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¿Por qué en las novelas se folla cada vez menos?

Ilustración de Pablo Amargo. por qué en las novelas se folla menos
Ilustración de Pablo Amargo.

Algunos artículos hay que empezarlos con una fórmula ritual, como si uno se dispusiera a invocar poco menos que al demonio. Allá vamos: hay de todo. En casi todas las épocas se escriben novelas con más y con menos sexo, con más y con menos violencia, y como el número de títulos que se edita es astronómico, por cada diez ejemplos que ponga en una dirección se pueden encontrar otros diez que contradigan la tesis. Hay de todo y no se puede generalizar. Dicho queda, y ya asoman las pezuñas de cabra detrás del teclado. Parece que funciona.

Mi tesis, sin embargo, es que en la literatura actual hay menos sexo y más comedido que en la de las décadas anteriores más recientes. Mi experiencia, además, señala que los editores son cada vez más propensos a solicitar que se eliminen determinadas escenas o a hacerlas más «elegantes», suprimiendo alusiones genitales explícitas, pidiéndote que escribas caricias a botoncitos rosados en vez de clítoris y pezones, y otras lindezas por el estilo. Actualmente, rara vez hay que contar manos y pies en una escena para descubrir que un error de cálculo no te ha llevado a leer, o a escribir, un polvo alienígena con extremidades sobrantes, porque antes de llegar a eso te van a llamar la atención, pidiéndote que pises el freno narrativo y te centres en las miradas, en lo que piensan ellos, y sobre todo ellas, antes y durante el acto. La supresión del juicio moral en la literatura ha dejado paso a una permanente evaluación de la conciencia con que se narra, la búsqueda casi obsesiva del centro de gravedad moral de la historia y sus implicaciones sociales. O sea, su valor como propaganda o instrumento de ingeniería social. Cuando todo es concienciar, visibilizar o sensibilizar, cada serie y cada libro cuentan y no se pueden dejar cabos sueltos.

Para bien o para mal, en nuestra sociedad ya no se lleva el estilo de Pietro Aretino, el Azote de los Príncipes, ni menos aún el descarnado salvajismo del marqués de Sade, o la desternillante vulgaridad de Apollinaire en sus suculentas Las once mil vergas, con aquellos inolvidables versos:

Le cul
d’Omphale
Vaincu
s’affale

—Sens-tu
mon phalle
aigu?
—Quel mâle!…

Le chien
me crève!…
Quel rêve!…

Tiens bien!
Hercule
l’encule.

Y no, no voy a traducirlos, por si alguien esperaba una nota al pie o algo similar.

Respecto a publicar a día de hoy una obra maestra como Lolita, de Vladimir Nabokov, mejor ni soñarlo, ¿verdad? Acaban en la cárcel el autor, el editor y hasta el fabricante de la imprenta que se atreviese a componer semejante atentado a la moral nacional seminarista, como diría Juan Manuel de Prada. Y no porque haya demasiado sexo en ella, sino porque la historia se cuenta desde el punto de vista de un depredador sexual, un puñetero delincuente de mierda. No como el tipo encantador que nos cuenta su vida en El perfume, de Patrick Süskind, por ejemplo, o en todas las novelas de psicópatas charcuteros que nos detallan sus despieces. Reconozcamos que hay una nada desdeñable dosis de hipocresía en el rasero moral con que se juzga la violencia, ya sea física o sexual. Esa hipocresía es una vieja conocida y se llama puritanismo.

Para mí, que para eso firmo el artículo, resulta indudable que en la literatura de nuestros días hay menos sexo y más comedido. La cuestión es bucear en las causas, no tan inmediatas como pueda parecer. No se trata solo de esa nueva apatía respecto al sexo que tantos estudios señalan, ni de que nuestra sociedad algorítmica se haya vuelto más digital y alejada de los paisajes húmedos (quizás por el cambio climático), sino que me da por sospechar que hay algo más.

En primer lugar, a nivel mundial y muy especialmente en nuestro país, se ha superado ya la fase en que las novelas tenían que contener una escena de sexo porque era lo que recomendaba el departamento de ventas. Ahora se exige que cada escena haga avanzar la trama de algún modo, y si la escena de sexo no es necesaria, se suprime o se sustituye por una reflexión comeflores o seudomágica, del tipo de la que encabeza estas líneas.

En segundo lugar, los lectores hoy predominantes, que imponen su gusto a través del mercado, parece que prefieren la tensión emocional a los actos físicos, lo que viene a demostrar la vieja idea de que cada cual busca en los libros lo que le falta en su vida, como en aquella batalla en la que los nobles luchaban por honor y los mercenarios por dinero: justo lo que cada bando no tenía. Según parece, lo que está de moda es el fuego lento, la mirada, la caricia y la insinuación, y el sexo real, si llega en algún momento, es una especie de anticlímax, como tirar la baraja al río para terminar la partida. Ahora, digámoslo claro, el catre se ha sustituido por el diván, y los lectores más numerosos (masculino global para no liarla) prefieren las historias que hablan de superar juntos viejos traumas, la complicidad y la escucha activa a un simple y trillado revolcón.

Y esto nos lleva casi directamente al imperio de eso que llaman mirada ética. El escritor y el editor procuran evitar el sexo porque en la sociedad actual es un campo de minas donde puede estrellarse cualquier campaña promocional. ¿El modo en que trataste las preferencias sexuales de alguno de tus personajes puede sonar homófobo o tránsfobo? La cagaste. ¿Hay algo en las relaciones sexuales de tus personajes que pueda sugerir la menor tensión racial? Ni se te ocurra. Ya se sabe que es una norma no escrita incluir relaciones interraciales, pero a ser posible entre chicos racializados y chicas blancas, pero nunca al revés, si puede evitarse, porque podría interpretarse como un rasgo de dominación, o acaso hasta neocolonialismo. ¿Hay algo en lo que escribes que pueda sonar a relación no consentida, a violencia hacia la mujer, a prácticas que puedan tenerse por humillantes o a algo que se pueda tomar por discriminatorio? Prepárate, porque estás en el mismo lugar que el que hablaba de las tetas de la Virgen María durante el franquismo. Y las tenía, oye, y hasta existe un género pictórico específico, muy católico, al respecto de las vírgenes lactantes, pero era mejor dejar de lado el tema.

En este sentido, ocurre también algo curioso: si es una autora quien escribe sobre sexo, corre menores riesgos, pero si el autor es un hombre se arriesga a que lo acusen de perpetuar estereotipos sexuales masculinos, especialmente si en el texto carnal refleja los pensamientos de él en vez de los de ella. Y no lo juzgo, pero lo constato.

Por último, volvemos al diván: el sexo representaba placer y hoy lo que se busca es el trauma, con lo que a menudo, demasiado a menudo a mi juicio, cuando hay sexo en una novela aparece para representar dolor, miedo, dominación, humillación o simple abuso. Para eso no hay trabas, advertencias ni cortapisas. La víctima puede ser obligada a todo tipo de prácticas y eso se puede, y hasta se debe, describir con la máxima crudeza, pero recalcando que se trata de una víctima y que esto le va a generar una herida emocional que luego va a ser desencadenante o hilo conductor del resto de la trama.

Y la literatura actual es así, porque nuestra sociedad actual es así, seguramente.

Sabemos de sobra que hoy todo se controla y todo se mide. Sabemos que para pronosticar una guerra se cuentan las pizzas que encargan en el Pentágono, y que el resultado de unas elecciones se puede anticipar por el número de veces que sale una palabra en las redes, o que se cuenta el número de veces que las palabras «predecible» o «impredecible» aparecen en la prensa para determinar si el estado de ánimo del momento es alcista o bajista. Esas mismas métricas se articulan cuidadosamente para determinar qué productos culturales son merecedores de una mayor inversión y cuáles pueden dejarse correr tranquilamente a su propia suerte.

No es de extrañar, por tanto, que en el mundo editorial, tan dominado por la algoritmia de los temas que deben tratarse, el tipo de personajes que deben protagonizar la trama, los escenarios más atractivos y hasta las clases sociales y grupos étnicos preferibles a otros, los editores adviertan a los autores de su «cuadra» que se contengan a la hora de escribir escenas sexuales o que las eviten directamente para minimizar el peligro.

Porque el peligro de la antorcha y el dedo acusador está ahí. Y el sexo vuelve a ser terreno pantanoso. Seguramente, porque los ordenadores no follan.

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