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Intimidad y poesía

Intimidad y poesía
Una lectura de poesía beat en Nueva York, 1955. Fotografía: Susan Wood / Getty.

La intimidad, en poesía, se entiende a menudo como el resultado de un despliegue emotivo, de sentimientos. Pero la intimidad es otra cosa; una muy diferente no en grado, sino en sustancia. No tiene nada que ver con lo efímero, lo sentimental, las bajas pasiones y apetitos que asedian a las vidas desordenadas. La intimidad poética es espiritual y, por lo tanto, inefable e incomunicable. Siendo así, un poeta no puede usar las palabras para intentar comunicar un estado. Es una tarea ilusoria.

A lo más que puede aspirar un poeta es a que una sabia elección de sonidos y silencios genere una vibración que resuene en quien lee, reproduciendo así con mayor o menor fidelidad una experiencia a través de un proceso ignoto, uno que nadie ha sabido precisar por la sencilla razón de que, si se pudiera describir su mecánica, la poesía dejaría de pertenecer al ámbito de lo metafísico, ese reino de lo subjetivo, irracional y personalísimo. Cesaría, pues, de resultar útil como forma única de conocimiento humano.

Cuando leo y entiendo a Emily Dickinson, no es el conocimiento de sus vivencias —tan diferentes de las mías— lo que pulsa una cuerda en mi interior, sino sus versos, que operan como un conjuro. Leyendo algunos de sus poemas me transformo, por un instante, en Emily Dickinson. La lectura de «Las nanas de la cebolla», de Miguel Hernández, también me conmueve porque el poeta ha accedido a compartir conmigo su espacio familiar más sagrado de una forma tan bien trabajada que la invitación y su arte me permiten entrar en comunión con su vivencia. Lo mismo sucede cuando Amalia Bautista encuentra la luz en los pies de sus niñas: se ilumina un rincón de mi interior cuando releo unos versos que me transportan a lo bueno, lo noble y lo bello.

Esos poemas —y muchos más, como los de Clara Janés— son regalos que nos permiten penetrar a hurtadillas, como invitados, en el mundo reservado de otras personas, de unos seres generosos que no han dudado en abrirse para compartir una experiencia personal que consideran valiosa.

La poesía y sus capacidades para la exploración de lo íntimo no se limitan al verso. El intimismo de Martín Gaite en su novela El cuarto de atrás no estriba en la forma; Marina Mayoral también explora lo personalísimo en Bajo el magnolio, otra novela; y pocas veces ha llegado la literatura española a cotas tan altas de lirismo como en Los hijos muertos, de Ana María Matute. Al hilo de esta última novela, no todas las habitaciones de lo íntimo están abiertas para cualquiera. El tratamiento de la maternidad, espacio íntimo por antonomasia, nos es inaccesible a los hombres. La paternidad es otra cosa muy diferente. Importante también, pero otra cosa. Sucede lo mismo con experiencias traumáticas, como las de Todo lo que tengo lo llevo conmigo, de Herta Müller, o lo que escribió Tomas Tranströmer.

Ambos autores resultan accesibles incluso traducidos. Sucede así gracias precisamente a la sustancia poética que logran destilar para que quepa en otro lenguaje. Así podemos, si no comprender, sí atisbar algún destello de sus experiencias. Esta virtud no es la norma, porque la lírica suele estar ligada al uso de la palabra exacta, y por ello a su idioma original. Sucede con Juan Ramón Jiménez. Es complicado que sus versos logren pulsar la cuerda precisa cuando se vierten al inglés. Pocos extranjeros que no dominen el español han entendido Platero y yo, aunque hay nativos que tampoco logran penetrar en ese libro porque no se dan cuenta de que no es la historia de un señor estrafalario y un adorable burrito, sino la identificación de la mirada del poeta con la de Platero y su manera de percibir el mundo; de ver el pueblo de Moguer —un micromundo que resulta ser todo el universo y todo lo que importa— a través de la sensibilidad pura de un animal. Pocas herramientas literarias hay capaces de afinar tanto la sensibilidad como ese libro. Platero, en su blancura suave de algodón y su trotar infantil, pertenece al reino de lo más íntimo. Su inocencia nos saca de la mirada vulgar y prosaica de nuestro entorno y nos enseña la puerta de otro universo. Y es la conciencia de la muerte del animal, su futuro entierro bajo el pino grande y redondo, lo que nos la abre. Esa presencia, ese presente, enseña al joven y torpe poeta a sentir el mundo, transmutándolo hacia un nuevo estado.

La muerte de un ser querido es materia poética tradicional. Todos hemos estudiado los poemas de Petrarca a su amada Laura y de Jorge Manrique a su padre; poemas que conmueven tanto por el tema como por su serenidad. El valor de la buena poesía se multiplica cuando comprendemos que el tratamiento de una experiencia tan terrible no tiene por qué ser íntimo. No todos consiguen lo que lograron estos poetas, o Umbral en su Mortal y rosa, ese monumento a la sublimación del dolor a través del arte de la palabra. Otros que han descrito la muerte de un hijo han caído en el exhibicionismo impúdico de su dolor a través de páginas carentes de profundidad y plagadas de trampas efectistas para pulsar la tecla sensible, en vez de dar cuenta del abismo que se abre ante el que queda. Solo el trabajo febril y desesperado para crear belleza puede amortiguar, algo, una pérdida que no se puede comparar con ninguna otra. Y ahí hace falta no solo técnica y arte, sino tiento y una aproximación oblicua.

Porque, a menudo, a la intimidad poética se accede de soslayo. Gran parte de la eficacia de la poesía reside en la insinuación. Lo explícito rara vez funciona. Nuestro diapasón interno resuena ante el poema de Rosalía de Castro (famoso por la canción de Luz Casal) que alude a una misteriosa sombra, pero no lo hace frente a una de esas exageraciones expresivas en las que caen quienes no se dan cuenta de que solo explicando su caso no consiguen transmitir lo trágico, ni convertir su experiencia en memorable, sino que más bien revelan que su triste estado es fruto de una serie de decisiones erróneas y de daños autoinfligidos. Rosalía es contenida, simbólica, recatada, modesta, universal. No hay afectación en ella. Y es eso lo que permite establecer una conexión.

Sí se percibe artificio, a veces, en otros poetas. Da la impresión de que estuvieran más interesados en llamar la atención, o en que se note lo listos que son, que en el arte; en la lírica. No se esfuerzan en compartir con sencillez una vivencia. Gritan desde una desesperación real, pero epidérmica, anteponiendo el deseo de ser vistos, rescatados y queridos —que les hagan casito— a esa indagación profunda en el sentimiento que les podría hacer alcanzar por sí mismos la superficie. Qué diferencia con Rosalía de Castro, ella sí indefensa, condenada, inerme ante circunstancias que la sobrepasan. La misma diferencia entre Ana Ozores y la señora de Bovary.

Conecto por lo mismo, por la autenticidad, con Jo Shapcott o con Carol Ann Duffy, pero me cuesta hacerlo con la legión que dedica las estrofas a lloriquear por trivialidades adolescentes o a intentar convencernos de lo mucho que sufren injustamente por razones siempre ajenas a ellos mismos. Nada más lejos de la intimidad que un desnudarse exhibicionista.

En principio, lo erótico y sensual sería propicio para el tratamiento de lo íntimo en la poesía, pero cuando los malos poetas tratan esas vivencias pocas veces logran vencer la barrera de la molicie para transmutarlas en lo que hay detrás del mero ejercicio físico, las risas y el sano intercambio de fluidos. Hay mucha gente que confunde la intimidad sexual entre dos personas con contarnos detalles más o menos escabrosos de su vida privada en forma de verso, así como otros la usan como un arma para la política y el activismo, como si el verso fuera a ser más eficaz que un buen recurso contencioso-administrativo o la tribuna de un periódico. Relegar lo profundo a favor de la exposición impúdica de lo sentido o del panfleto conduce a una escritura imperfecta que se quiere hacer pasar por poesía porque está compuesta de una determinada manera en la página, pero que no lo es. Las mesas de las librerías están llenas de vulgares declaraciones de necesidades fisiológicas, carencias afectivas, desesperación angustiosa porque las cosas no sean como a uno le gustaría, manifiestos no solicitados, peticiones de compañía o relaciones, y exhibiciones de complejos varios, todo ello envuelto en una falta de destreza y conocimiento técnico que, si no afecta a la poesía, es porque esta es inmune a las carencias de sus peores practicantes.

Por suerte, la poesía —como la intimidad— es fértil y ubicua. Te la puedes topar en cualquier sitio. Fui a Islandia buscando paisajes, hielo y fuego, y descubrí una literatura. Así, encontré a Laxness, que exploró varias dimensiones de la intimidad en su retrato de una Islandia rural que quizá nunca existió en los detalles, pero sí en su esencia. La naturaleza inhóspita de la isla ofrece grandes posibilidades para la introspección de sus habitantes, y los poetas islandeses —los de después de las sagas— han sido fértiles en el cultivo de sus vivencias profundas, las únicas que parecen capaces de arraigar en la soledad de un medio ambiente tan hostil. Pállson («Mi casa»), Eldjárn («Bueno y malo»), Guðmundsson («Pienso en ti»), Valdimarsdóttir («En el viejo patio de iglesia»), Sjón («Brujería») han explorado de diferentes maneras la intimidad, con mayor o menor éxito, pero La luz del mundo, de Laxness —de nuevo una novela—, les supera en calidad poética. El pobre y desvalido protagonista de la historia y su búsqueda siguen conmoviendo y aportando más y más luz sobre una naturaleza humana que no es accidente que sea tan parecida en todos los lugares. Estoy convencido de que encontraré los mismos víveres para mi viaje en las literaturas que aún no conozco.

Queda hablar del amor. La intimidad del amor en la poesía es quizá el aspecto más maltratado por los que aspiran a vivir de la poesía. Confundido a menudo con lo sensual, emborronado con otra cosa que no tiene nada que ver, el deseo; el amor, en su aspecto de encuentro entre dos seres, se ha venido expresando con tantas variantes como los destellos de un diamante bien tallado. Pero pocas obras han tratado de la sustancia primera, el milagro que sucede cuando de repente se derriba el muro que separa a dos seres. Lo logró Salinas en La voz a ti debida, una obra que quizá como ninguna otra epitomiza la expresión de la intimidad en esa manifestación del amor.

Lo cotidiano y familiar ha sido también materia de intimidad poética, pero el grado supremo de la intimidad en poesía —y del amor— habita en la mística. Clarice Lispector se acercó mucho a ser capaz de transmitir una experiencia inefable gracias al trance que induce su prosa, en la que la repetición incesante de la misma estructura consigue hacernos olvidar el acto de la lectura para entrar en resonancia con lo que está más allá del espacio y del tiempo. La dificultad casi insalvable que encuentra la mayoría de la gente para leer La pasión según G. H. sin perderse a cada frase se debe, no a que la prosa sea intrínsecamente difícil, sino a que trata experiencias y conceptos que solo conoce una exigua minoría de iniciados.

Y es que la poesía también exige una ceremonia de paso. Hay un libro prodigioso que recoge el rito de iniciación del neófito a la poesía, el proceso de entrada al conocimiento de que existe un reino, el poético, muy diferente del cotidiano. El Alfanhuí, de Ferlosio —sin duda su mejor libro—, no solo recorre, sino que propicia ese proceso imborrable que solo se puede dar una vez en la vida y que cada lector de poesía ha experimentado de una forma diferente, a menudo con libros disímiles. En mi caso fue Eliot, y luego Whitman; pero otras personas entraron en este jardín a través de Lorca o de Machado. La iniciación solo puede suceder una vez, porque el secreto no puede dejar de saberse una vez conocido ni, por su naturaleza particular, ser olvidado. Es una experiencia transformadora tras la cual el mundo no se puede volver a ver igual.

Los místicos clásicos, san Juan de la Cruz o santa Teresa de Jesús, comprendieron enseguida que lo más íntimo no puede ser comunicado. La descripción de santa Teresa de las estancias de su alma, de su camino hacia lo más profundo del castillo interior, repite sin cesar esa idea, excusándose a cada paso por la inevitable pobreza de la lengua incapaz de expresar con propiedad lo inconmensurable, lo infinito e intemporal. San Juan de la Cruz, por su parte, sublima la metáfora antigua del amor carnal. Otros emplean técnicas diferentes. Los procedimientos tan particulares que tiene la poesía para vivir la experiencia generan una inevitable confusión entre los que no entienden de estas cosas. Eso no es un problema, porque no es para ellos. Los que saben se sumergen despacio en la belleza de los versos para inducir en sí mismos las experiencias que otros dicen haber tenido. Ha de hacerse así no solo porque lo espiritual es íntimo por naturaleza, sino porque no puede ser dicho ni explicado. No podemos decir nada sensato sobre ello: solo podemos mostrarlo, ponerlo en movimiento, ejecutar la liturgia que imita al acontecimiento o repetir el acto una y otra vez con la esperanza irracional (o más bien, fuera del ámbito de la razón) de que produzca una chispa que nos conecte, por simpatía, con la fuente.

El gran obstáculo que lastra el acceso a lo íntimo a través de la poesía es no aceptar la idea de una realidad ajena a lo sensible, una a la que de alguna manera se puede acceder por una resonancia inexplicable entre universos disjuntos. Pero este obstáculo es como el gigante Talos de la mitología griega. Parece formidable e invencible, pero tiene un punto débil que lo hace colapsar. En este caso, su talón de Aquiles es la epifanía de que el que pueda haber cosas más allá de lo cognoscible y que podamos vislumbrar de alguna manera no es incompatible con llevar una vida guiada por la razón, ni con la certeza de que el camino del progreso humano es ceñirse a lo empírico como piedra de toque para distinguir lo que no son más que fantasías de lo que sigue ahí cuando dejamos de creer en ello. Solo lo físico puede ser social e interpretable. Lo metafísico es personal e incomunicable. Esto bien lo sabía el mismo Wittgenstein —el gran iluminador de los oscuros y estériles laberintos verbales de los filósofos—, un místico en su esfera privada, como comprobaron con estupefacción las mentes brillantes de Cambridge cuando por fin conocieron al «último filósofo»; la persona que acababa de dar carpetazo a siglos de filosofía.

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