
El verano es el laboratorio de pruebas de la infancia. El momento en que los niños se testean y superan lindes que van desde cazar lagartijas en edades tempranas a graduarse en teoría del beso en cursos ya avanzados. Y el lugar ideal para ponerse a prueba son los pueblos de los tíos, abuelos y demás sucedáneos añejo-parentales. Lugares que se transforman en extraordinarias incubadoras cuánticas durante los meses de verano. Limbos atemporales en los que, de pronto, se pega el estirón, donde a los púberes se les pone esa voz estrábica tan graciosa y cuando las jóvenes descubren, en sus propias carnes, por qué las carretas ya no tiran tanto. Y de ese caldo de cultivo bebe Gravity Falls.
Así que todo empieza de la manera que os imagináis, cuando Dipper y Mabel, los divertidos gemelos de esta historia (doce años), son empaquetados por sus padres y enviados a lo más parecido a un gulag en la Tierra: el pueblo de su tío Stan, Gravity Falls. Lo que pinta como las vacaciones más aburridas de sus cortas vidas se acaba convirtiendo en una alucinante estancia, o dicho de otro modo, las vacaciones soñadas por Mulder y Scully. Es una lástima que este par de agentes del FBI se lo tomaran todo tan a pecho, porque, de haber tenido la frescura y simpatía de Dipper y Mabel, se habrían echado unas risas a costa de tanto ovni y de aquel hombre en la sombra que solo fumaba para hacerse el interesante.
Y es que estos gemelos son pura genialidad. Ella, Mabel, debe ser hija de un cencerro y una regadera, porque es la adolescente más alocada de la televisión. Es ingeniosa, temeraria y no le hace ascos a nada. En un capítulo puede estar entregando su corazón a un novio zombi —brillante inicio de una temprana carrera amorosa— y en el siguiente cabalgar a lomos del caballo blanco, poniéndose hasta la diadema de polvos picapica alucinógenos.
Él, Dipper, es un listillo despeinado con pretensiones de Indiana Jones. Dipper es la exploración elevada a la enésima potencia, y sus padres lo han ido a soltar en el lugar ideal. Gravity Falls oculta peligros y, como hermano mayor que es —nació unos segundos antes y esa experiencia vital debe hacerse notar—, siente el deseo de proteger a su hermana y no dejar ni títere con cabeza ni misterio sin resolver.
No obstante, de nada serviría tener unos personajes tan redondos si no tuvieran un patio de juegos a su altura. Gravity Falls es un parque temático del misterio. Este pueblo de Oregón está poblado hasta la bandera de rednecks (paletos), tiene un bosque habitado por gnomos que vomitan en arcoíris y cuenta en su catálogo de electrodomésticos con fotocopiadoras que clonan personas solo por gastar tóner… y pobre de ti como se te atasque el papel.
A los pocos episodios uno se espera ya cualquier cosa de un pueblo en el que está legalizado que un hombre se case con un pájaro carpintero, y que encima lo llamen matrimonio. En Gravity Falls no tienen filtro, viven asilvestrados, así de bien les va, porque pueden estar pagando la cuenta del bar con billetes negativos de menos doce dólares y, al segundo, estar metidos hasta los tirantes en una menestra conspiranoica de masones, iluminatis y gobiernos en la sombra.
Esto nos lleva a una de las grandes virtudes de esta ficción creada por Alex Hirsch. Capítulo a capítulo se va desarrollando una curiosa y sorprendente trama horizontal, con el tío Stan y su Cabaña del Misterio como epicentro. Un negocio ruinoso dedicado a timar a los turistas con total descaro, pero que esconde secretos que le subirían los colores al cadáver de Laura Palmer.
Cierto es que, pese a que en la serie asoma algún guiño surrealista al estilo de David Lynch, no vamos a encontrar en Gravity Falls la versión adolescente de Twin Peaks. No hay que olvidar que estamos ante un producto de la factoría Disney y eso tiene su intríngulis, como por ejemplo que todo el condenado pueblo huela, al final de cada episodio, al tufo moralista que intenta colar la compañía de Mickey Mouse por los siglos de los siglos.
Con todo y con eso, no deja de sorprender que este hilarante acoso y derribo al ingenio infantil haya sido forjado en la misma factoría que ensambló a Hannah Montana. Por suerte para todos, Dipper y Mabel son demasiado inteligentes para abandonar su adolescencia lamiendo martillos sobre bolas de demolición. Esperemos, por el bien de nuestras pensiones, que su público también lo sea.








Maravillosa.