Editorial

Los nuevos latifundios cognitivos y por qué es necesaria una inteligencia artificial distribuida

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Elon Musk (AP Photo/Godofredo A. Vásquez)

Hoy, cuando me he enterado de que Anthropic ha recibido una directiva de control de exportaciones del gobierno de EEUU que le ordena suspender todo acceso a Fable 5 y Mythos 5 a cualquier ciudadano extranjero no he podido evitar acordarme del famoso exabrupto de Fernando Fernán Gómez. ¡A la mierda! Y es que tiene bemoles que encima de que se hayan «entrenado» —el eufemismo que se usa para no decir comprimido— los modelos de IA con obras protegidas por derechos de propiedad intelectual, sin permiso, sin cita y sin abonar un céntimo a sus autores, ahora resulte que ni siquiera podemos usarlos quienes, con toda probabilidad, hemos puesto varios ladrillos de la nueva catedral del saber humano. Se apropian de nuestro trabajo para generar la criatura y, rematada la faena, nos cierran el acceso. Primero el expolio, después el cordón sanitario. A la mierda, en efecto.

El viernes pasado, a las cinco y veintiuno de la tarde —hora de Washington—, una carta firmada por Howard Lutnick bastó para que dos modelos de inteligencia artificial de los hermanos Amodei dejaran de estar disponibles. Por suerte, Anthropic parece que no puede separar de forma fiable y en tiempo real a los ciudadanos extranjeros del resto de su base de usuarios, así que la consecuencia es un apagón total de Fable 5 y Mythos 5 a nivel mundial lo que al menos no deja una ventaja competitiva para empresas americanas con respecto al resto del mundo… que se sepa.

Me alegra que esto haya ocurrido ahora y no más adelante porque la lección que deja este nuevo abuso del gobierno americano es todo un aviso a navegantes. Durante estos años se nos ha vendido la inteligencia artificial como un nuevo fuego prometeico, un saber universal al alcance de cualquiera con una conexión y algo de curiosidad. El caso Fable revela la letra pequeña de esa promesa, que como muchas otras que tienen que ver con las tecnolgías de la información, lo que parecía un bien del mundo es en realidad una concesión revocable, un privilegio administrado desde un despacho y susceptible de cerrarse con un membrete un viernes por la tarde. El extranjero —esto es, la inmensa mayoría de la especie— descubre de golpe que no era usuario sino un invitado completamente indefenso ante los intereses de unos pocos.

Decimos antes, que estos modelos se «entrenan», con la inocencia bucólica de quien adiestra a un cachorro o prepara a un atleta para la temporada. El verbo es un eufemismo de manual. Lo que sucede dentro de una red neuronal no se parece a la educación sino a la compresión —reducir el tamaño—, la destilación estadística de un corpus descomunal de textos, imágenes y código en una maraña de parámetros que luego recita promedios verosímiles sin entender una sola palabra de lo que dice. Y como toda compresión con pérdida, esta sacrifica algo por el camino. En este caso la atribución. El nombre del autor se disuelve en el peso de la red, y con él se borra el rastro de su procedencia. Como imagnarán esa amnesia envuelta en eufemismos no es un defecto técnico sino un plan lexicológico perfectamente orquestado.

Porque ese corpus tiene autores. La biblioteca que se comprime está hecha, en una proporción que las compañías se cuidan mucho de no detallar, de obras protegidas por derechos de propiedad intelectual —novelas, reportajes, fotografías, traducciones, líneas de código— absorbidas sin permiso, sin cita y sin remuneración. El modelo terminado es, en una parte nada menor de su sustancia, un destilado de trabajo ajeno. Y aquí tenemos la paradajoa servida: primero se expropia el común, se comprime la obra de millones de autores sin dar nada a cambio, y después se raciona el resultado de esa misma expropiación al albur de los intereses de un país que es cualquier cosa menos un amigo. El ciudadano de Sevilla o de Lima cuya prosa ha nutrido al modelo descubre que ni siquiera le asiste el derecho a emplear las herramientas generada con su propio esfuerzo. Paga dos veces. Como fuente expoliada y como sujeto excluido. No solo le roban, además le cierran la puerta.

En este punto la cuestión deja de ser jurídica para volverse filosófica. Toda cultura humana es una herencia compartida, un sedimento al que cada generación añade su capa y del que cada individuo bebe sin haberlo merecido del todo. Bernard Stiegler llamaba a la técnica una «retención terciaria», la memoria exteriorizada de la especie depositada primero en la piedra tallada, después en el alfabeto, más tarde en la imprenta. Un gran modelo de lenguaje no es otra cosa que la forma más reciente y más densa de esa memoria exteriorizada, una retención terciaria que aspira a contener casi toda la palabra escrita disponible. Cercar ese depósito, ponerle aduana y nacionalidad, se parece bastante a privatizar el aire alegando que alguien lo ha embotellado primero.

El gesto, además, tiene un precedente histórico exacto cuando entre los siglos XVI y XIX los terratenientes ingleses cercaron los pastos comunales que durante generaciones habían sido de todos y de nadie, y transformaron un derecho consuetudinario en propiedad privada vallada. Aquellos cercamientos, los enclosures, expulsaron a los campesinos de una tierra que nunca habían poseído en escritura aunque siempre la habían usado en la práctica. La inteligencia comprimida atraviesa hoy su propio cercamiento. El acervo cognitivo de la humanidad, una vez digerido por la máquina, se convierte en activo estratégico de una corporación y, llegado el caso, en arma diplomática de un Estado. La directiva del señor Lutnick es, vista así, el alambre de espino del siglo XXI.

Frente a ese cercamiento es necesario que comencemos a trabajar en inteligencia artificial distribuida, y no como un simple ardid técnico para burlar el veto, sino como una toma de posición filosófica. Cuando los pesos de un modelo son abiertos de verdad y su cómputo se reparte entre los ordenadores de quienes lo usan —al modo en que el viejo eMule repartía la cultura entre iguales, sin servidor central que apagar—, la criatura deja de tener un propietario con la potestad de fulminarla. Nadie firma una carta a las cinco y veintiuno capaz de borrar lo que ya reside, simultáneamente, en mil máquinas repartidas por tres continentes.

La advertencia es que «abierto» se ha vuelto una palabra tan elástica como «entrenar». Buena parte de lo que se anuncia como inteligencia libre no pasa de ser freeware con buena prensa —pesos que se regalan ya compilados, sin los datos ni la receta que permitirían estudiar y rehacer la criatura desde cero, y a menudo con capital de riesgo o fichas cripto disfrazados de procomún—. El espíritu que de verdad importa, el que animó a GNU y a Linux, sobrevive en los márgenes. En la terquedad de proyectos como llama.cpp, escrito por voluntarios y liberado sin condiciones. En redes académicas como Petals, heredera de la colaboración que alumbró a BLOOM. En las primeras mallas gobernadas por licencias copyleft y fundaciones sin ánimo de lucro, todavía en pañales. Son iniciativas modestas frente al monopolio de los grandes centros de datos, aunque crecen a un ritmo que inquieta a quienes confiaban en que la mera concentración del cómputo bastaría para mantenerlo todo bajo llave. El Linux de la inteligencia artificial aún no ha nacido y hay que ponerse manos a la obra.

Sería ingenuo, y este no es lugar para ingenuidades, presentar lo distribuido como un edén sin sombras. La técnica es siempre pharmakon, según la vieja intuición que Platón legó y que Stiegler recuperó, remedio y veneno administrados en la misma dosis. Una red de pesos abiertos emancipa, y a la vez puede diseminar aquello que ningún poder debería estar en condiciones de diseminar. El problema de la propiedad intelectual tampoco se desvanece por arte de magia cuando el modelo es libre, pues distribuir no restituye por sí mismo lo expropiado a sus legítimos autores, se necesita también hablar de compensación. La diferencia es de otra naturaleza y atañe a una sola pregunta, quién controla el órgano exógeno con el que cada día pensamos un poco más, si una autoridad remota o la comunidad que lo alimenta. Elinor Ostrom dedicó su vida a demostrar que entre el Estado y el mercado existe una tercera vía, la de los comunes gobernados por sus propios usuarios, y que esa vía funciona mejor de lo que el dogma económico se atreve a admitir y Linux es una prueba de ello.

Esa es, al cabo, la elección que el caso Fable deposita sobre la mesa con una nitidez que casi se agradece. La inteligencia se ha vuelto infraestructura, un booster tan elemental ya como el agua corriente o la red eléctrica, y ninguna infraestructura crítica debería pender del humor de un secretario de Comercio ni de la rivalidad entre dos laboratorios. O esa infraestructura es común, gobernada por quienes la usan y la sostienen, o será feudal, administrada en régimen de concesión por señores que cobran renta y reparten salvoconductos según el pasaporte. Virar hacia los modelos distribuidos, aprender a usarlos y a sostenerlos entre todos, no constituye una excentricidad de tecnófilos nostálgicos del P2P. Es, sencillamente, la única manera de que la memoria comprimida de la especie no termine en manos de cuatro tecnoligarcas que nos acaben dominando gracias a una herramienta construida con nuestras aportaciones.

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