
El videoclub de mi barrio murió un martes, o eso quiero creer, porque los negocios pequeños deberían morir entre semana, cuando la gente trabaja, los autobuses van llenos y nadie tiene tiempo de reparar en el cadáver. La persiana apareció bajada una mañana cualquiera, sin esquela, sin cartel de despedida, sin una última oferta de tres películas por el precio de dos, que habría sido lo mínimo exigible a una institución que durante años administró nuestra idea del deseo desde una esquina con fluorescentes parpadeantes y pósteres plastificados por el sol.
Tampoco era un gran videoclub. Es mejor aclararlo antes de que la nostalgia empiece a maquillarlo como una filmoteca de barrio atendida por un sabio con chaleco de punto, fumador de Ducados, capaz de recomendar una película húngara sobre campesinos taciturnos a un adolescente que solo había entrado buscando La jungla de cristal. El nuestro era bastante vulgar. Olía a plástico, a ambientador barato y a moqueta húmeda. El dependiente tenía una uña larga en el meñique, como para catar cocaína o para prospeccionar mocos, la televisión puesta sin sonido y una manera de mirar a los clientes que convertía cada alquiler en una leve transacción ilegal. En la pared del fondo había una sección para adultos separada por una cortinilla tan inútil como emocionante, porque todo el mundo sabía qué había detrás y todo el mundo fingía que no lo sabía con una solemnidad propia de concilio vaticano.
Yo descubrí allí varias formas de la vergüenza.
La primera consistía en elegir una película demasiado infantil cuando ya tenías edad para fingir que te interesaban los asesinos en serie. La segunda, en devolver tarde una cinta y escuchar cómo el dependiente pasaba el carné por aquella máquina que parecía dictar sentencia. La tercera llegaba al preguntar si tenían una película cuyo título no sabías pronunciar. A veces lo resolvías señalando la carátula desde lejos, como si pidieras medicación en una farmacia extranjera. A veces inventabas una descripción torpe, «la de uno que va en coche por el desierto y pasan cosas raras», y el dependiente, sin levantar mucho la cabeza, decía Carretera perdida, mientras tú asentías con gratitud desproporcionada.
Los videoclubs enseñaban una cosa que ahora resulta incómoda. Uno entraba sin saber del todo qué quería. Esa ignorancia tenía una calidad ética y estética. Había que recorrer pasillos, agacharse, leer sinopsis escritas por gente que probablemente tampoco había visto la peli, dejarse engañar por una portada, arriesgar una tarde de sábado en una cinta absurda. La elección tenía peso porque se pagaba, porque había que devolverla, porque la familia entera podía acabar sentada delante de un desastre del que tú eras culpable. Hoy la abundancia no nos ha vuelto más libres, solo más suspicaces. Miramos catálogos infinitos con la concentración de quien sospecha que la felicidad está escondida tres filas más abajo, en una miniatura que el algoritmo todavía no ha tenido la decencia de ponernos delante. En aquel local aprendí que la cultura popular no llegaba ordenada, limpia, bendecida por nadie. Llegaba mezclada y un poco manoseada. Chaplin dormía cerca de Steven Seagal. Bergman compartía estantería con una comedia de adolescentes cuyo reclamo era una tarta maltratada. Las películas de terror tenían portadas mejores que muchas películas de terror. Los clásicos se acumulaban en un rincón, con esa tristeza de los parientes ilustres a los que se invita por obligación. El cine español ocupaba una zona ambigua, demasiado cerca de la caja, como si incluso los muebles dudasen sobre su prestigio. A los doce años, todo aquello parecía una cartografía del mundo adulto, con sus puertas mal cerradas y su comercio de promesas.
Había también una educación sentimental involuntaria. La primera vez que vi una película de David Lynch fue por error, y durante semanas creí que los adultos vivían así por dentro, con cortinas rojas, carreteras vacías y conversaciones donde nadie contestaba exactamente a lo que se le preguntaba. La primera vez que alquilé una de Woody Allen lo hice porque una chica de clase había dicho que le gustaba, y pasé noventa minutos sin entender gran cosa, salvo que la neurosis podía servir para ligar si uno era lo bastante rápido hablando. De Almodóvar aprendimos que las casas de la gente no se parecían a nuestras casas y aun así hablaban de cosas que estaban en la cocina de cualquiera. De las películas malas aprendimos más de lo que admitimos, porque una película mala vista en el momento adecuado deja un residuo muy parecido a la felicidad. El videoclub era cutre, sí, pero la cutrez tiene su cosa. Nada estaba diseñado para protegernos de nuestro propio mal gusto. El adolescente que fui pudo alquilar bazofia con absoluta libertad, y esa libertad, contemplada ahora, resulta privilegiada. Nadie le dijo que aquella película de artes marciales de saldo perjudicaba su perfil cultural. Nadie le recomendó «títulos similares». Nadie decidió por él después de haber estudiado durante meses su conducta. Se equivocó solo. Conviene recordar la importancia de equivocarse solo en una época que ha convertido la recomendación permanente en una especie de niñera luminosa.
Una tarde entré para alquilar El exorcista. Mi madre me había prohibido verla con esa firmeza supersticiosa de quien no cree en el demonio, pero tampoco quiere provocarlo. El dependiente me miró, miró la cinta, miró mi cara, y dijo que si luego no dormía no era asunto suyo. Me la llevé como quien cruza una frontera. Aquella noche no pasé miedo cuando la niña giró la cabeza, ni cuando vomitó aquella sustancia que parecía puré radiactivo, sino al día siguiente, al devolver la película y verla de nuevo en su caja, quieta, disponible para otro. La posibilidad de que el terror volviera a entrar en circulación me pareció mucho más inquietante que el terror mismo.
Años después, cuando el videoclub cerró, nadie organizó una despedida. La tienda se convirtió durante un tiempo en una inmobiliaria con fotos de pisos luminosos, y luego en un centro de depilación. Pasé por delante varias veces con una punzada absurda, impropia, como si me hubieran cambiado un recuerdo de sitio. En el escaparate, donde antes Humphrey Bogart apuntaba con una pistola desde un póster descolorido, alguien había pegado una oferta de ingles.
No quiero hacer épica de aquello. Sería ridículo levantar una catedral funeraria por un negocio donde me cobraron multas injustas, donde las cintas venían a veces rebobinadas a medias y donde un señor con caspa decidía si uno era lo bastante mayor para llevarse una película con muslos en la portada. Pero me cuesta no pensar que algo de nuestra relación con las imágenes se quedó allí, entre cajas de VHS y recibos térmicos. La espera, por ejemplo. La pequeña humillación de encontrar alquilada la película que querías. El regreso a casa con una segunda opción que acababa siendo mejor precisamente porque no la habías deseado tanto.
La vida adulta se parece mucho a eso, aunque lo descubramos demasiado tarde.
El videoclub de mi barrio no merece una placa. Tampoco una lágrima pública. Murió como mueren las cosas que parecían estar ahí desde siempre, tragado por una economía que no odia los recuerdos, solo necesita locales mejor aprovechados. A veces, cuando abro una plataforma y paso veinte minutos sin elegir nada, recuerdo aquel suelo pegajoso, aquella cortinilla miserable, aquel hombre con la uña larga diciéndome que Carretera perdida se devolvía el lunes. Entonces cierro el catálogo y me quedo un rato mirando la pantalla negra, donde todavía se refleja una versión de mí mismo que entra en un sitio diminuto, paga en monedas y cree que el mundo cabe durante dos noches en una funda de plástico.






