Música

Aranjuez: sensatez y sentimiento

Joaquín Rodrigo ca. 1990. Fotografía: Rafa Sámano / Getty. Aranjuez sensatez y sentimiento
Joaquín Rodrigo ca. 1990. Fotografía: Rafa Sámano / Getty.

Hay músicas que parecen haber estado ahí desde siempre, como si precedieran al paisaje que evocan. Nadie puede dudar de que el Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo, es una de ellas. Sus danzas y sus armonías pertenecen a la España dorada y no al siglo convulso en el que nació, y su pulsación flamenca —de la que el concierto se apropia— suena con una energía fundacional.

Rodrigo compuso la obra en el año 1939, entre los escombros que dejaba la guerra civil y las primeras tragedias que ya comenzaba a contar la Segunda Guerra Mundial. Había nacido en Sagunto, Valencia, y a principios de la década de 1930 ya era un pianista y compositor con una trayectoria que le había permitido obtener una beca de estudios en París. Había tomado clases con Paul Dukas en la École Normale de Musique. En aquellos años de formación, el horizonte estético era abierto: le permitía seguir el camino del folclore imaginario —tan francés y al mismo tiempo tan español— con Ravel, Albéniz y Falla, jugar por fuera de la tonalidad, con nuevas ideas para la organización del discurso musical —siguiendo a la Segunda Escuela de Viena—, o buscar en el neoclasicismo que interesaba tanto a Stravinsky.

El pianista-compositor que fue Rodrigo había anticipado en pequeñas joyas como sus Deux berceuses (1929) un gusto por la búsqueda tímbrica. De haberse atrevido a utilizar las nuevas herramientas que proponía la vanguardia de su tiempo, Aranjuez habría merecido un sitio en la historia de la estética musical, probablemente Theodor Adorno le habría dedicado algún artículo y los especialistas discutiríamos sobre una obra que hoy desechamos como menor sin considerar su atemporalidad ni el impacto que ha tenido en la creación de muchísimas otras.

Pero la relación de Rodrigo con las vanguardias musicales fue de baja intensidad, apenas de admiración. El oficio de seducir al público de su tiempo era para él más necesario y urgente que cualquier gesto rupturista. A contramano de Adorno, Rodrigo aspiraba a la poesía, aun en la tragedia que sin duda le tocó vivir. Podría pensarse también que fue esa contemporaneidad con el horror lo que lo impulsó a preservar, como en un relicario, la belleza de un mundo que amenazaba con perderse para siempre.

Cuando se desató la contienda peninsular, Rodrigo y su mujer, la pianista Victoria Kamhi, pasaban un tiempo en Alemania. La guerra les había impedido renovar su beca y el planeado regreso a París se volvió imposible. Ciego desde los tres años, a causa de la difteria, escribía en braille y dictaba nota por nota a su copista. La ceguera lo ayudó a encontrar refugio en un asilo de Friburgo, que lo acogió junto a su mujer. Ambos describieron esos años como los más duros de su vida; la música había quedado postergada: tocaba enseñar español para sobrevivir.

Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.

Regístrate gratis

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

2 comentarios

  1. En ningún momento del artículo se dice que Rodrigo escribió en 1939 su «Concierto de Aranjuez» en París, en el nº 159 de la rue Saint Jacques, como lo explica la placa que hay en ese edificio (en el que, por cierto, también vivió Auguste Comte un siglo antes):

    https://fr.wikipedia.org/wiki/Rue_Saint-Jacques_(Paris)#/media/Fichier:Plaque_Joaqu%C3%ADn_Rodrigo_159_rue_Saint-Jacques.jpg

  2. Con estos amenos artículos de profesionales de la música se me presenta un pequeño “drama” cognitivo, de sensibilidad, de cultura al fin de cuentas. Amando la música y habiendo aprendido a tocar algunos instrumentos como aficionado, y con la incógnita de no saber cómo hubiera sido la existencia sin esa laboriosa artesanía sonora, que haya sensibilidades que sean capaces de transformar en imágenes esa… trashumancia inesperada de tonos, acordes, densidades, ritmos, timbres, melodias me presentan un poco de envidia por ese tipo de sensibilidad que me falta, la misma falta de sensibilidad, supongo, en este caso gustativa que tengo que reconocer en una figura cumbre de nuestra cultura, Platón. Hay un pasaje inesperado en su República en la cual, dialogando con su interlocutor imaginario le pregunta qué habrá de cierto en los elogios que los vendedores de vino hacen de sus productos cuando hablan y definen la transparencia, el gusto, la densidad, los colores, las evocaciones floreales o minerales que presentan (como lo siguen haciendo hoy en día). Sospechando que soy simplemente una rústica caja de resonancia que se afina solo y únicamente para emocionarme por lo que escucho, reconocer que no poseo aquel tipo de sensibilidad es mucho más fácil que aceptar que Platón no tuviera ese don para definir un vino. Nada grave al fin y al cabo pues humanos somos. Muchísimas por el elogio de esta sinfonía que continúa a emocionarme, nada más.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*