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich.

Mientras los Estados nación se debaten entre la nostalgia de sus viejas glorias coloniales y el pánico al próximo informe de deuda pública, las fronteras ya no son líneas trazadas en un mapa sino estados de ánimo: la pertenencia se ha vuelto más líquida y volátil. En esta tragicomedia cartográfica donde todo el mundo se siente extranjero proliferan los discursos que invocan la seguridad con el mismo tono con que antes se invocaba a Dios: entre la amenaza y la vergüenza ajena. De ahí que no resulte tan extraño que algunos, en lugar de resignarse al horizonte que les toca, hayan preferido alzarse con su propia micronación Que no hayan querido elegir entre ceder soberanía al Parlamento Europeo o rogar un referéndum para recuperar la del siglo XIX, y hayan optado por el camino más honesto: inventarse una nación desde cero. Un exilio fundacional sin expulsión previa. La fantasía burocrática de mandar a imprimir tus propios sellos y que, por una vez, nadie te los devuelva por falta de competencias.

A algunos, eso de inventarse un país les sonará a disparate megalómano o a ocurrencia de sobremesa entre libertarios deshidratados por el exceso de literatura de Ayn Rand. Pero hay quien se lo ha tomado en serio. En serio de verdad. Con sellos, himnos, constituciones, escudos, guerras y exilios. Y a veces con una ironía tan fina que acabó tomándoselo en serio hasta el Ministerio de Defensa del país más próximo. Porque cuando una está dispuesta a cruzar el umbral de la fantasía legal para fundar su propia nación, no lo hace solo por juego: lo hace porque el mundo real, este mundo real que encarcela al migrante y expulsa al disidente, se ha vuelto inhabitable.

Así nació, por ejemplo, la República de la Isla de las Rosas. Un pedazo de metal sobre el Adriático, apenas a once kilómetros de la costa italiana, con bar, restaurante y casino, donde se hablaba esperanto y no se pagaban impuestos. Todo un ejemplo de arquitectura política contemporánea: minimalismo fiscal, estética de chiringuito y utopía flotante. La respuesta del Estado italiano fue demoledora, literalmente: la marina envió a los buzos a volar la plataforma por los aires, mientras los medios lo contaban como si fuera una opereta de verano. Lo que era.

Un destino distinto tuvo el Reino Gay y Lésbico de las Islas del Mar del Coral, fundado en 2004 como respuesta performativa —y colorida— a la entonces prohibición del matrimonio igualitario en Australia. Sus impulsores, lejos de pedir asilo o esperar indulgencias estatales, montaron un país simbólico: bandera arcoíris, sellos nacionales, dominio propio y la firme convicción de que ni la identidad ni el deseo pueden legislarse desde un parlamento. Estaba —y sigue estando— deshabitado, pero eso no impidió que algunos vieran en su existencia un desafío: una nación sin ciudadanos, pero con principios, que ofendía más que muchos Estados con Constitución. Hoy ese reino ha perdido su razón de ser: en 2017, Australia legalizó finalmente el matrimonio entre personas del mismo sexo. Pero durante más de una década, existió como un dedo alzado en mitad del océano, recordando que los derechos no se mendigan, se ocupan.

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2 comentarios

  1. Fantástico.

  2. Pingback: Micronaciones contemporáneas: pequeñas naciones inventadas con historia, símbolos y desafíos - Hemeroteca KillBait

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