
En la bellísima película En la alcoba del Sultán (Javier Rebollo, 2024), los personajes, jugando a hacer cine en una época en que el cine aún estaba naciendo, se preguntaban: ¿las imágenes tienen alma? Y se lanzaban a la comprobación empírica de la única forma en que sabían hacerlo: con una cámara, un proyector y celuloide. Pues aquí estamos, siglo y cuarto después de aquellos pioneros, tratando de responder aún a la misma pregunta, aunque el sentido común nos dice que por fuerza la respuesta ha de ser afirmativa. La última indagación al respecto viene de la mano de Guillermo del Toro, que de almas y de imágenes entiende mucho.
Una adaptación, ya deberíamos saberlo, no es necesariamente mejor por ser más fiel a su material de origen. Tampoco peor. Ejemplos sobrados ha habido de malas películas fieles y excelentes traiciones literarias. Pero llegaba de Venecia este Frankenstein (y de Donosti y Sitges) con el runrún de que se trataba de una de las traslaciones más cercanas a la novela de Mary Shelley. Y, en fin, nada más lejos de la realidad: Guillermo del Toro se toma algunas libertades que harían palidecer a James Whale. Pero es justo ahí, en su infidelidad, donde reside su alquímico hechizo.
Junto al Drácula de Bram Stoker, la novela de Shelley es una de las obras de la literatura fantástica que ha sido llevada a la pantalla en más ocasiones. Y, como le sucediera al vampiro, raras veces las películas han recogido la trama e incluso el espíritu del libro de forma fidedigna. En el caso de Frankenstein, además, la enorme fuerza icónica que alcanzó la versión de la Universal de 1931, con aquel Boris Karloff de cabeza plana y escasa inteligencia, ha eclipsado hasta la actualidad a la trágica y elocuente criatura soñada por Shelley durante una lejana noche de tormenta y cuentos de fantasmas en Villa Diodati. Ni siquiera la Hammer consiguió lo que sí había logrado con su Drácula, situando a Christopher Lee a la altura de Béla Lugosi en el panteón de los monstruos fílmicos. El (monstruo de) Frankenstein de Karloff se ha mantenido intacto hasta hoy en el imaginario popular y, en ese sentido, Del Toro sí viene a restituir a su criatura ciertos elementos clave de la novela: fundamentalmente, su inteligencia y su sensibilidad. Pero el film no se esclaviza al original, y si lo que quieren son adaptaciones fieles, hay un puñado que lo son mucho más que esta, en televisión y cine: desde el telefilme escrito por el mítico Dan Curtis en 1973 hasta el producido por Hallmark (sí, la de las TV-movies navideñas) de 2004, pasando por la nada desdeñable propuesta de Kenneth Branagh de 1994.
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Mi corazón
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Lo más sorprendente es que todavía haya quien crea en la existencia del alma.