Arte y Letras Filosofía

El debate sobre el sentido de la vida en la filosofía analítica

Ilustración de Pablo Amargo. el sentido de la vida
Ilustración de Pablo Amargo.

La filosofía se caracteriza por hacerse preguntas

¿Puede radicar el sentido de la vida en deglutir un excremento? ¿No? ¿Qué opinaría al respecto un coprófago? ¿Es relevante lo que opine? En otras palabras, ¿es el sentido una cuestión subjetiva u objetiva? ¿Importa lo que uno desee o importa descubrir ahí fuera lo que debiera desear? Por otro lado, ¿está el sentido en la felicidad? ¿Se incardina en la rectitud moral? Si no, ¿qué relación tendría entonces una vida significativa con la felicidad y la moralidad? El sentido, ¿recae en el individuo o en la especie humana? ¿Atañe a los bebés? ¿Y a otras especies? ¿Hace falta un dios para una vida significativa? ¿Es necesario poseer alma? ¿Qué papel juega la inmortalidad en todo esto? ¿Domina el absurdo en la vida? ¿Sería iluso pensar que la vida tenga sentido? ¿Qué significa «sentido»?

Todas estas preguntas, incluso la primera, además de otras cuestiones y multitud de combinaciones entre ellas (con respuestas a menudo sorprendentes), han sido planteadas por la filosofía analítica contemporánea, en su mayoría de forma muy reciente.

El filósofo Thaddeus Metz se ha ocupado de aportar una visión general del estado de la cuestión1. Sin plantear el tema específicamente, muchas eminencias de la historia de la filosofía dieron respuesta a qué da sentido a la vida. Aristóteles, por ejemplo, señala la importancia del cultivo del carácter y la vida contemplativa, esto es, vivir de acuerdo con la virtud y la razón, lo que redunda en la felicidad. Para el aristotélico Tomás de Aquino, en cambio, esa felicidad se alcanza plenamente en la contemplación de la esencia divina, de modo que la «visión beatífica» daría sentido a la vida. Siglos más tarde, Schopenhauer será conocido por no ser tan optimista. Valgan estos tres casos como botón de muestra. Como señala Metz, «a pesar de su venerable linaje», ha transcurrido menos de medio siglo desde que el significado de la vida, su sentido, se ha establecido como un campo de estudio diferenciado, y lo ha hecho en la filosofía anglosajona, de corte analítico. En realidad, ha sido ya en el siglo XXI cuando «ha surgido un debate con verdadera profundidad y complejidad».

Es momento de esforzarse en entender este sesudo debate y relajarse a continuación con una postura interesante respecto al mismo.

El significado de «sentido»

Pueden emplearse indistintamente las nociones «vida con sentido» y «vida significativa». Veamos el significado de este «significado», de este «sentido». ¿Qué nos ronda por la cabeza cuando pretendemos cuestionarnos acerca del sentido de la vida? Planteamos aquí una metapregunta, una pregunta de segundo orden. Todavía no nos acercamos a la cuestión de cuál es el sentido de la vida, sino que nos preguntamos a qué nos referimos cuando decimos «sentido». Quizá la forma más fácil de abordar este problema sea preguntarse qué es una vida sin sentido. Algunos autores consideran que una vida carente de sentido sería, sin ir más lejos, una vida absurda. Otros, que sería una vida que no merece la pena vivir. Sin embargo, no parece que la ausencia de absurdez o una vida que merezca la pena ser vivida nos digan mucho acerca de esta pregunta abstracta sobre el significado del sentido.

Metz propone que comencemos por interrogarnos sobre quién o qué puede ser portador de sentido. Aquí también podemos encontrar una gran diversidad de opiniones: hay quienes sostienen que puede serlo la raza humana en su conjunto; quienes se centran en el individuo; quienes apuntan a grupos, pueblos y organizaciones; y quienes pretenden ampliar el asunto a otras especies. En general, la filosofía analítica ha optado por centrar el sentido de la vida en cada persona, tomada aisladamente, al menos hasta cierto punto. No en vano, suele importarnos cuál es el sentido de nuestra vida, más allá de que resulte razonable opinar que ese sentido estará en relación con los otros, dada la descollante sociabilidad humana.

En un esfuerzo de concreción, puede señalarse que el sentido de la vida debe ser algo bueno por sí mismo y proporcionar una razón fundamental para la acción. Así las cosas, el sentido dotaría a nuestra vida de cierto valor final, en contraposición al valor instrumental. Por desgracia, sabemos que somos buenos dotando de valor instrumental a todo, pero no tanto de valor final. Es probable que, en alguna medida, a ello se deba lo escurridizo que nos resulta dar cuerpo a este concepto.

Por otro lado, ha de apuntarse que esta significatividad de la vida admite grises y funcionaría por grados, según el más amplio consenso. Así, habría vidas más o menos significativas. Más aún, el sentido de una misma vida brillaría con mayor o menor intensidad según las épocas de la misma. Ello, no obstante, no iría en detrimento de la igualdad desde un punto de vista moral, pues, por ejemplo, no menguaría la autonomía moral del individuo ni su dignidad.

También existe amplio consenso en la separación entre el sentido y la felicidad o la rectitud moral. Metz lo explica bien: «En primer lugar, preguntar si la vida de alguien tiene sentido no es lo mismo que preguntar si es placentera o si es subjetivamente acomodada». El ejemplo es conocido, no hay más que pensar en Matrix. Y, respecto a la moral, el descubrimiento de la penicilina pudo dar gran sentido a la vida de Fleming, pero no tendría nada que ver con su relación con el bien y el mal. Lo que da sentido a una vida no tiene por qué ser lo que la hace más feliz o más moral, y por ello es conceptualmente distinto, aunque es, sin duda, cierto que responder a la pregunta por el sentido de una vida nos llevará con frecuencia a responder a la pregunta por su felicidad o por su relación con el bien.

Dos epicentros para una gran fragmentación

Si bien hemos encontrado disparidad de pareceres respecto a qué o quién alberga el sentido, hasta ahora nos hemos aproximado a los grandes consensos en torno al tema. Es momento de problematizar de verdad: el sentido de la vida fragmenta la filosofía analítica en torno a dos grandes polos:

El primero continúa con nuestra pregunta del epígrafe anterior sobre el significado del sentido. Se parte, una vez más, de cierto consenso: parece ser que el sentido de la vida rondaría las nociones de lo bueno, lo verdadero y lo bello. En palabras de Metz, que sigue explicándolo muy bien:

«Estos términos no deben tomarse literalmente, sino que son palabras clave para referirse a relaciones benéficas (amor, colegialidad, moralidad), reflexión intelectual (sabiduría, educación, descubrimientos) y creatividad (particularmente las artes, pero también potencialmente cosas como el humor o la jardinería)».

Pero aquí el problema radica en unificar lo anterior. De ahí que el resultado sea esta primera fragmentación. Quizá el sentido de la vida deba entenderse como las capas de una cebolla, capas que hablan de propósitos de orden superior, de merecimiento de estima o admiración, de impacto en el mundo, de trascender nuestra naturaleza animal o de mostrar una buena historia de vida. Como pueden adivinar, dada la fascinación de muchos filósofos por encontrar la pureza diamantina en todo aquello donde ponen el ojo, existe también una inclinación por encontrar el uno, la clave única en la que radicaría el sentido. Esa propiedad única va desde ser devoto, según unos, hasta superar los propios límites, según otros, pasando por contribuir, en general, o atender bienes cualitativamente superiores. El sentido de la vida podría estar, bien en un conjunto de cosas que se complementan, bien en una sola gran empresa, idea o finalidad.

Otros autores inciden sobremanera en las virtudes narrativas de una vida: cuanto mejor novela produzca, más sentido tendría. Y aún otros ponen el énfasis en lo que podríamos llamar antisentido, la materia oscura de la que se nutriría el sentido para explicarse a sí mismo, como ocurre con el día y la noche. Aquí la crueldad o la destrucción actuarían como grandes restadores de sentido de una vida.

Si este no es suficiente disenso, existe otro de carácter preeminente: el segundo polo de fragmentación reside, ni más ni menos, en la pluralidad de corrientes existentes sobre el sentido en la filosofía analítica. Procedamos esquemáticamente, quizá en exceso, para proporcionar una somera idea:

-Los sobrenaturalistas, para quienes lo intangible es indispensable, o acaso relevante, para dotar de sentido a una vida. Los hay centrados en dios, los hay en el alma y también en la inmortalidad.

-Los naturalistas, apegados a la tierra, que diría Nietzsche, y que se dividen fundamentalmente en subjetivistas y objetivistas. Recuérdese aquella primera pregunta sobre deglutir un excremento y las siguientes.

-Los nihilistas. Quizá no necesitan presentación. Son también conocidos como los aguafiestas. Poco sentido tiene para ellos este circo tragicómico bañado en lágrimas, donde solo un profundo autoengaño puede evitarnos el ahogo en las saladas aguas de nuestra impotencia, por decirlo poéticamente (por alguna razón, a los nihilistas suele gustarles la poesía).

La síntesis de Susan Wolf

Prescindiendo por hoy del ¿optimismo? de los sobrenaturalistas y del pesimismo de los nihilistas, merece la pena detenerse en la división naturalista. Para ello, nada mejor que asomarse al pensamiento de Susan Wolf, que integra el subjetivismo y el objetivismo en su explicación del sentido en la vida. En su obra Meaning in Life and Why It Matters2, fruto de unas conferencias impartidas en la Universidad de Princeton en noviembre de 2007 y enriquecida por la discusión con otros pensadores, Wolf defiende que poseer una vida significativa es fundamental para dar lugar a una vida buena, valiosa y bien vivida.

Tres ingredientes constituyen la receta del sentido según Wolf: que resulte atractivo para uno mismo, que posea valor objetivo y que nos mueva a un compromiso activo y productivo. Todo ello nos alimentaría de la (auto)realización que, en su opinión, todos los humanos anhelan. La autora se caracteriza por acercar la filosofía a la cotidianeidad, siguiendo lo que Aristóteles llamó «método endóxico»: el proceso de investigación que parte de las opiniones generalmente aceptadas (éndoxa) para someterlas a juicio y construir conocimiento. Wolf se aproxima a lo que la gente común suele expresar sobre la relevancia de vivir una vida significativa y señala la importancia de comprometernos con algo más grande que nosotros mismos o, al menos, algo ajeno a nosotros. Además, defenderá con solvencia que no puede evaluarse el bienestar humano sin atender a la categoría del sentido en una vida.

El problema es que no todos creen que los tres ingredientes sean necesarios para una buena receta de sentido. Concretamente, sobraría el valor objetivo. Para Nomy Arpaly es suficiente con que una vida haya sido satisfactoria, bastando con dedicar la vida a aquello que nos importa. En este punto asomaría peligrosamente la figura del coprófago del principio, pero Arpaly conjura la amenaza apuntando al «adulto normal», que no se sentiría realizado mirando moscas, mucho menos comiendo heces (el ejemplo de Arpaly no es tan expeditivo: contemplar un pez). Más aún, no le parece razonable encontrar el sentido de la vida ni siquiera en la relación con las mascotas, cosa lógica si no fuera porque vivimos tiempos extraños (eufemismo). Para ella, las personas que encuentran el sentido en la relación con las mascotas están equivocadas en los hechos («solo mi mascota me entiende») o tienen las capacidades menguadas (menudo charco, queridos lectores), en cuyo caso no se les puede pedir que encuentren el sentido más allá de relaciones entre mamíferos (suponiendo que no sea, vaya usted a saber, una iguana). Dicho de otra forma: algunas actividades solo pueden dotar de sentido a una vida si la brújula del juicio anda desimantada o si, lamentablemente, existe retraso mental. De modo que, para Arpaly, está de más apelar a un valor objetivo cuando el atractivo subjetivo es suficiente para las personas, cada una en su rango de posibilidades. Además, opina que no actuamos por la significación, para contribuir al sentido, lo cual sería un pensamiento de más, sino por las cosas que amamos, simple y llanamente.

Por su parte, Jonathan Haidt tampoco teme que las personas encuentren el valor en actividades absurdas. Buscar el valor objetivo no solo sería superfluo, sino peligroso: podría incurrir en un elitismo que descarte sin miramientos gran cantidad de actividades valiosas, como la cría de caballos, según su ejemplo. Encuentra en la psicología dos factores fundamentales para la trascendencia. Por un lado, el compromiso vital, que no precisa valoraciones objetivas y que se caracteriza por experiencias de flujo en las que la absorción placentera y el profundo interés en un proyecto ayudan a las personas a construir sus vidas y relaciones. Y, por otro, la comprensión ultrasocial del ser humano, por la cual debemos situar al grupo, y no al individuo, en el centro de nuestro pensamiento sobre las vidas plenas, cobrando gran importancia los rituales y los proyectos colectivos.

Wolf recoge el guante de estas amables y perspicaces críticas para redefinir su postura sin soltar la presa del valor objetivo. Y hace bien: debemos acoger con agrado la reflexión crítica sobre nuestra capacidad para discernir qué proyectos, además de satisfactorios, son genuinamente valiosos.

Hay actividades, en resumen, más útiles que otras, como existen actividades más mecánicas y rutinarias que otras que, plausiblemente, nos permitirían desarrollar nuestro potencial. Aristóteles diría que hay actividades más propiamente humanas que otras y que contribuyen mejor a nuestra realización plena. Y con ello volvemos al principio de este «venerable linaje» de pensamiento sobre el sentido.

En línea con Wolf, creo que no es lo mismo dedicar tu tiempo a unas relaciones y actividades que a otras, aunque a veces, o frecuentemente, o siempre (hasta ahora), nos equivoquemos. Para luchar contra esa fatalidad existe la posibilidad de la reflexión crítica.


Notas

(1) Metz, Thaddeus, «The Meaning of Life», The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Fall 2023 Edition), Edward N. Zalta & Uri Nodelman (eds.).

(2) Wolf, Susan. 2012. Meaning in Life and Why It Matters. Princeton, NJ: Princeton University Press.

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