Sociedad

Teletrabajo, rutina a solas contigo mismo

Teletrabajo, rutina a solas contigo mismo

Mucho antes de que la pandemia permitiera a tanta gente probar las mieles del teletrabajo, me tocó aventurarme en solitario en esta modalidad de curro que yo consideraba, sin lugar a dudas, el cielo. Eran muchos años levantándome a las siete, a veces incluso a las cinco o las seis, y sintiendo, cada vez que entraba en el metro, que me estaba muriendo por dentro.

No exagero cuando digo que fantaseaba con salir un día de la estación y encontrarme un hongo nuclear en el horizonte que indicase que sí, íbamos a morir todos de forma horrible, podridos por la radiactividad o devorados por caníbales en la anarquía posapocalíptica, pero al menos yo en ese momento habría podido volver a casa y meterme otra vez en la cama.

En Madrid te cagabas de frío al salir a la calle, te tenías que envolver en un montón de ropa y luego dentro del vagón te cocías, te asabas. Si te quitabas la ropa, ibas con todos los bártulos en la mano, sudando igual. Y cuando estabas ya empapado, volvías a salir a la calle, a menos dos grados, y te helabas.

Llegar a casa era igual de patético. De nuevo el metro a reventar; yo a veces prefería tardar hora y media e ir andando, pero por lo menos no pasar por ese estado de compresión de la materia. No creo que la evolución humana haya previsto el paso a un homo zip que pueda soportar esos traslados.

Y luego el concurso. Tienes dos horas para hacer la compra, preparar la cena y la comida del día siguiente y ducharte. Cuando acababas, los cuarenta y cinco minutos restantes eran lo que podías llamar vida. Abrir un libro era utópico, te quedabas sopa en dos páginas. Ver una serie era un peligro; como fuese buena, ya le robabas dos horas al sueño. Entre eso y la noche de Champions, que acababas bebiendo, el jueves lo que depositabas en la oficina era un cadáver humeante.

Probé todo tipo de formatos. Pasé por currar los fines de semana, pero luego llegaba el lunes y, cuando empezaba mi vida, no había nadie al otro lado. El resto empezaba su semana. La gracia de salir las noches del lunes y el martes, con los de la hostelería que habían trabajado el fin de semana, otros periodistas, policías varios y gente de mal vivir en general, pues tenía gracia el primer mes.

Luego la cosa se me recrudeció. De noche y con fines de semana incluidos. Comencé a habitar una dimensión desconocida, un universo paralelo en el que disfrutaba de una buena película a las cinco de la tarde mientras desayunaba con un café bien cargado, para, al terminar, ducharme y tirar para el metro viendo las caras de los que vuelven del tajo. En España son de asco; en Nueva York pude comprobar que iban como bebés, todos dormidos en posturas inverosímiles y con las caras aplastadas contra la ventana. Lo llamé el verdadero sueño americano una vez que pasé por allí.

Hasta que logré escapar. Apañé colaboraciones suficientes aquí y allá que me permitían dejar el trabajo, aunque cobrase la mitad, para quedarme a trabajar en casa. Aquello sonaba a música celestial. Levantarse de la cama y no tener que ir a ninguna parte. Comerte marrones, muchos, pero no tener que ir a ningún lado era como el descanso eterno, no se le podía pedir más a la vida.

Así empezó la nueva vida y es de no creer cómo acabó. No sé cómo se hizo la transición, la metamorfosis, pero en cuestión de cinco años había engordado casi veinte kilos, tenía un pelo ideal para 1971 y no sé cómo me las arreglaba que me sentaba delante del ordenador sobre las diez de la mañana y lo apagaba sobre las diez de la noche. Por no mencionar mis ropajes, en cuanto me quise dar cuenta estaba más desfasado estéticamente que Hernández Mancha ataviado de sport. Aparte, salía a la compra con la ropa de estar en casa, lo que valdría como elogio del grunge si cuela y, si no cuela, pues a explicar que no duermes en la calle.

Había ventajas. A mí siempre se me ha dado bien trabajar a impulsos. Obtener la energía de la curiosidad. Si algo me molaba, así, de primeras, sin tocar, meterme a leer de lleno sobre ello pasando de todo lo demás, solo porque en un momento dado me había apetecido, estaba muy bien. No tenía que dar explicaciones a nadie. Ahora, el fin de semana acababa trabajando también cumpliendo con mis obligaciones. Consecuencias del arrebato.

Pero hay algo que pesa mucho más que eso como no trates de evitarlo. Corres el riesgo de vivir con las perspectivas vitales de un hámster. Te levantas, vas a una habitación y, cuando acabas, a la cocina y de ahí al salón. Y repites esto hasta la saciedad. Todos los días. Llega el viernes y ¡noche loca! ¡voy al salón otra vez!

Al final, los que trabajamos en casa estamos solos, pero no estamos solos en esto. Los metaanálisis de los estudios que han investigado el teletrabajo concluyen que, si este es prolongado, deteriora la motivación, la producción y el compromiso organizativo. Rigurosamente cierto: he visto a muchos camaradas caer por este problema. La procrastinación se va apoderando de ellos, van bajando el pistón del volumen de trabajo, empiezan a aparecer siempre a última hora, a pasarse los plazos y, por esa vía, acabar pasándose por el forro absolutamente todo. Como penitencia, vuelven al trabajo organizado y presencial.

El hombre es un lobo para el hombre y un borracho que se caga y se mea encima para sí mismo. Cuando solo dependes de ti para organizarte, dependiendo de qué pasta estés hecho, puedes acabar mostrándole a los demás la integridad personal de un niño de seis años en una tienda de chuches cuyo dependiente ha caído fulminado por un infarto.

Dicen los expertos que el teletrabajador sufre una brecha entre las relaciones sociales deseadas y las efectivamente mantenidas, lo que conduce a una percepción de aislamiento y menor sentido de pertenencia. Así aumenta la fatiga emocional, la falta de concentración y el descenso de la autoeficacia profesional.

El trabajador aislado pierde conexión emocional con el equipo; aparte, la escasez de interacciones cotidianas y la falta de contacto informal con otras personas pueden conducir a una depresión leve, irritabilidad y desconexión de la tarea, que al final se vuelve a caer en el círculo de desmotivación y bajo rendimiento.

La pérdida de creatividad por la falta de comunicación con profesionales del ramo en el día a día se entiende perfectamente, pero más interesante es el absentismo psicológico. Dícese del trabajador que «está conectado, pero no está presente». Debido, claro está, a que en su casa puede hacer lo que le dé la gana sin ser molestado. Mi conversión en una suerte de The Dude Lebowski se queda en nada al lado de historias que he oído, como desayunar tu yonkilata de buena mañana y encender el ordenador para acabar con serios problemas con el temita; casos de masturbación compulsiva y agotadora —una cada dos horas es lo que puede dar de sí un ser humano, leí a uno en un foro—. Añádanle al cóctel todas las drogas que se les ocurra en combinación con cualquier parafilia en libertad en la soledad de su estancia, bien regado de psicofármacos con prescripción médica, y se completa el cuadro. Y es aquí donde viene la noticia bomba. Muchos veinteañeros que han tenido la suerte de incorporarse por primera vez al mercado de trabajo solo han conocido este modelo, que dios les guarde muchos años.

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