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«El pueblo blanco»: el reflejo oscuro de Alicia

Escena de una versión ilustrada de 'El pueblo blanco'. Imagen Oldstyle Tales Press.
Escena de una versión ilustrada de ‘El pueblo blanco’. Imagen: Oldstyle Tales Press.

¿Dónde se sitúa el paso de la maravilla al horror? Esta podría ser la pregunta de «El pueblo blanco». En este relato, una niña se sumerge de forma curiosa en un mundo extraño, al igual que lo hace Alicia en las historias de Carroll. ¿La diferencia? Mientras que en Alicia hay regocijo en una fantasía que nunca es del todo real, en «El pueblo blanco» la maravilla se va tiñendo de un tinte oscuro a medida que se vislumbra que se está rozando algo que, aunque asombroso, parece demasiado real…

Cuando Lewis Carroll publicó en 1865 Alicia en el país de las maravillas, la repercusión del relato fue instantánea. Este fue pensado y escrito como un cuento infantil, pero su difusión e influencia fueron mucho más allá de ese público objetivo de forma inmediata. La fascinación por el mundo en el que se adentraba la pequeña Alicia fue colosal. De alguna forma, Carroll parecía haberse reencontrado con los códigos de la infancia, con algo semionírico, absurdo, gracioso y disparatado: sobre todo, disparatado.

Pocos años después, en 1871, Carroll volvió a contarnos las andanzas de la niña del disparate con Alicia a través del espejo. En esta ocasión, los juegos lógicos, que aparecían a cuentagotas en el anterior relato, proliferaron y se exacerbaron, siendo aún más un relato de interés para adultos, mientras que resultaba un tanto extraño y demasiado complejo para buena parte del público infantil. No obstante, el patrón seguía siendo claro: retorcer lo real para introducir la fantasía.

De este modo, en esta historia en dos tiempos tenemos a una Alicia que va profundizando en el absurdo. Sin embargo, durante el proceso uno no puede sino observar cierto arraigo nostálgico a un sentido lógico, predecible, seguro y plenamente último de todo. Es decir, en la inversión del espejo no deja de funcionar una lógica de lo contrario y, por lo tanto, el disparate parece tomar siempre como referente el funcionamiento de las reglas de la realidad ordinaria para poder darle un sentido a su subversión. En palabras del prologuista y traductor de Alicia a través del espejo, Jaime de Ojeda:

«Y es que el disparate como fórmula literaria, con toda su carga de agresión contra la realidad conceptual, estaba llevando a Carroll hacia su disolución mental, una vez desaparecida la base afectiva de su impulso: porque el disparate existencial exige un fuerte contacto con la realidad de la que es negación. Cuando ese contacto se pierde, el disparate se dirige más bien hacia la esquizofrenia» (Carroll, 1871/2011, p. 27).

Pero tal vez se podría plantear un camino alternativo. Quizás la maravilla que se despierta en la fantasía aliciesca podría haber tomado otro rumbo. Una dirección en la que el asombro persiste, e incluso se intensifica, pero en la que no se pretende buscar refugio en el antiguo sentido, sino que, más bien, se abre la compuerta a una revelación que nos acaba horrorizando: nada era justo como pensábamos. Esta es la forma en la que sugiero que podemos pensar «El pueblo blanco», de Arthur Machen.

Publicado en 1904, «El pueblo blanco» es una historia que guarda no pocas similitudes con la Alicia de Carroll. La protagonista es también una niña que indaga en la naturaleza y se asombra conforme se va sumergiendo en ella. No obstante, esta naturaleza no se presenta en principio como extraña o, cuando menos, no es disparatada. Todo nos resulta familiar y ordenado (no hay nada «del revés»)… Pero hay algo distinto. De inicio, podría pensarse que apenas es la imaginación desbordante de una infante lo que nos enturbia el relato. Al fin y al cabo, es la propia niña la que nos cuenta sus andanzas.

Las suspicacias que despierta en el lector la aparente dificultad de la infancia para discernir entre lo real, el sueño y la imaginación son el mecanismo mediante el cual Machen consigue que bajemos la guardia ante la irrupción de lo extraño.

Por su parte, a nivel narrativo, es la niñera el personaje que de algún modo inicia a la niña, aprovechando también su condición de infante para hacerle pensar que todo aquello que creyó haber visto, principalmente esa gente blanca en medio del bosque, no era algo real, sino únicamente producto de su desbordante imaginación.

Pero en «El pueblo blanco» no hay marcha atrás. No se puede volver a ningún lugar porque lo que se ha iniciado no es una aventura disparatada, funcional a modo de entretenimiento, sino que se ha comenzado a andar hacia el desvelamiento, que la realidad no era como la pensábamos, pero nunca dejó de ser real. O expresado de otro modo: el horror siempre estuvo ahí.

En términos freudianos hay también en «El pueblo blanco» mucho de Unheimlich: cuando lo que otrora nos resultaba familiar se comienza a tornar inquietante o siniestro y cuando encontramos también cierta familiaridad en esa extrañeza. De ahí que la centralidad de la infancia en el relato de Machen no sea baladí: como ya se ha comentado, con ella se baja la guardia por su presunta tendencia a la ensoñación, pero con ella lo inquietante acaba resultando aún más perturbador en la medida en que sentimos cómo se desmorona la inocencia. Y la niña de «El pueblo blanco» está condenada a perder dicha inocencia, aunque nunca acabe siendo del todo consciente de ello.

Sin embargo, la inocencia perdida en «El pueblo blanco» no se da a través del clásico engaño o de la violencia, sino, muy al contrario, a través de una verdad inesperada. La aparente realidad se va rasgando y va abriendo paso a la comprensión de que lo siniestro siempre estuvo ahí, solo que hemos vivido con los ojos cerrados ante ello. La curiosidad de la niña la llevará a aceptar el camino iniciático que despierta en ella la niñera, pues es la infancia la que opera con menos filtros en su relación con el mundo, siempre dispuesta a dejarse sorprender…

Por lo tanto, el recurso a la infancia también ayuda a comprender que, a decir verdad, nunca hubo ocultamiento, que la realidad siempre estuvo ahí, que fuimos nosotros mismos los que nos despistamos de ella bajo el corsé apretado e impostado de nuestro mundo simbólico: de igual manera que, hoy en día, con frecuencia observamos hordas de personas atentas a las pantallas del teléfono móvil mientras caminan, ¿cuántos detalles nos habrán pasado desapercibidos por vivir en un mundo del que ya no esperábamos nada nuevo?

Efectivamente, es en el juego de la atención donde podemos hallar buena parte del sentido de este relato. En «El pueblo blanco» los indicios estuvieron siempre ahí, los restos totémicos, la gente blanca… Un cúmulo de pistas que dejó de serlo en cuanto se camufló entre una naturaleza que concebimos como algo separado de nosotros, una suerte de objeto muerto y con poco más que, a lo sumo, una función pasivamente contemplativa. Craso error.

De este modo, me gusta pensar que «El pueblo blanco» debería haber sido, mucho más que Alicia a través del espejo, la secuela de Alicia en el país de las maravillas. Como si Carroll se hubiera percatado de que lo que aguardaba al otro lado del espejo no era en ningún sentido menos real y de que el disparate solo parecía tal porque, cegados y despistados, éramos incapaces de percibir aquello que siempre estuvo allí. Y ante tal hallazgo abandonamos la maravilla y nos sobrevino el horror: descubrir que nuestro mundo nunca fue del todo nuestro.

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