Sociedad

La pornografía del bienestar: cómo convertimos la serenidad en espectáculo y el cuerpo en proyecto empresarial

Foto Syed Shameel (CC) bienestar
Foto: Syed Shameel (CC)

Pensemos en esa imagen de una esterilla perfectamente alineada sobre un suelo de madera clara, en la botella de agua reutilizable colocada con estudiada negligencia junto a un cuaderno de tapas beige donde alguien ha escrito, con caligrafía redonda y aplicada, tres gratitudes del día. La escena es silenciosa, luminosa, supuestamente íntima, pero está diseñada para ser vista. Lo que se exhibe no es el sudor ni el temblor del músculo sosteniendo la postura, tampoco la duda ni la fatiga, sino una idea estilizada de equilibrio que ha sido domesticada hasta volverse compartible. La serenidad, convertida en imagen, ya no pertenece a quien la experimenta, sino a quien la contempla desplazando el dedo sobre la pantalla.

En esa mutación imperceptible, que ha tenido lugar en apenas dos décadas, el bienestar dejó de ser una práctica discreta y se transformó en una narrativa pública. Hacemos yoga, meditamos, controlamos la respiración, registramos el sueño, contamos los pasos, reducimos el azúcar, limitamos las pantallas, escribimos diarios de emociones, escuchamos pódcast sobre productividad consciente, asistimos a retiros en antiguas masías restauradas donde se nos enseña a desconectar mientras pagamos por estar disponibles a una nueva forma de exigencia. El cuidado de una misma, que en otro tiempo fue un gesto de resistencia íntima frente a la brutalidad del mundo, hoy circula como una obligación socialmente legitimada y económicamente rentable. El cuerpo se ha convertido en proyecto empresarial. No en el sentido metafórico con el que antaño hablábamos de «invertir en salud», sino en una literalidad inquietante donde cada variable fisiológica es susceptible de medición, cada hábito es optimizable y cada desviación se interpreta como fallo de gestión. Dormir mal deja de ser una contingencia biológica y pasa a ser un error estratégico. Comer con ansiedad revela una mala planificación emocional. Sentirse agotado equivale a no haber sabido distribuir adecuadamente la energía. El sujeto contemporáneo internaliza la lógica del rendimiento hasta en la forma de descansar, transformando el ocio en entrenamiento y la pausa en herramienta de mejora.

La industria que se despliega alrededor de esta nueva moral del equilibrio no es pequeña ni improvisada. Aplicaciones que prometen reprogramar la mente en diez minutos diarios, pulseras que vibran cuando el nivel de estrés supera el umbral aceptable, suplementos alimenticios que aseguran claridad cognitiva, libros que garantizan hábitos infalibles, entrenadores que ofrecen versiones premium de la calma. Todo se presenta con un lenguaje amable, casi terapéutico, que apela a la autenticidad y a la conexión interior, mientras consolida una estructura económica basada en la reiteración de la carencia. Siempre hay algo por ajustar, un pequeño margen de mejora, una versión más afinada de una misma aguardando al otro lado de la suscripción mensual.

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